Yo a ti, Candela, te digo que no pasa nada, que basta con sentir un poco de respeto. Pero es mentira: a mí el mar me provoca mucho miedo. Hay gente que ve el mar con los ojos de Sorolla, hay quien piensa el mar en las palabras de Vicent, algunos lo leen a través de la máquina de Camba, al que le dabas el mar y lo convertía en un artículo (en eso estamos). Pero yo veo el mar al modo del horror lovecraftiano: es un monstruo dormido que lame las playas y que, respirando lentamente, atraviesa la inmensidad del espacio y la eternidad del tiempo. A su lado, todos nuestros sueños carecen de sentido. Yo estoy mirando al mar. Al fondo se ve el puerto de El Musel. Tú, Candela, no cuentas cinco años ni tienes miedo a nada. Vemos pasar un enorme carguero, se mueve y parece que está quieto. Dices que viene una ola “gigantesca” que apenas te cubre la cintura. Observas el remolino del agua con la arena, que hoy tiene un poco de carbón. No dejas de reír, es increíble, cuando estás cerca del Cantábrico. Te cojo en brazos y siento en el tobillo el roce de las algas: me asalta la imagen del kraken —su estallido de tentáculos—, del voraz tiburón de la película, me horroriza acabar enredado en el fondo marino o, peor, la idea de nadar sobre una inmensidad de agua oscura y fría, sin saber qué seres se deslizan por debajo. Dos pies desnudos pedaleando sobre la nada oceánica. Dicen, te cuento, que en Asturias hay galernas que, partiendo de la calma, en pocos minutos se llevan para siempre a los marineros en sus barcos. Hace años, además, el mar furioso destruyó el Museo del Calamar Gigante de Luarca (han vuelto a abrirlo, te tengo que llevar a visitarlo). Pero todo eso a ti te da igual, Candela, y vuelves a brincar entre la espuma y vuelves a reírte de las olas. ¡El agua está muy fría!Mis padres también me llevaban a la playa como yo te llevo a ti. Playas anónimas, salvajes, donde no había gente ni arena, solo piedras grises y marrones y bolitas verdes de cristal erosionado por el mar, playas cubiertas de ocle, con frecuente galipote. Yo anhelaba la arena fina y amarilla de postal, pero no era esa la arena que tenía. Recuerdo a mi padre hundiéndose con su slip rojo en el mar bravo y salado que daba dentelladas a las rocas, un mar puramente cantábrico del que emergía con el cuerpo perlado de sal, la barba goteando, el pecho ancho y peludo, abierto al sol, el arpón en una mano y un pulpo muerto colgando de la otra. Ese era mi padre, Poseidón, que se enfrentaba a la naturaleza desnudo y salía victorioso. El alcohol le mató poco después, ya hace más de 30 años. Y el mar allí seguía, porque ni siquiera papá podía vencer al mar. Yo empecé a ver en el mar una metáfora de la eternidad del mundo y de nuestra finitud, el mar como un ser vivo, enfadado e insistente, que nunca se cansará de vibrar, ni siquiera después de nuestra muerte. Nacemos y morimos y nunca deja el Cantábrico de empujar a los acantilados asturianos ni el Pacífico de lamer las lejanas costas del Japón. Mamá también me traía a estas playas, a estos prados, a estos precipicios, donde pastaba un caballo solitario rondando una bañera llena de agua y un señor vendía bocadillos y refrescos. Estos días hace cuatro años que mamá murió y ahí siguen las mareas, y ahí sigue el mar lleno de prodigios y centollos, de misterios y cadáveres, de basuras microplásticas, completamente ajeno. Pero yo a ti, Candela, que brincas en las olas gigantescas y te ríes como un duende, te digo que no pasa nada y, de reojo, vuelvo a mirar, otra vez, al mar, otra vez, al mar, otra vez, al mar.