Hay artistas que construyen una carrera. Hay otros que construyen una era. Y luego está Thalía. Hablar de ella implica recorrer décadas de música, televisión, moda, cultura pop y momentos que forman parte de la memoria colectiva de millones de personas en todo el mundo. Pero detrás de los discos, las telenovelas, los escenarios y los reconocimientos, existe una mujer que sigue haciéndose preguntas. Una mujer que continúa explorándose, observándose y descubriendo nuevas formas de existir. Quizá por eso sorprende que una de las primeras cosas de las que habla no sea de éxito, sino de los espejos. No de los que reflejan la imagen pública. De los otros. Los íntimos. Los que la obligan a encontrarse consigo misma.

Pantalón (Ermano Scervino), guantes (Monizen), top (Intimissimi) y joyas (Jacob & Co).

Convertirse en tu propia porrista

Durante años, el mundo observó a Thalía. La admiró, la criticó, la celebró y la juzgó. Como ocurre con cualquier figura que alcanza un nivel extraordinario de exposición. Sin embargo, la batalla más importante no ocurrió frente al público. Ocurrió frente a ella misma. “He aprendido a ser mi propia porrista. Porque muchas veces fui la que más me saboteé en mi vida, la que más me hacía sentir mal. La piedra en mi camino. Y entonces aprendí a cambiar la narrativa, a decirme: qué bien lo hiciste, sí puedes, te va a salir mejor la próxima vez. Empecé a ser más generosa y más amorosa conmigo”.