Anda el patio revuelto estos días con el tema de la 'prioridad nacional'. Abundan los editoriales en uno y otro sentido. Los medios más de izquierdas la utilizan, como viene siendo habitual, como ese 'que viene el lobo' de quien aún no ha tocado poder y al que, por tanto, poco hay de momento que reprochar. Se olvidan de que, quienes han 'jodido' de verdad este país en los últimos años, son esos arribistas de izquierdas que buscaron romper los consensos de la transición simplemente para forrarse ellos. Pero da igual. La realidad es que hay determinados debates que no se pueden mantener en el plano intelectual, sino que hay que aterrizarlos en la voz de la calle, de ese pueblo que, por más que proliferen las formas en las que expresarse y denunciar, ve cómo otros hablan por él a la vez que hacen oídos sordos a sus quejas y lamentos. Y, créanme lo que les digo: la gente en este país, de derechas, izquierdas o mediopensionista grita '¡prioridad nacional!'. De ahí que hablar de 'oportunismo político' es sacar la cuestión de su esencia, centrarse en la forma para evitar la incómoda cuestión de fondo, que es la que de verdad interesa afrontar por más que sea políticamente incorrecto. Como si la política no tuviera que ser, por definición, incorrecta, piedra de toque para adecuar el marco a la realidad que es, precisamente, de lo que estamos hablando hoy. A estos que hablan de radicalidad, xenofobia, racismo les recomiendo que dejen de prejuzgar -ese sí que es un verdadero prejuicio- y monten tertulia con médicos y enfermeras, profesores y maestros, personal de los juzgados o de las oficinas de empleo. Y luego van y me cuentan. Obviamente no se puede hacer una generalización, pero en gran medida lo que surge de esas conversaciones son historias de aprovechamiento abusivo de un marco que, de puro buenista, se pudre por la raíz. Ocupado por quienes carecen de tales recursos en sus países de origen, sufre saturación y, con ella, falta de recursos y colapso de unos profesionales cuyo nivel de bajas es para hacérselo mirar. TE PUEDE INTERESAR Opinión Por supuesto, no estamos hablando de discriminación, sino de condicionalidad. Está bien que determinados servicios esenciales se presten a los residentes en nuestro país por el mero hecho de serlo. Pero no estaría de más que fueran estos mismos ciudadanos los que se adaptaran al sistema y no al revés. Porque, los efectos de lo contrario, ya los estamos viviendo todos. Donde se rebaja la exigencia, surge la decadencia. Condicionar es hablar de arraigo, es hablar de correspondencia entre contribución y prestación, es hablar de esfuerzo antes que ayuda, es hablar de copago aunque sea para gestiones menores, es hablar de un mínimo de vida laboral para beneficiarse de determinados beneficios sociales, es hablar de dedicación pero no de priorización, es hablar de gestión de recursos escasos y asignación de los mismos, es hablar de no legislar para la minoría sino teniendo en cuenta el interés de la mayoría, es hablar, en definitiva, de todo aquello que, por no estar haciéndose hoy, genera descontento y animadversión entre los de 'aquí', frente a los de 'allí'. TE PUEDE INTERESAR Ya nos hicimos eco en su día en esta misma columna del caso de la sanidad. La saturación de sus servicios lleva a una parte de la población a buscar un seguro privado 'low cost' que, a su vez, es incapaz de absorber la demanda, lo que fomenta el tránsito hacia el encarecido 'reembolso' y fomenta la polarización: quien puede, paga. Es un buen ejemplo, pero no el único. Acceder a una guardería pública se ha convertido en un reto para el nacional por temas de renta (sin tener en cuenta si los padres trabajan o no, que debería ser la condición básica). La acumulación de 'desagravios' es lo que lleva a un colectivo, el patrio, perfil extenso en el que habrá de todo como en botica, a levantar la voz y decir: 'Hasta aquí hemos llegado'. Y, frente a esto, lo que no se puede hacer es caer en la demagogia de quien sobrevuela el terreno sin apenas pisarlo o no tomar medidas como las que están comenzando a hacer algunos gobiernos. La cosa urge, más sabiendo lo que ya están viviendo en sus carnes países que hicieron de la acogida indiscriminada su principio rector (los nórdicos) o no supieron ordenar una multiculturalidad que ahora implosiona su territorio (Francia). Más nos vale dejar de mirar el dedo y empezar a mirar una luna que amenaza estrellarse contra nuestra querida España si no lo remediamos. Es de cajón, puro sentido común. Anda el patio revuelto estos días con el tema de la 'prioridad nacional'. Abundan los editoriales en uno y otro sentido. Los medios más de izquierdas la utilizan, como viene siendo habitual, como ese 'que viene el lobo' de quien aún no ha tocado poder y al que, por tanto, poco hay de momento que reprochar. Se olvidan de que, quienes han 'jodido' de verdad este país en los últimos años, son esos arribistas de izquierdas que buscaron romper los consensos de la transición simplemente para forrarse ellos.