>LA NACION>DeportesNAPOLES.- En marzo de 1985, sobre un cancha de tierra del pueblo de Acerra, en las afueras de Nápoles, Diego Armando Maradona puso en escena, sin que nadie pudiera comprenderlo en aquel momento, el ensayo general de su propia mitología.Era un partido benéfico organizado por el amigo Pietro Puzone, compañero de equipo y amigo de Maradona. El motivo era ayudar a un chico del lugar que necesitaba una operación costosa. El Napoli, el club donde por entonces jugaba Maradona, no quería que el equipo jugara en aquel terreno imposible, lleno de barro y pozos. Al final se acordó que en el juego, frente al equipo amateur del Real Santa Lucia, Maradona debía limitarse a una breve aparición: Diego quiso entrar igual, pagando incluso un seguro personal con tal de jugar aquella tarde.No había periodistas. No había cámaras oficiales. Era un día lluvioso. Los vecinos de aquel municipio pobre del área metropolitana de Nápoles estaban incrédulos, era imposible que el equipo de Maradona fuera a jugar en la cancha de tierra de su barrio. Pero los jugadores comenzaron a llegar. Lo imposible se volvía verdadero.De pronto se armó un revuelo. Había llegado Maradona. La noticia atravesó el pueblo de boca en boca.Diego en un amistoso con el Napoli en 1984capturaDiego calentó en el estacionamiento, entre los autos. Los jugadores del Real Santa Lucia lo miraban inmóviles, incrédulos. Entonces empezó el partido.A los quince minutos ya iban tres a cero. Tommy Mandato y Fabrizio Manuguerra, dos de los jugadores aficionados de Real Santa Lucia, lo recuerdan como si hubiera sido ayer. Estaban hipnotizados. Aturdidos. Incapaces de apartar la vista de aquel hombre que distribuía pelotas, ordenaba cada movimiento y retaba a su hermano Lalo Maradona cuando volvía caminando después de una jugada, en vez de correr.Diego Maradona en el amistoso jugado en AcerracapturaMaradona jugaba como si aquel partido en el barro fuera una final del Mundial. Veía algo que nadie más podía ver. Primero llegó el gol con la mano. Un gesto irregular, casi sacrílego. El árbitro, un agente municipal del pueblo, lo anuló. Ironías del destino. Diego lo felicitó, como una confesión. Lo repetiría con otra suerte el año próximo.Diego Maradona en el gol La Mano de Dios- - dpa DPADespués, Maradona robó una pelota la en mitad de cancha. Hizo una gambeta. Fue un amague que dejó sentado a su marcador, Fabrizio Manuguerra. Eludió a otros tres rivales. Gambeteó al arquero que salía desesperado. Y convirtió.Los chicos que estaban alrededor del baldío invadieron la cancha y se colgaron de él. Era una locura. Todos gritaban frente a la obra de arte que acababan de presenciar. Apareció también un espectador desde un costado, con un paraguas abierto en la mano, que se sumó al abrazo al jugador como si fuera la cosa más natural del mundo.Festejos tras el gol de Maradona en AcerraEn una pequeña filmación amateur todavía se escucha la emoción de quienes estaban detrás del arco: voces desordenadas, febriles, casi proféticas. Son gritos que parecen anticipar, sin saberlo, el relato del “barrilete cósmico” un año más tarde. Después llegó el caño a Tommy Mandato, otro de los jugadores aficionados. Tommy había intentado quitarle la pelota. Diego lo atravesó con un túnel seco y la gente explotó en un rugido.Tommy Mandato