En la noche del 15 de julio de 2016, Turquía experimentó otro violento intento de golpe de Estado. Unidades militares ocuparon la emisora estatal y otras infraestructuras estratégicas y atacaron el parlamento, declarando el establecimiento de un "Consejo de Paz" Sin embargo, gran parte del ejército permaneció leal al gobierno y, junto con la resistencia civil movilizada por el presidente Recep Tayyip Erdogan, amortiguó el intento de golpe en pocas horas. Más de 250 civiles perdieron la vida y miles resultaron heridos. Lo que siguió fue la declaración del estado de emergencia (OHAL), durante el cual se llevó a cabo una purga contra el movimiento Hizmet fundado por el líder religioso Fethullah Gülen —acusado de ser el cerebro detrás del intento de golpe—, pero también contra otros opositores del partido de Erdogan. Más de 160.000 funcionarios fueron despedidos y procesados, se cerraron escuelas, negocios y periódicos. Además, miles de personas se vieron exiliadas. Şakiro: "No era de verdad" Şakiro —nombre ficticio para proteger su identidad— tiene 48 años y vive en una ciudad del este de Turquía. Durante años dirigió una editorial, pero terminó cerrando. Hoy regenta un pequeño centro cultural privado donde imparte clases de música, teatro y literatura. "Volvía a casa del trabajo cuando me enteré de la noticia. Eran las diez u once de la noche y vi soldados avanzando en dirección contraria a la mía. Había tanques, vehículos blindados... Me detuve en un pequeño mercado junto a mi casa para comprar cigarrillos y allí vi las noticias en la televisión", narra mientras deja claro que, pese a no haber vivido algo parecido antes, estaba convencido de que aquello "no era de verdad" y se quedaría en un intento. Sin embargo, sí que hubo represalias. Explica que días después llegaron los despidos a profesores, porque Fethullah Gülen, acusado de estar tras el golpe, había construido gran parte de su red a través del sistema educativo. Formó a jóvenes de familias humildes que después se convirtieron en médicos, jueces, fiscales, abogados o militares. Muchos fueron destituidos y llevados ante los tribunales. Los que terminaron alineándose con el Gobierno recuperaron sus puestos. TE PUEDE INTERESAR La versión oficial sostiene que el predicador Fethullah Gülen fue el cerebro del intento de golpe a través del movimiento Hizmet ("servicio"), conocido también por sus detractores como Cemaat ("congregación"). Aunque esa sigue siendo la narrativa del Gobierno, su responsabilidad continúa siendo objeto de controversia dentro y fuera del país. Tras el golpe que se quedó en intento, el Ejecutivo emprendió una amplia campaña de purgas que no solo afectó a presuntos seguidores de Gülen, sino también a otros sectores críticos con el Gobierno. Más de 160.000 funcionarios fueron suspendidos o destituidos, miles de personas acabaron procesadas y cientos de instituciones educativas, medios de comunicación y organizaciones civiles fueron clausurados. Gülen murió en el exilio, en Pensilvania (Estados Unidos), en octubre de 2024. "Creo que las purgas estaban planificadas de antemano. No se pueden elaborar listas con miles de nombres en tan poco tiempo", defiende Şakiro, mientras apunta a los Kurdos como principales damnificados al "nunca ocultar su identidad ni sus ideas políticas". Recuerda cómo se suspendió toda actividad de organizaciones civiles y se llegaron a prohibir las manifestaciones. TE PUEDE INTERESAR Opinión Han pasado 10 años y, para él, Turquía sigue arrastrando las consecuencias: "Seguimos teniendo amigos que no han podido recuperar su trabajo, otros continúan en prisión y la ciudad sigue gobernando como si viviera bajo un estado de excepción. El Estado puede hacer lo que quiera". Tras el intento de golpe, el Gobierno declaró el estado de emergencia (OHAL), un régimen excepcional que permaneció en vigor durante dos años, hasta julio de 2018, tras sucesivas prórrogas trimestrales. Sin embargo, en gran parte del sureste del país, de mayoría kurda, organizaciones de derechos humanos denuncian que muchas de las restricciones implantadas entonces continúan vigentes bajo otras figuras legales. La unidad nacional se convirtió en el eje del relato construido por el Gobierno tras el 15 de julio. No es casual que la fecha se conmemore oficialmente como el Día de la Democracia y la Unidad Nacional, una denominación que resume la interpretación promovida por el Ejecutivo: una ciudadanía unida defendiendo la democracia frente a los golpistas. "Quienes sí se beneficiaron fueron los que se alinearon con el Gobierno" Para Şakiro, sin embargo, esa unidad nunca existió. "En mi ámbito, ningún artista de la oposición recibe apoyo institucional. La Constitución dice que el Estado protege el arte y a los artistas, pero eso nunca se ha cumplido. Quienes sí se beneficiaron fueron los que se alinearon con el Gobierno", reivindica. Del mismo modo, al preguntarle por quién es el dueño del relato de la historia, él apunta a los mismos: "Los kurdos conocemos bien este proceso. Participamos en la fundación de este país, pero nuestra contribución desapareció de la historia oficial. Ahí está el caso de Karayılan, la 'Serpiente Negra', un comandante kurdo que luchó durante la guerra de independencia y que terminó convertido en héroe turco en los libros de historia". Menciona ejemplos donde siente que el país ignoró una parte de la historia y sentencia: "Este país ignoró a los kurdos, los exilió y los ejecutó. Por eso hubo 29 levantamientos kurdos a lo largo de su historia. Esa lucha continúa hoy en la cultura, en las artes y en la lengua." Sabahattin: "Volvería a salir a la calle" "Invito a toda la población a salir a la calle". Con ese mensaje, pronunciado por Recep Tayyip Erdogan en una videollamada emitida en directo por CNN Türk durante la noche del 15 al 16 de julio de 2016, el presidente turco llamó a la ciudadanía a enfrentarse a los militares sublevados. Mientras esas imágenes recorrían el país, Sabahattin seguía los acontecimientos desde su casa, en el distrito de Fatih, en el corazón histórico de Estambul. Tiene 46 años y las secuelas de aquella noche siguen marcadas en su rostro. Procede de una familia de origen árabe asentada desde hace generaciones en Turquía. Casado y padre de dos hijos, antes del intento de golpe regentaba un pequeño taller textil. "Cuando el presidente apareció en la televisión e instó a la gente a resistirse a los golpistas, no lo dudé ni un instante: me despedí de mi mujer y de mis hijos, realicé la ablución, me postré en oración y salí de casa", recuerda Sabahattin. Cuenta que se encontraba desarmado cuando avanzó hacia el Ayuntamiento de Estambul para enfrentarse al ejército: "Un grupo de soldados abrió fuego contra la multitud. Me alcanzó una bala en la cabeza y caí al asfalto". TE PUEDE INTERESAR A partir de ese día, permaneció en coma durante varias semanas. No acabó ahí. Durante los siguientes años se tuvo que someter a 26 operaciones, tiene placas de titania en el cráneo y las meninges dañadas. Aquella noche murieron 251 personas y otras 2.740 resultaron heridas. Los fallecidos fueron reconocidos como şehit (mártires), mientras que quienes sobrevivieron recibieron el título de gazî (veteranos), una distinción reservada a quienes resultan heridos defendiendo la patria. El Estado les concede una pensión, asistencia sanitaria y apoyo psicológico, además de ayudas para las familias de los fallecidos.Sabahattin preside hoy la Fundación para Veteranos y Familias de Mártires, una organización creada con el respaldo de la Presidencia que acompaña a los heridos y a los familiares de quienes murieron aquella noche. Además de ofrecer apoyo, organiza actos conmemorativos y charlas en centros educativos para transmitir a las nuevas generaciones el relato oficial del 15 de julio. TE PUEDE INTERESAR "La gente suele preguntarme si me arrepiento de haber salido a la calle aquella noche. Para mí, la respuesta es sencilla: volvería a actuar exactamente de la misma manera", confiesa. Como buena parte de los partidarios del Gobierno, Sabahattin comparte la versión oficial sobre la responsabilidad del movimiento Hizmet y de su líder, Fethullah Gülen, fallecido en el exilio en Estados Unidos en 2024. A diez años del intento de golpe, sigue convencido de que el país atraviesa un momento difícil, pero cree que saldrá fortalecido. Tampoco duda del futuro político de Erdogan: "Al fin y al cabo, nadie puede confiar en esta oposición. Por supuesto, algún día él también fallecerá, pero dejará tras de sí un Estado fuerte. El Estado es lo único que realmente importa" . Melis: "Marcó mi conciencia política" Melis —nombre ficticio para proteger su identidad— era todavía menor de edad cuando se produjo el intento de golpe. A diferencia de sus padres, pertenecía a una generación que nunca había vivido una intervención militar. "Cuando volví al colegio en septiembre, el estado de emergencia seguía vigente. En clase no se hablaba de ningún otro tema", recuerda, mientras comenta cómo durante su infancia le impactó la injerencia de las instituciones sobre la vida privada de las personas: "Ese despertar marcó el inicio de mi conciencia política". Tras terminar el instituto, estudió Derecho en dos países de la Unión Europea y después regresó a Estambul, donde trabaja en un despacho de abogados. Allí empezó a observar su propio país desde una perspectiva distinta. La Constitución vigente en Turquía fue aprobada tras el golpe militar de 1980 y, aunque ha sido reformada en numerosas ocasiones, sigue siendo el marco legal del país. La modificación más profunda llegó en 2017, cuando un referéndum impulsado tras el intento de golpe sustituyó el sistema parlamentario por el presidencial, concentrando buena parte del poder ejecutivo en manos del presidente. Para Melis, aquel proceso permitió a Erdogan reforzar su control sobre las instituciones: "No han sido años fáciles para los ciudadanos turcos de la oposición, como lo somos mi familia y yo. Tras el 15 de julio, cualquiera podía ser acusado de pertenecer al movimiento de Gülen, con todas las consecuencias que conllevaba". Aunque tuvo la oportunidad de quedarse en Europa y huir de esta realidad, Melis decidió volver. Aunque reconoce que regresar significó enfrentarse a un mercado laboral precario y a un clima político cada vez más asfixiante. TE PUEDE INTERESAR "Encontrar trabajo hoy es casi imposible. Los salarios son muy bajos, tanto para los trabajadores manuales como para los universitarios, y cada año la situación empeora. Vivimos con una inflación altísima y eso se nota en todo", confiesa mientras se muestra comprensiva ante aquellos que "no ven el momento en que el AKP deje el poder". Su crítica, sin embargo, no se limita al Gobierno turco. También mira con desconfianza a los aliados occidentales. Asegura que nunca ha creído en el acercamiento de Ankara a la Unión Europea y sostiene que tanto Bruselas como Washington actúan guiados por sus propios intereses, no por los de Turquía. "Como socialista, sigo teniendo esperanza. Turquía tiene una larga tradición de resistencia frente al poder y frente a las injerencias extranjeras. Ese espíritu sigue ahí, aunque ahora esté dormido. Si algún día conseguimos canalizarlo, podríamos construir un país más justo", sentencia. Kübra: "Matarlo, era otro golpe para la democracia" "No puedo creer que ya hayan pasado diez años". Kübra tenía 26 cuando los militares intentaron derrocar al Gobierno. Aquella noche estaba en casa con su entonces marido cuando él levantó la vista del teléfono y le dijo: "Hay un intento de golpe de Estado". Mientras seguía las noticias por televisión y revisaba compulsivamente el móvil, escuchaba el estruendo de los aviones sobrevolando Estambul. Recuerda el miedo, pero también la división que atravesaba incluso a su propia familia. "Algunos amigos se alegraban pensando que el fin de Erdogan estaba cerca; otros tenían miedo. La polarización era evidente, incluso entre mis familiares. Pensé: 'Dios mío, van a matar al presidente'". Imagen del tercer año tras el golpe de estado fallido (Agencias) Activista desde joven, Kübra forma parte desde 2017 de Havle, una asociación de feministas musulmanas que defiende una interpretación igualitaria del islam. Aquella madrugada salió junto a su familia al distrito de Fatih para entender qué estaba ocurriendo. Su hermano acudió al puente del Bósforo, donde presenció cómo un manifestante era alcanzado por los disparos y lo trasladó al hospital. Volvió horas después cubierto de sangre. Su padre también salió a la calle. Ella recuerda especialmente las llamadas a la oración desde las mezquitas. "Mientras se oyeran esas oraciones, sentía que estábamos a salvo". Aunque nunca ha apoyado a Erdogan, insiste en que tampoco deseaba un golpe militar. "Detesto al presidente, pero matarlo habría supuesto otro golpe para la democracia turca. No tenía miedo por mí, sino por el futuro de mi generación", afirma. TE PUEDE INTERESAR Con el paso de los años llegó a una conclusión distinta sobre lo ocurrido. Cree que Erdogan aprovechó el intento de golpe para consolidar su poder y justificar la purga del movimiento de Fethullah Gülen. Recuerda que el partido prokurdo HDP fue excluido del gran acto de unidad nacional celebrado semanas después en Estambul y asegura que aquel fue el momento en que dejó de creer en el discurso oficial de reconciliación. En 2013, Turquía fue testigo de protestas masivas y con gran participación. Estas protestas, que recibieron el nombre del parque Gezi de Estambul, pasaron rápidamente de ser una iniciativa medioambiental a convertirse en manifestaciones masivas a favor de la democracia, apoyadas por sectores muy diversos de la sociedad turca. Supusieron un punto de inflexión dramático en la historia contemporánea del país. Sin embargo, tras el intento de golpe, las purgas, el estado de emergencia y la reforma constitucional que instauró el sistema presidencial transformaron profundamente el espacio cívico en Turquía. Para Kübra, aquel proceso supuso un punto de inflexión tanto político como personal. La reforma constitucional de 2017, afirma, le hizo sentir que el país entraba en una nueva etapa. Recuerda pensar en cómo explicaría algún día a sus futuros hijos qué había hecho "cuando se estaba destruyendo la democracia". Esa reflexión reforzó su compromiso con el activismo. "Es un momento para aprender, organizarse y prepararse" Desde entonces, asegura, el margen para las organizaciones de la sociedad civil se ha reducido de forma constante, especialmente para los colectivos feministas y LGTBIQ+. En ese contexto, Havle ha optado por una estrategia menos visible, centrada en construir una comunidad sólida. Kübra cree que la historia reciente de Turquía ofrece valiosas lecciones para quienes hoy se organizan. Recuerda cómo, durante los años noventa, muchas mujeres privadas del acceso a la educación por llevar velo crearon redes informales para seguir estudiando y apoyándose mutuamente. A su juicio, esa capacidad de adaptación volverá a ser necesaria. "Cuando la opresión se cierne sobre ti y no encuentras ningún resquicio en el sistema legal, buscas otras formas de sobrevivir. Es un momento para aprender, organizarse y prepararse". Está convencida de que el actual modelo político terminará agotándose y que, cuando eso ocurra, harán falta movimientos sociales fuertes y preparados. Confía en que esa alternativa nazca de la colaboración entre el movimiento feminista y el colectivo LGTBIQ+.
Turquía una década después del golpe: cuatro voces para entender una herida aún abierta
Diez años después del 15 de julio, el recuerdo de aquella noche continúa enfrentando relatos sobre la democracia, la represión y el futuro del país










