Seg�n un conocido argumento maquiaveliano, la acci�n pol�tica ser�a el resultado de una relaci�n dial�ctica entre fortuna y virtud, de tal manera que el Pr�ncipe aprovecha una cierta ventana de oportunidad haciendo uso de la virtud, entendida como la cualidad m�s adecuada en cada momento. As�, unas veces conviene hacer uso de la prudencia, otras de la audacia, radicando en ello la clave del �xito, pues el saldo de la ecuaci�n depende en �ltimo t�rmino de la capacidad del Pr�ncipe para acertar con la f�rmula que mejor se adapta al signo de los tiempos.Es crucial en este punto entender que la relaci�n entre fortuna y virtud no est� predeterminada, pues la eficacia de la acci�n pol�tica no depende de moralidad alguna, menos a�n de cuestiones de legitimidad, toda vez que �la virtud solo se revela con claridad a posteriori, cuando su intervenci�n ha modificado de tal forma las condiciones de pensabilidad y posibilidad de la acci�n pol�tica que los nuevos par�metros permiten reconocer su car�cter virtuoso� (Filippini, 2026).A partir de aqu�, se entiende mejor el modus operandi del sanchismo como aprovechamiento de una determinada oportunidad que ha funcionado en la pr�ctica como una ventana de Overton, permanentemente actualizada por las terminales medi�ticas que se encargan de moldear la agenda pol�tica m�s conveniente en cada momento. N�tese que una acci�n pol�tica de estas caracter�sticas no necesita de proyecto alguno, tal como acredita la p�rdida de identidad socialdem�crata del PSOE sin que nadie se haya preocupado de postular alternativas m�nimamente reconocibles, como tampoco necesita de reformas legales, pues para ello ser�an necesarios consensos imposibles de alcanzar. Basta, por tanto, con pol�ticas de hechos consumados que van produciendo cambios sin necesidad de pasar por tr�mites parlamentarios fatigosos ni por las debidas reformas.Con estas premisas, la trayectoria de Pedro S�nchez nos ofrece una acci�n de gobierno que podemos resumir en dos fases. En la primera, nuestro simpar Pr�ncipe hace una lectura de la situaci�n sociopol�tica en tiempos de austeridad que conectaba bien con el momentum populista de la d�cada pasada, a fin de aprovechar las ventanas que le ofrec�an, por un lado, las primarias socialistas y, por otro, la catarsis provocada por la corrupci�n de los a�os marianos. Era el momento de las decisiones audaces, como corresponde a un contexto de agitaci�n social y pol�tica recalentado por el proc�s, que S�nchez aprovech� para subirse al carro tanto de las protestas contra la austeridad como de las din�micas centr�fugas asociadas al pronunciamiento independentista de 2017.A partir de ah�, los medios afines pusieron en marcha una ventana de Overton donde las pantallas se iban sucediendo a velocidad de v�rtigo. Por un lado, el �no es no� inicial frente al marianismo se convierte m�s tarde en un �muro� frente a la dupla Feij�o-Abascal. Por otro, los indultos concedidos por un partido que hab�a respaldado previamente la aplicaci�n del art�culo 155 de la Constituci�n se convierten despu�s en una �amnist�a� que colisiona con todo lo anterior. De tratarse de un pol�tico ortodoxo, S�nchez pod�a haberse adelantado a los acontecimientos y haberse presentado a las elecciones generales de 2023 con una propuesta para la �normalizaci�n� social y pol�tica de Catalu�a que habr�a preparado el terreno para una ley como la de la amnist�a. Pero ese no era su modus operandi: aqu� es donde cobra todo su sentido la invocaci�n del propio S�nchez a �hacer de la necesidad virtud�. A falta de proyecto alguno que no sea la propia supervivencia, la pol�tica quedaba reducida a puro decisionismo ante situaciones excepcionales (el �empate catastr�fico� de 2023, en este caso), que el equipo de opini�n sincronizada se encargaba enseguida de encuadrar convenientemente (todo vale con tal de librarnos de la amenaza existencial representada por la fachosfera), en tanto que al Tribunal Constitucional le correspond�a m�s tarde elaborar, modo constructivista, los par�metros a partir de los cuales la acci�n pol�tica ser�a juzgada como virtuosa, ya fuera por su prop�sito bienintencionado de superar un �conflicto pol�tico� o por sus efectos socialmente pacificadores, pero siempre a posteriori. As� es como se fue dibujando el perfil inconfundible del �presidente de las primeras veces�.En este punto, conviene volver al ilustre florentino para recordar la segunda parte de su clarividente reflexi�n, pues tan importante como acertar con el modus operandi que corresponde al escenario que ofrece la fortuna es saberlo modificar cuando el escenario cambia de tal modo que donde brillaba la audacia ahora se impone la prudencia. Ese es el problema de quienes, ya sea por haberse dejado llevar por sus propias inclinaciones o por �haber progresado siempre por una misma v�a�, se ven incapaces de rectificar el rumbo. En nuestro caso, el itinerario de S�nchez le ha llevado a un nivel de radicalidad tal que sus votantes se encuentran ya en la misma autoubicaci�n ideol�gica en la que estaban los votantes de Podemos hace una d�cada. Este logro sin precedentes de un partido que se sigue autoproclamando socialdem�crata es la consecuencia inexorable de una estrategia que reemplaza a votantes moderados y centrados por votantes de extrema izquierda v�ctimas de la orfandad en la que les ha dejado la anemia ideol�gica y organizativa de los sucesivos intentos de armar una izquierda alternativa al sanchismo.Una vez agotada esa v�a de radicalizaci�n, la pregunta insoslayable es c�mo hacer ahora el camino de vuelta al centroizquierda para seguir siendo un partido competitivo. Pero esa es justamente la pregunta que S�nchez busca esquivar, como lo prueban sus reiterados intentos de posicionarse cada vez m�s a la izquierda. Una vez apartado del n�cleo decisorio de la UE, S�nchez hizo gestos de aproximaci�n a China que culminaron en una cumbre que produce perplejidad entre nuestros socios europeos, al tiempo que se reun�a con mandatarios del Grupo de Puebla en busca de una narrativa que lleg� al paroxismo en la cumbre de Barcelona, donde el pretendido progresismo qued� eclipsado por el populismo rampante de personajes como Claudia Sheinbaum, capaz de liquidar el sistema judicial de un pa�s asolado por el narco, pero siempre dispuesta a victimizarse.escaldado por la defenestraci�n que sufri� en 2016, S�nchez aprendi� enseguida que era mejor ser temido que amado, hasta convertir al PSOE en un cuartel. Al mismo tiempo, en lo tocante al gobierno, aprendi� tambi�n que �jam�s faltaron a un pr�ncipe razones legitimas para disfrazar la violaci�n de sus promesas�. Sin embargo, tras la ca�da de su talism�n ZP y de sus validos, la ventana de Overton ha empezado a rebobinar y toda la gesti�n de S�nchez est� sujeta a un mecanismo de reevaluaci�n retrospectiva que le lleva ahora a desentenderse de las �andanzas� de toda esa gente a la que apenas conoce. Es lo que pasa cuando eres el �puto amo�: que no sabes de la misa la media.Tras la cascada de derrotas auton�micas humillantes para la izquierda en general y el socialismo en particular, agravadas por el rosario de causas judiciales que cercan al PSOE (un centenar de imputados seg�n el �ltimo recuento), parec�a llegado el tiempo de la prudencia, pero esto no entra de momento en los planes de S�nchez. En lugar de asumir responsabilidades, prefiere sacar pecho (�no le tenemos miedo a la Justicia�); y cuando el Congreso le notifica de manera palmaria que no tiene apoyo para seguir adelante, responde con la carcajada que en su d�a le dedic� a N��ez Feij�o por decir que no estaba dispuesto a gobernar en estas condiciones, cosa con la que S�nchez, en cambio, parece sentirse c�modo. Ahora que el Parlamento empieza a oler a democracia org�nica, a S�nchez ya solo le falta recomendar a sus incondicionales que hagan como �l y no se metan en pol�tica.Juan Jes�s Gonz�lez es catedr�tico de Sociolog�a de la UNED y autor de Las razones del voto en la Espa�a democr�tica (1977-2023) (Catarata)