Dejó atrás una larga trayectoria en el periodismo y la docencia, incluidos 23 años de columnista en La Vanguardia, para aceptar la oferta de Oriol Junqueras e integrarse como independiente en las listas de ERC al Congreso. Un salto que cambió la óptica de Francesc-Marc Álvaro (Vilanova i la Geltrú, 59 años) y le descubrió “el carácter absolutamente azaroso e imprevisible de la política”. En Madrid se encontró una capital donde “cada día se acaba el mundo y al siguiente lo vuelven a poner”. Su contacto diario con los discursos de la extrema derecha le empujó a escribir el que es su noveno libro, El franquismo en tiempos de Trump (Galaxia Gutenberg). Pregunta. ¿Qué fue lo que más le llamó la atención de Vox?Respuesta. El hecho de que no les molesta que les llamen franquistas o neofranquistas, lo asumen sin más. Y constatar que es una amalgama muy curiosa de varias sensibilidades, desde exdirigentes del PP hasta personas vinculadas al movimiento antiabortista, ultraderechistas históricos que estaban en los márgenes e incluso algunos que en otro momento hubieran estado en opciones de ruptura cercanas al 15-M. Con una mezcla muy singular de franquismo sociológico y trumpismo, ha conseguido ofrecer un producto aparentemente nuevo. P. Usted lo unifica bajo la etiqueta de neofranquismo. R. Son neofranquistas y trumpistas. No proponen volver a la dictadura, sino un vaciado de la democracia con una reivindicación más o menos explícita de la segunda parte de la dictadura, esa etapa desarrollista en la que el régimen ofreció una mezcla paternalista de algunos elementos de bienestar con autoritarismo.P. Defiende que el franquismo dejó un poso que nunca se ha diluido del todo.R. El franquismo sociológico se normalizó como un clima que nunca ha abandonado las zonas de poder y con intensidades diferentes en función de la época. Lo que ha hecho Vox es darle un envase posmoderno, muy eficaz, conectando con la antipolítica. Son unas brasas que están allí y que Vox aviva para conseguir una llama nueva. Pero esas brasas nunca fueron arrinconadas: en zonas de la alta magistratura, vinculadas a las empresas del IBEX, al funcionariado, en áreas relevantes de la jerarquía católica, en despachos singulares de abogados, en el mundo del deporte…P. Pero es gente que en muchos casos ni vivió el franquismo R. La cultura política que queda a la muerte de Franco es tan potente y y tiene tanto arraigo que perdura a pesar de que biológicamente los que vivieron en la dictadura desaparecen. Y eso obedece a una idea muy, muy inquietante: la percepción de que la dictadura de Franco estuvo en otro nivel que las dictaduras coetáneas, es decir, que una cosa es el franquismo y otra muy distinta el fascismo o el nazismo. Por eso se ha normalizado la reivindicación de una parte del franquismo. El PP había conseguido, a pesar de estar fundado por exministros de Franco, evolucionar hacia un modelo de derecha democrática. Pero el contacto con Vox le devuelve al punto de salida. De una forma me imagino que no muy cómoda para los verdaderos demócratas del PP.P. Es muy crítico con las políticas de memoria del PSOE. R. Siempre ha sido poco audaz. No entendió que esa batalla tenía que ver con el futuro, no tanto con el pasado. Los socialistas han impulsado dos leyes de memoria que son terriblemente difíciles de aplicar para dar una respuesta justa y clara a las víctimas, es decepcionante.P. Y, aun así, la reacción de la derecha contra esas políticas es furibunda. R. Las políticas de memoria más efectivas deberían haberse llevado a cabo en los primeros años de la Transición, cuando la ventana estaba abierta. Luego hay un momento en que se cierra, dado que los gobiernos de Felipe González no abordaron esa carpeta. Y cuando Zapatero tiene que hacerlo, ya se ha rearmado el bloque de la derecha sin esos complejos que lo sobrevolaban tras la muerte de Franco.P. Sostiene que en el largo plazo Vox podría poner en peligro la democracia.R. Vox no hace más que aplicar lo que ha visto que le funciona a Trump. Y es el efecto rana: se pone en un recipiente y se va subiendo la temperatura del agua poco a poco. El autoritarismo de Trump y sus émulos no empieza de golpe, está creciendo, hasta conseguir lo que creo que es el gran proyecto de las ultraderechas globales: si la democracia tiene un perímetro de 100, reducirlo a uno de 15 o de 20. P. ¿Cómo explica el atractivo de la ultraderecha entre los jóvenes?R. No es algo nuevo. El fascismo, cuando nace en Italia y en Alemania, atrae a la gente joven porque es técnicamente contracultural. Lo que ha cambiado es que la propaganda actual, mediante las redes y con el teléfono móvil, llega directamente como un diálogo personal con todos los individuos y eso tiene mucha fuerza entre la gente joven. Si Goebbels hubiera tenido un smartphone, tal vez habrían ganado los nazis. La propaganda clásica es como una ducha, pero la que te llega con el móvil es como una inyección directa a tu cerebro.P. Vox también se alimentó de la reacción al procés. ¿No subestimó el independentismo la respuesta del nacionalismo español?R. Tan incierto es decir que el procés no influyó en el crecimiento de Vox como decir que crece principalmente por el procés. Alimenta una parte del discurso de Abascal, pero lo que lo impulsa básicamente es la cuestión migratoria. En las primeras elecciones bajo el 155 en Cataluña, Vox ni se presenta. La ultraderecha española activa dos enemigos: el interior, el catalán y el vasco nacionalista, y el exterior, básicamente el inmigrante musulmán. P. Más allá de que se trate de dos nacionalismos contrapuestos, ¿qué diferencias y similitudes ve entre Vox y Aliança Catalana? R. Los unifica la panoplia trumpista y focalizarlo todo en el inmigrante de origen musulmán. En eso son exactos. Vox es neofranquista, mientras que Aliança son contrarios a la tradición catalanista, que es integradora. Desde finales del siglo XIX, la lectura estratégica de los catalanistas es que una nación pequeña solo puede prosperar si integra a los que llegan. Sílvia Orriols [líder de Aliança] rompe con esa línea. Hablan de un país muy pequeño cerrado sobre sí mismo, marcado por un identitarismo absolutamente miope y reaccionario, en el que muchos quedaríamos excluidos.P. Pero, aunque fuese muy minoritaria ¿no había una cierta pulsión así en sectores del catalanismo? Heribert Barrera [líder de ERC en la Transición] decía cosas parecidas de los inmigrantes.R. Esas pulsiones excluyentes siempre fueron minoritarias y extravagantes. Prescindían de un dato: Cataluña es un país de aluvión y de mestizaje. Aliança nace de dos corrientes. Una es el malestar por el fracaso del procés y la otra es imitación global, una parte de la sociedad que compra la agenda y el discurso trumpista. Por eso hay una frontera de votantes muy ancha entre Aliança y Vox. Habrá ciudadanos que votarán a Abascal en las españolas y a Orriols en las catalanas, aunque parezca muy raro. Lo definitorio no es la bandera de cada uno, sino que quieren excluir al que llegue de fuera. P. ¿Teme que Junts se acabe entendiendo con ellos?R. No voy a hacer vaticinios, lo que creo es que Junts debería leer la mejor tradición del catalanismo. Y Pujol formaba parte de ella, igual que el PSUC [los comunistas catalanes], el movimiento vecinal o CC OO: catalán es el que vive y trabaja en Cataluña y quiere serlo. P. La apuesta de Gabriel Rufián por una entente de todas las izquierdas provoca tensiones en ERC. ¿Cómo afecta al grupo parlamentario?R. Es evidente que hay una disparidad de opiniones en el universo de ERC y los diputados en Madrid participamos de ello. Pero todos somos muy conscientes de que manejamos material sensible en un momento delicado. Y eso se impone a pesar de que evidentemente hay una visión distinta y eso crea turbulencias y disonancias. Yo comparto la visión de la dirección de ERC: reforzar nuestra marca y nuestro papel en nuestro territorio, la misma opción que Bildu y BNG. Eso no quiere decir que no podamos explorar colaboraciones concretas con las izquierdas soberanistas y con otras del Estado. En eso sí estaría de acuerdo con nuestro portavoz.
“El franquismo sociológico nunca ha abandonado las zonas de poder”
El parlamentario y periodista catalán publica ‘El franquismo en tiempos de Trump’, una mirada a la ultraderecha a partir de su experiencia en el Congreso








