Este año se cumple una década desde que Umberto Eco abandonó su cuerpo. Nos quedan, afortunadamente, sus ensayos, novelas y columnas de opinión, que se nutren de una cultura cosmopolita. En el análisis tradicional, suele distinguirse la cultura de elite de la popular. Por mucho tiempo, ambos ecosistemas de signos parecieron desvinculados y opuestos. Sin embargo, Umberto Eco, nacido en Alessandria (Piamonte) en 1932, demostró lo contrario al unir a los héroes del cómic con los mitos ancestrales. Logró fusionar la “cultura baja” y la “cultura alta” bajo un mismo análisis semiótico, tal como lo hizo en Apocalípticos e integrados (1964). Los “apocalípticos” son quienes se adhieren de forma exclusiva a los bienes culturales aristocráticos, mientras que los “integrados” son aquellos que celebran las formas del entretenimiento masivo sin mediación crítica. Además, la vigorosa personalidad intelectual de Eco unió la semiótica, su tesis sobre la obra siempre abierta a nuevas interpretaciones, la narrativa novelesca y la historia y las conspiraciones. Un canal para sus columnas de opinión fue “La bustina de Minerva”, publicada en la última página de la revista de actualidad italiana L’Espresso, activa desde 1985 hasta el año de su muerte. Como observador de la realidad cultural contemporánea, Eco analizó con filo crítico el fenómeno de las redes en sus comienzos, la industria de las falsas noticias y el mal periodismo —temas centrales de su novela Número cero (2015)—, así como la alarmante actualidad de una disfrazada mentalidad fascista.