La actividad económica local está atravesada por una narrativa a esta altura famosa, la de la Argentina a dos velocidades. Mientras los sectores exportadores como la energía, la minería y el agro aceleran, la industria y el comercio retroceden. En el medio de esa grieta asoma la construcción, un sector con enorme potencial que todavía no termina de arrancar.

El desarrollo inmobiliario tradicional, el que apunta a la clase media, está empantanado por el brutal salto del costo de construir en dólares. El grueso de los gastos de obra como mano de obra, materiales locales y administración, se paga en pesos, pero el desarrollador cotiza y proyecta en moneda dura. En ese descalce los números aprietan. En lo que va del año el Índice del Costo de la Construcción del Indec, medido en dólares, saltó un 16%, empujado por un encarecimiento del 18% en la mano de obra y del 13% en los materiales. Ese salto en dólares es la contracara de la apreciación real del peso, que abarata las importaciones pero merma el poder adquisitivo de quienes perciben ingresos en moneda extranjera.

Al freno en la oferta se le suma una demanda golpeada. Históricamente las pymes, el comercio y la industria canalizaban parte de sus excedentes hacia el ladrillo, pero con el reordenamiento de la matriz productiva esos flujos de reinversión están virtualmente secos.