Criado en la colonia ferroviaria de Sant Vicenç de Calders, Josep Marín consiguió salvar años después el nombre de la estación que le vio crecer. Fue la manera de rendir el merecido homenaje a ese lugar lleno de ferroviarios venidos de todas partes de España en el que creció rodeado de trabajadores de la Renfe y fue feliz con muy poco.Lo hizo desde un despacho de esa misma compañía, donde entró a trabajar de agregado técnico con 23 años. Su jefe se pasaba la jornada leyendo La Vanguardia cómodamente en su despacho de la estación de França. Josep le escribía los informes que su jefe luego firmaba sin mirarse mucho el contenido. Daba respuesta a temas muy variopintos como buenamente podía hasta que tuvo delante la solicitud formal en la que se iba a cambiar el nombre de Sant Vicenç de Calders por Coma-ruga. Ahí sí que tuvo clara la respuesta: denegado. Y Sant Vicenç de Calders siguió siendo Sant Vicenç de Calders “por respeto a la tradición ferroviaria” por mucho que le pesase a los alcaldes de Coma-ruga, el Vendrell y a todos aquellos vecinos que pedían el cambio al directivo y fiel lector que delegaba sus funciones en el joven Marín.El sol es abrasador en verano junto a las vías, pero Josep tiene peor recuerdo del viento helado en inviernoFue una decisión tomada desde la comodidad de un despacho en verano, pero a lo largo de su carrera sufrió los rigores de las altas temperaturas en las vías, en lugares donde no hay ni una sombra. Formó parte del equipo que empezó a instalar enclavamientos eléctricos en Catalunya –el primero, en Reus, en 1968– y luego fueron modernizando las instalaciones. Eso le llevó a pasarse horas bajo el sol probando semáforos y señales. “Bajo la cubierta de la estación de Lleida llegaba un momento en el que tenías la sensación de que te caía fuego encima”, rememora Marín, que aun así dice que lo ha pasado peor en invierno que en verano: “El cierzo era helador en Sariñena (Huesca); en Colera un día soplaba tanto la tramontana que nos tiraba al suelo... aunque donde más miedo he pasado en mi vida fue en el antiguo puente sobre el río Ebro en Tortosa, ¡de noche y por una pasarela en la que pensé que no volvía a casa!”.Esos sufrimientos formaban parte de un trabajo ferroviario para el que considera “imprescindible tener vocación”. Además, los compensaba con las buenas comilonas que se pegaba siempre que podía. La misma buena memoria que le permite recordar a compañeros de trabajo de hace 50 años por el nombre y los dos apellidos también le lleva a citar todos los restaurantes cercanos a las estaciones en los que iba a comer. Si se tiene que quedar con uno: Casa Gatell de Cambrils, ya cerrado. “Siempre que podía, a la carta, sin pasarse, pero mejor que el menú, y si conseguía que pagase el contratista en lugar de nosotros, mejor”.Si ahora se los llevase a comer, les cantaría las cuarenta. “No puede ser que para hacer las obras de los túneles del Garraf tengan que cortar la circulación, en nuestra época eso se hacía manteniendo la circulación”, dice Marín, que se jubiló en el 2004 como jefe de seguridad ferroviaria en Catalunya en los tiempos que Renfe y Adif eran todavía la misma empresa.Desde entonces ha estado volcado en el museo del ferrocarril de Catalunya, en Vilanova, la ciudad donde vive desde hace muchos años. Allí montó la asociación de voluntarios con unos compañeros también jubilados. Hiciese calor o frío, han trabajado en la restauración de locomotoras históricas y las ponen en funcionamiento los domingos para hacer las delicias de los visitantes, que se quedan embelesados. “El mundo del tren es tan especial que te atrapa”, concluye mientras no deja de mirar la locomotora.Redactor de La Vanguardia especializado en infraestructuras, movilidad y urbanismo. También escribe de ferias y congresos. Antes siguió la actualidad de l'Hospitalet y el Baix Llobregat, donde está ligado a proyectos de información local
“El mundo del tren es tan especial que te atrapa”
Creció en la colonia ferroviaria de Sant Vicenç de Calders, toda su vida laboral transcurrió en Renfe y ahora disfruta de la jubilación en el museo de Vilanova






