Con la edad los sueños se van modulando a la baja. Empiezas creyéndote Neeskens y acabas escribiéndole un obituario el día que se muere. No está nada mal la práctica del oficio de periodista, hay cosas peores y no me pienso quejar, pero no es lo mismo jugar un Mundial que explicarlo, por mucho que nos metamos en el papel abusando cada vez más de las emociones para reducir distancias. Es obvio que, llegado el momento, a nuestros nietos (sin prisa, hijos míos) les contaremos batallitas de lo vivido pero nada será comparable con las que compartan los futbolistas, ya mayores y retirados, porque sus anécdotas pertenecerán a otra división. No es lo mismo ser Napoleón que soldado raso.Estos días mi envidia sana es toda para Lionel Scaloni. Como la fantasía de ser futbolista caducó hace mucho, la mirada se desplaza hacia otras direcciones. Seguí in situ a la Argentina campeona en Qatar en todos sus partidos y ahí ya reparé en su entrenador, un señor cuerdo en medio de un país loco... En el presente Mundial sigue empeñado en amortiguar el tremendo ruido que rodea siempre a la albiceleste y en relativizar sus méritos como entrenador. Las dos aspiraciones me parecen tan difíciles como loables.De Lionel a Lionel: Scaloni besa a Messi durante el Mundial Natacha Pisarenko / Ap-LaPresseEl técnico de la selección Argentina domina el arte de quitarse importancia, y lo hace de forma naturalDesconozco si admira a Epicteto, que no fue un lateral derecho sino un filósofo griego pilar del estoicismo, pero sus ruedas de prensa así lo indican. Su modestia, odiosa cuando es falsa, transmite en cambio autenticidad, y sus reflexiones, aunque sabias, carecen del exceso de retórica del que tanto se acusa a sus compatriotas. Recétense de vez en cuando cinco minutos de Scaloni, campeón del mundo con Argentina, semifinalista hoy, líder y domador inteligente de un vestuario con mucho ego (26 en total) y acompañante idóneo de Leo Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, todo sin darse importancia.Se acerca un Argentina-Inglaterra, partido de alto riesgo, epicentro de muchas susceptibilidades por la guerra de las Malvinas, la mano de Maradona y varias reyertas más, una tentación para dramatizar, sobreexcitarse y transportar la rivalidad a terrenos peligrosos. Todavía con la clasificación a semifinales acabada de lograr ante Suiza, con épica para variar (allí viven instalados los argentinos), y las pulsaciones disparadas, Scaloni tuvo la capacidad de reposar la mente, poner cara de Epicteto y, después de pedir que se apagara el aire acondicionado porque no llevaba puesta la “campera”, decir con cara de profesor: “Es un partido de fútbol, eh. Un partido de fútbol y punto. Mi mensaje es que no busquemos otra cosa, no hay más que eso”.El estoicismo más clásico sostiene que solo las personas educadas son libres. Igual por eso Scaloni parece flotar sobre temas que otros consideran preocupaciones insuperables.Se lo transmitiré a mis nietos cuando los tenga.Redactor Jefe de Deportes de La Vanguardia. Antes subdirector de Mundo Deportivo. Colaborador habitual en medios como RAC1, Esport3 (TV3) y Catalunya Ràdio. Autor del libro 'Jugada personal'.