ColumnaUn democristiano prudente y un socialdemócrata cabal tienen mucho que contarse si respetan la matriz moral e intelectual que inspiró nuestras democraciasLa obra 'Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga' (1888), de Antonio Gisbert.La historia del liberalismo en España padece una conciencia trágica. Me refiero a la tradición liberal en su sentido más noble y clásico, no a ese otro sucedáneo que apenas se conforma con defender la no injerencia económica del Estado. Benjamin Constant, John Stuart Mill o Alexis de Tocqueville no tuvieron equivalentes en nuestra tradición, y por más que el busto de Argüelles luzca a la entrada del salón de plenos en el Congreso, la pulsión liberal en nuestro país casi siempre acabó frustrada. Del fusilamiento de Torrijos al lamento de Joaquín Garrigues, que inmortalizó aquello de que los liberales en España caben en un taxi, la vocación de reconstruir un marco liberal para nuestra política es, en el mejor de los casos, algo así como un sueño inacabado.Como la historia rima, tras el malogrado intento de Ciudadanos, en la corte suena ahora, y cada vez con más fuerza, la opción de que Miriam González, abogada de prestigio e impulsora del think tank España Mejor, pueda articular una alternativa liberal para las próximas elecciones. La receta es tan noble como ya sabida. La democracia liberal exige una inequívoca separación de poderes, el refuerzo de los contrapesos, la protección del marco constitucional y la defensa de los derechos civiles. Dado el deterioro de nuestro contexto político, el nuevo proyecto aspira a activar una agenda regeneracionista que incluye medidas en su mayoría razonables.Si revisamos los principios fundacionales de la democracia liberal —casi sinónimo de la constitucional—, lo que resulta incomprensible es por qué no pueden insertarse esos fundamentos en el seno de los dos partidos mayoritarios. Confiar en la libertad de expresión para que las ideas compitan, respetar a quien piensa diferente, proteger la autonomía de los jueces y garantizar que el poder político, como cualquier otro, esté sometido al imperio de la ley deberían ser principios comunes para cualquiera que aspire a llamarse demócrata. No hay ningún motivo para pensar que ese liberalismo clásico deba quedar extirpado del PSOE o del Partido Popular. Un democristiano prudente y un socialdemócrata cabal tienen mucho que contarse si respetan la matriz moral e intelectual que inspiró nuestras democracias. La opción liberal es el código fuente de nuestra convivencia y solo sobrevivirá mientras siga habitando en el seno de los dos principales partidos. Considerarla un mero antídoto para construir alternativas políticas equivale a certificar la derrota de nuestro sistema.Archivado EnOpiniónEspañaPolíticaIdeologíasDemocracia cristianaSocialdemocraciaDemocraciaPSOEPPLiberalismo políticoMiriam González