Los seres humanos endiosamos a aquellos líderes en quienes queremos ver lo mejor de nosotros. En este caso se trata de humildad, disciplina, constancia, responsabilidad, genialidad y espíritu de equipo. Obvio que todos tenemos algo de eso, pero como colectivo social no siempre aprobamos esas seis materias. Es más: transitamos de crisis en crisis precisamente porque no somos muy aplicados. Entonces, los logros de Messi (y Scaloni) –los concretos y los simbólicos– son también los nuestros. Porque de ilusión también se vive. Si pudiésemos, lo haríamos presidente, rey eterno, emperador, cualquier cosa que nos quite la responsabilidad de practicar nosotros mismos –colectivamente al menos– las virtudes que atribuimos al endiosado. Ahí tenemos un modelo para imitar, pero no lo imitamos: solo queremos que tenga esos atributos por nosotros. Volvimos patente una parte del artículo 22 de la Constitución Nacional: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes…”. Entonces, como creemos que él nos representa, le delegamos la tarea. Esto es lo que hizo que (casi) tod@s, en esta parte del planeta, alabemos a quién creemos que somos, no importa de qué color político seamos, lo cual muestra que la transversalidad es posible (de García Cuerva al Javo). Solo necesitamos al ser humano síntesis de nuestros anhelos más profundos. En el fondo, somos mucho menos diferentes de lo que las identidades políticas transmiten. Como canta Abel Pintos, “somos tan distintos e iguales”.
Argentina messiánica
El 10 de la Selección es, a su manera, un líder. Su figura describe y contrasta con un entorno político en el que no faltan tácticas y gambetas, para seguir con las metáforas futbolísticas. Esto sucede en un entorno en el que si la economía no drena, será difícil incentivar a la sociedad.












