Dos velocidades distintas marcan el paso del tiempo en el Waldorf Astoria. Una es la del histórico reloj comisionado por la reina Victoria para la Exposición Universal de Chicago de 1893, que despliega su imperial encanto en el callejón Peacock, conexión entre las avenidas de Lexington y Park. Con escenas deportivas talladas en sus costados y una estatua de la libertad en miniatura como pinácu­lo, marca la hora para las llegadas y salidas de los huéspedes, da turno cada tarde al sonido del piano donde Cole Porter compuso Night and Day y delimita las reuniones de negocios que dominan las mañanas. Son las Waldorf en punto: turismo, arte y poder. La otra medida (in)temporal la dicta el mosaico de 140.000 teselas de mármol obra del artista francés Louis Rigal. Titulado La rueda de la vida, fue creado en 1939, pocos años después de que el Waldorf Astoria se mudara desde su primera localización (originalmente ocupaba la parcela del Empire State). Simboliza la circularidad de la existencia, tiene aire de oráculo que ha sido testigo de la historia del hotel y, por ende, de Nueva York. Ha oído secretos de Estado desde que el hotel se convirtió en residencia no oficial de los grandes mandatarios durante la Asamblea General de las Naciones Unidas. De Churchill a Obama, pasando por Yasir Arafat y Golda Meir. Pero la gente de a pie también encontró allí un refugio: a principios del siglo XX era uno de los pocos lugares en los que las mujeres podían estar solas pasada determinada hora, y durante los tiempos de la segregación racial, Dorothy Dandridge actuaba allí sin problemas. Aquí nació la consigna de “el cliente siempre tiene la razón”. Y eso podía significar conspirar contra la ley seca o dar forma a la caza de brujas en Hollywood. ¿Qué augura el mosaico para esta nueva era tras una exhaustiva y carísima renovación del hotel? ¿Qué ciclo vive también la ciudad que habita? Nueva York está sumido en esa misma tensión que encierra el Waldorf Astoria: tardó en construirse un año y medio allá por 1931, pero ha requerido ocho años y un presupuesto milmillonario para pasar por chapa y pintura. En su día, la obra de los arquitectos Schultze & Weaver representó un rayo de esperanza laboral en plena Gran Depresión. En 2014, la compra récord (1.950 millones dólares) por parte de la firma china Anbang Insurance Group también fue simbólica en una dirección distinta. Más aún cuando en 2020 pasó a manos de otra firma china, Dajia Insurance Group, y en febrero de este año, ocho meses después de la finalización de la reforma por parte del estudio Skidmore, Owings y Merrill, el The Wall Street Journal informó de que la propiedad volvía al mercado. Para tranquilidad de los guardianes de las esencias hoteleras, el grupo Hilton firmó que la gestión del hotel correría de su cuenta durante los próximos 100 años. El patriarca de la cadena, Conrad Hilton, había definido al Waldorf Astoria como “el más grande” y no paró hasta que lo compró en 1977. Ahora, el ethos de los millonarios de la vieja escuela y los grandes capitales globales del turbocapitalismo lucha en este hotel por definir la grandeza en su versión de 2026.Ya ha transcurrido casi un año desde su reapertura en julio de 2025 y el actual director del hotel, Luigi Romaniello, reflexiona sobre el tema: “El lujo ya no es tanto sobre la opulencia del mármol y las arañas de cristal. Lo que el cliente busca es entrar en el hotel y no sentirse una estadística. Quiere un trato personalizado. Que nos adelantemos a lo que necesita”. Para ello, Romaniello calza las botas de legendarios regentes del hotel. Lucius Boomer fue el primero y dejó como legado antes de morir en 1947 esa alianza clave con las Naciones Unidas. David Freeland, autor del libro American Hotel. The Waldorf Astoria and the Making of a Century, considera que ese fue el enroque que marcó la diferencia. “Otros hoteles, como el Plaza, también acogieron a muchos famosos, pero ninguno tiene el impacto político y social del Waldorf Astoria”, sentencia. Otro personaje célebre fue Oscar Tschirky, que según Freeland “multaba a los empleados si había una muesca imperceptible en la porcelana”, pero fue también el responsable de sacar brillo a la cocina del hotel: alumbró la famosa ensalada Waldorf (ahora reinventada por el premiado chef Michael Anthony en el lujoso restaurante del hotel, el Lex Yard) y los huevos Benedict. Tras su muerte, en 1950, llegaría la época de Hollywood: Frank Sinatra o Marilyn Monroe pasaron largas temporadas en las torres del hotel. “Sucedían tantas cosas cada día que el personal apodó el hotel como el Waldorf Histeria”, explica Freeland.El historiador rebate la leyenda que reza que Fidel Castro se tuvo que ir al hotel Theresa en Harlem porque el Waldorf Astoria no quería acoger a sus gallinas vivas (quería evitar ser envenenado con el servicio de habitaciones, otro servicio ahora extendido del que este hotel fue pionero). Según él, los animales siempre fueron bienvenidos en el hotel: una famosa foto de Marlene Dietrich con un burro así lo certifica y, doblando la apuesta, un elefante llegó a defecar en la moqueta del gran salón en un número de circo para el popular baile anual Abril en París. En el mismo espacio en el que Nixon aceptaría la presidencia. Esta dualidad captura esa esencia de “exclusividad para las masas” que siempre definió al Waldorf Astoria y, de alguna manera, a la cultura estadounidense. Pero el experto en el hotel también advierte sobre el peligro actual de caer en la nostalgia, pues el malabarismo entre pasado, presente y futuro es marca de la casa desde su génesis. Hoy parece que estos espacios evocan un pasado más esplendoroso que el vulgar presente, pero “cuando se construyó este espacio en los años veinte ya se hizo evocando a una gran nostalgia por la década de 1890”.Romaniello llega, así, como una batidora de líneas temporales. Por un lado, viene con una amplia experiencia en hoteles en Oriente Próximo (dirigió el Rosewood de Abu Dabi), donde está el futuro del lujo. “Siempre lo llevan más allá y manejan presupuestos sin límite”, asegura, pero también es consciente de que el presente en Nueva York requiere un contacto humano que encaja con su calidez mediterránea. “Aquí gusta el trato simpático y accesible, nuestro personal tiene que ser también ameno”, describe. Su visión del hotel es, de alguna manera, como una piazza o quizá un barrio en una sola manzana. De hecho, una de las grandes novedades de esta era es que, por primera vez, el espacio de sus torres está a la venta para propietarios fijos. Y eso, a su vez, ha hecho que haya menos habitaciones disponibles (375, frente a las 1.400 del pasado), más amplias, más residenciales y en las que el trato al cliente pueda ser, como decía, más personalizado. “Está en mí el espíritu de la hospitalidad italiana, romana”, sonríe el actual director, instalado en el perpetuo mal de Stendhal que le provoca vivir y trabajar en esta joya art déco: “Cuando veía a los trabajadores en el andamio, sentía como si estuviera viendo a Miguel Ángel trabajando en los techos de la Capilla Sixtina”, relata. “Si lo piensas”, añade Freeland, “hay pocos espacios urbanos que combinen tan bien lo público con lo privado como los hoteles o las iglesias. Pero en los hoteles no tienes que adscribirte a ningún credo”.