Un colegio, un hotel de lujo, una plaza de toros, una explanada en la que varios niños juegan a la pelota, una parcela en la que, aún hoy, quienes la pasean encuentran casquillos de balas. Son las huellas de una historia que no ha sido lo suficientemente contada, la de los campos de concentración franquistas que poblaron el país desde la sublevación militar de 1936. Una dimensión de la represión que rescata del olvido Todo es cárcel, la nueva película de Eloy Enciso, estrenada esta semana en el festival FID Marseille, que se ha celebrado hasta este domingo en la ciudad francesa.

Los golpistas no necesitaron ni siquiera 24 horas desde que se rebelaran por las armas contra la República para abrir su primer campo de concentración a pocos kilómetros al sur de Tetuán. Repartidos por toda la geografía española, este tipo de espacios, de los que el periodista Carlos Hernández llegó a documentar 300, fueron usados por los franquistas para encerrar a los prisioneros a medida que conquistaban territorio. Funcionaron hasta finales de los años 40 y llegaron a albergar a más de 750.000 republicanos.

Su existencia, sin embargo, ha sido y es todavía ignorada más allá de la historiografía oficial y apenas hay señales en los lugares que ocuparon. Un olvido colectivo sobre el que Todo es cárcel propone una reflexión ineludible para las sociedades democráticas: qué ocurre cuando una violencia sistemática desaparece del relato compartido de un país, pero continúa dejando huellas en la vida cotidiana incluso sin darnos cuenta.