La obra de la brasileña Ana Paula Maia, nominada al Booker por ‘Así en la tierra como debajo de la tierra’, construye ambientes rurales sin Dios ni redención, mundos olvidados de todo y de todos

La traducción al inglés de Así en la tierra como debajo de la tierra, de la brasileña Ana Paula Maia (Nueva Iguazú, 1977) ha hecho que compita por el International Booker Prize de este año. Ello ha llevado que aterrice en España también por estas fechas saltándose la obligación de la novedad cronológica, ya que se trata de una novela escrita y publicada originalmente en 2017. La obra de esta escritora y guionista se ha vertido en nuestro idioma gracias a editoriales como Jus y Siruela, hasta que se ha hecho hueco de forma regular en el siempre excitante catálogo de Eterna Cadencia.

No siendo su mejor novela —Entierre a sus muertos (2018) o De cada quinientos un alma (2022) son salvajadas igual de solventes pero más originales en su planteamiento—, Así en la tierra como debajo de la tierra es una excelente puerta de entrada al universo creativo de Ana Paula Maia, un lugar en el que te quedas atrapado y rendido. Su mundo es siempre similar, así como la manera de esculpirlo en el aire delante nuestro. Estilo conciso, nada superfluo, como si no se pudieran elegir otras palabras, otro tono y otro respirar que el elegido. Ambientes rurales, sin bautizar e indeterminados, en los que no se espera que venga nadie a traer noticias o a cambiar las cosas. Es un cóctel donde caben Kafka, Cormac McCarthy, Dostoievski, polvo de camino y camionetas que nadie sabe cómo siguen funcionando. Personajes con pocas palabras muchos de ellos —quien habla mucho es sospechoso de esconder algo o susceptible de morir pronto—, empleos extraños, determinismo noir y resignación bíblica. Campo de juego determinado por el carácter de los personajes, cadáveres que nadie reclama y el escaso margen moral que deja la pausada desesperación en un mundo olvidado de todo y todos, tan violento que excede lo humano.