OpiniónDe poco sirven las capacidades del gobernante para usar el poder y hacer las cosas bien, si sus acciones están cegadas por la vanidad y la soberbia.PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL22.07.2026 22:01 Actualizado: 22.07.2026 22:01 Con frecuencia se dice que el poder siempre saca lo mejor o lo peor de las personas. La razón es simple: el ejercicio del poder (y más precisamente el poder político) trae consigo siempre el riesgo de caer en una trampa que destruye a los que tienen el poder, no tanto por la manera como lo ejercen, sino por lo que creen que son mientras lo tienen y por la forma como esa convicción los lleva a actuar.Es la trampa entretejida por la vanidad y la soberbia. La primera se expresa como una especie de fuerza interior que se desata con la llegada al poder, para hacer creer a los que gobiernan que están revestidos de una superioridad que proviene de sus virtudes y de su esfuerzo, pero nunca de la conjunción transitoria de circunstancias, alianzas y azares que los llevaron ahí. Esa convicción no solo hace que el gobernante confunda la investidura con el mérito y este con el destino. También lleva a que cada desacuerdo, cuestionamiento o calificación sea tomado como algo personal y se entienda como una afrenta, una agresión o un acto impropio. Lejos de valorar la crítica, para el que gobierna, los que se le oponen o quienes se atreven a criticar lo que se hace no son otra cosa que enemigos que pretenden demoler el régimen que los sostiene.Es ahí cuando la vanidad abre la puerta a esa otra fuerza a la que se la llama soberbia. Es la que convence al gobernante (y a su círculo más íntimo) de que su superioridad es tal que le permite despreciar a los demás. Los hace actuar como si las reglas que rigen a los mortales para ellos no existieran. Desde allí declaran la guerra contra el que consideran su enemigo. Sea la prensa, la oposición, los organismos de control o los jueces, se convierten en su “objetivo militar” no tanto porque con ese enfrentamiento vaya a resolver algo, sino porque con ellos produce la ilusión de estar en el centro de una batalla histórica. Lejos de aceptar el principio de Montesquieu de no usar el poder para satisfacer resentimientos y humillar adversarios, o la recomendación de Maquiavelo de no convertir el ejercicio del poder en una sucesión de agravios personales, o la sentencia de Séneca de que el odio y el deseo de venganza debilita a los gobernantes hasta convertirlos en esclavos de sus pasiones.Los gobernantes que hacen de su tarea la venganza terminan convirtiendo el gobierno en un aparato de persecuciones y destrucción.Los gobernantes que hacen de su tarea la venganza no logran construir poder verdadero ni conducir a la sociedad o al Estado en una dirección determinada. Terminan convirtiendo el gobierno en un aparato de persecuciones y destrucción. Allí donde hay un crítico, crean un traidor; allí donde se gestaban las ideas, inventaban una gran conspiración. Todo se hace para servir a la vanidad y a la soberbia del que gobierna. No se dan cuenta de las heridas que van dejando a su paso, ni del desmantelamiento político o institucional que puedan producir. No importa que se vayan rasgando los tejidos que van sosteniendo la vida en sociedad.A estas alturas, como en el tríptico del italiano Ambrosio Lorenzetti (Alegorías del buen y el mal gobierno, 1337-1340), que tanto invoco en mis presentaciones, la justicia es despojada por el que gobierna. En su sed de venganza, el gobernante toma su lugar, y su gobierno comienza a estar regido por la crueldad, la traición, el furor, el engaño, la división y la guerra.En estas condiciones, de poco sirven el poder y la política como base del ejercicio de un gobierno que construye desarrollo y civilidad. De poco sirven las capacidades del gobernante para usar el poder para hacer las cosas y terminarlas, así como para servirse de la política como herramienta para saber qué cosas hacer, con quién y en qué momento, si sus acciones están cegadas por la vanidad y sus determinaciones por la soberbia. Es el momento en que la avaricia y la vanagloria se vuelven recurrentes. El gobernante ha caído en la trampa: ha terminado convertido en un tirano.* Profesor titular de la Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. 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Entre la vanidad y la soberbia
De poco sirven las capacidades del gobernante para usar el poder y hacer las cosas bien, si sus acciones están cegadas por la vanidad y la soberbia.











