La manera en que se cría a los hijos cambió de forma considerable en las últimas décadas. Mientras que muchos padres actuales organizan buena parte de su rutina alrededor de las necesidades de los chicos, una mujer asegura que creció en un hogar donde las prioridades estaban repartidas de otra manera.Su reflexión quedó resumida en una frase que rápidamente generó debate: "Tengo 44 años y sigo viendo cómo mis amigos crían a sus hijos como si fuera el trabajo más importante del mundo, y lo que quiero decirles es que mis padres boomers lo trataron como la tercera cosa más importante en sus vidas, y creo que estoy mejor por eso". A partir de esa idea, explicó por qué considera que la crianza hipercentrada en los hijos no siempre produce mejores resultados.La diferencia entre crecer acompañado y crecer sobreprotegidoLa autora contó que el pensamiento surgió después de hablar con una amiga angustiada porque su hijo de siete años no levantaba la mano para participar en clase. Esa preocupación la llevó a pensar en cómo muchos padres sienten la necesidad de intervenir frente a cualquier dificultad o comportamiento de sus hijos, convencidos de que deben encontrar una solución inmediata para cada situación.En contraste, recordó que sus propios padres estaban presentes, pero no hacían de la crianza el eje de toda su existencia. Su relación de pareja, sus trabajos, sus amistades e incluso actividades personales ocupaban un lugar importante en la vida cotidiana. Los hijos eran una prioridad, aunque no la única.Según relató, en su infancia era habitual entretenerse sola, resolver pequeños problemas sin ayuda y aceptar que el aburrimiento formaba parte de algunos momentos del día. También recordó que existían espacios destinados exclusivamente a los adultos y que no todas las decisiones familiares giraban alrededor de los chicos.Con el paso de los años, sostiene que esa forma de crecer terminó fortaleciéndola. Aprender a resolver conflictos cotidianos por sus propios medios, encontrar maneras de ocupar el tiempo y desenvolverse sin la supervisión constante de un adulto le dio herramientas que todavía hoy considera valiosas.A su entender, esa autonomía apareció de manera natural porque sus padres confiaban en que podía enfrentar muchos desafíos sin que ellos intervinieran de inmediato. No lo vivía como falta de interés, sino como una demostración de confianza en sus capacidades.Qué muestran algunos estudios sobre la sobreprotecciónPara respaldar esa mirada, la autora mencionó investigaciones que analizaron los efectos de la llamada "crianza helicóptero", caracterizada por una supervisión permanente de los hijos. Uno de esos estudios, realizado por investigadores de la Universidad de Mary Washington, encontró que estudiantes universitarios cuyos padres continuaban controlando numerosos aspectos de su vida cotidiana mostraban mayores niveles de depresión y menor satisfacción con su vida, asociados a una menor percepción de autonomía.A partir de esos trabajos, plantea que el exceso de intervención puede dificultar el desarrollo de habilidades necesarias para afrontar problemas por cuenta propia. Aclara, sin embargo, que no cuestiona el compromiso de los padres actuales, sino la idea de que el amor se demuestra estando encima de los hijos en todo momento.