La última vez que Julián González Díaz vio a su hermano fue hace tres meses, en una pizzería del sur de Bogotá, en la que conversaron sobre un tema recurrente: sobrevivir al día a día. Aquella vez, Jefferson Bonilla Díaz, ocho años menor que él y con quien arrendaba un ajustado apartamento en esa zona, le dijo que se iba para Brasil, porque allá permanecía la oportunidad única de presentarse a un trabajo en el que, prestando seguridad privada, podía ganar en solo un mes lo que le hubiese costado hasta dos años ejerciendo como el operario de las basuras de la capital. Desde entonces la vida les cambió para siempre.Conducir un camión de basura fue el último trabajo que, de hecho, Bonilla Díaz ejerció antes de irse, a principios de abril pasado, a pelear la guerra por la invasión de Rusia a Ucrania. Una embestida territorial en pleno corazón de Europa, la cual lleva cuatro años sostenidos y que ha dejado millones de muertos entre bandos ―la mayoría rusos― según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). Ello incluye a centenares de nacionales que se ponen una diana en la cabeza por unos millones o que, como en este caso, pudieron haber aterrizado bajo engaño en zona de barbarie.Jefferson Bonilla Díaz.Foto:Jhoan Sebastian Cote Lozano“Desafortunadamente no sé nada de mi hermano, pero no quiero que más familias colombianas sufran lo que estamos sufriendo muchos en este momento. Por eso hablo. Porque me pongo en los zapatos de las personas que están allá, que están es viviendo el infierno en vida, la zozobra en vida. Usted no saber si un dron lo va a despedazar durante el día, si usted está durmiendo y fue su último sueño. Si no vuelve a despertar. Eso no es una guerra, es una carnicería”, dice Julián González.Al entrevistado se le enrojecen los ojos cuando se le pide una foto de su hermano. Desbloquea su celular y se remite a la galería, donde están una serie de fotos que le han enviado amigos de Jefferson y otros familiares de colombianos reclutados para la guerra, entre abril y mayo pasado. La imagen siempre le resulta impactante, pues su única compañía genuina en Bogotá aparece con el uniforme del ejército ruso. Una sensación de soledad que le golpea especialmente, pues ambos son desplazados por la guerra nacional y tienen su núcleo familiar viviendo en Meta. González proyectaba a su hermano, si acaso, en una playa de Río de Janeiro.El presente, no obstante, es distinto y sombrío. Hace por lo menos tres meses, en el mejor de los casos, que Jefferson Bonilla Díaz hace parte de la avanzada rusa en Ucrania, andando en esos icónicos bosques boreales con la bandera de un país que no es el suyo en su pecho, un arma larga entre las manos, un casco antibalas, botas de combate y equipamiento que González solo había visto en películas. Eso, al menos, dicen las imágenes, porque desde abril no tienen comunicación.Foto:Jhoan Sebastian Cote LozanoContenidoLa última vez que supimos de él fue el 22 de abril. Mi hermano se comunica con una amiga de él, a la cual le manda unos mensajes y les dice que el re-entrenamineto se acabó. Le dice que iban saliendo para línea cero de fuego. En el mensaje mi hermano dice ―muestra el chat― ‘No paila, caímos en una emboscada. Esto es el infierno. Oren por nosotros. De aquí no salimos sino por un milagro’. No sé más de él. Pero sé que está bien, que está siendo cubierto por todos los ángeles y los arcángeles. Por mi mamita María, mi papito Dios y San José. Cómo me gustaría que se acabara el conflictoJefferson Bonilla DíazEn estos meses, el entrevistado se ha acompañado de otras familias con quienes comparten grupos en los que se dispara información del estado de los colombianos. Una tortura en vida, porque les llegan imágenes de cadáveres en descomposición. “A mí personalmente, por ser vocero del grupo, me llegan unos videos, hermano, que para verlos hay que tener agallas. Ya para reconocer esos seres humanos que hubieron ahí, ya toca es con cosas científicas”, dice. Son los explosivos con drones los que más causan angustia en personas como González, pues son infalibles y devastadores.La familia fracturadaGonzáles trabaja en uno de los centros de comercio informal en el sur de Bogotá, vendiendo aparatos tecnológicos y de vigilancia. Su familia es originaria de Ortega, un pequeño pueblo en el centro del Tolima que tuvieron que abandonar a principios de los 2.000 por una de las tantas guerras entre guerrilleros y paramilitares por el control territorial. “Hubo una época en la que matan a dos o tres personas por día. Nosotros nos fuimos porque nos pusieron un grafiti para que desalojáramos. Por esos días desmembraron un señor en la vereda, como para mostrar poder”, agrega.Foto:Jhoan Sebastian Cote Lozano.ContenidoComo la madre de ambos es llanera, siendo jóvenes los hermanos se fueron a un pueblo cercano a Villavicencio. El Jefferson Alejandro Bonilla que el entrevistado quiere que la gente conozca es el que recuerda justo allí. “Mi hermano es un apasionado de los animales, le gustan tanto los caballos. Los sabe amansar. Tengo muchos recuerdos de nosotros levantándonos a las cuatro de la mañana a tomar leche recién ordenadita con un pedacito de panela. Él desarrolló un gusto por la naturaleza muy bonito, recuerdo que criábamos gallinas, chivos, gansos”, dice.Jefferson Alejandro Bonilla.Foto:Archivo ParticularLa familia vivía muy cerca de un batallón, por lo cual a Bonilla le llamó la idea de prestar servicio militar en el Ejército, una carrera que lo llevó a integrar escuadrones en La Guajira en 2013, previo a la llegada de ambos a Bogotá. Fue justamente esa corta experiencia con armas la cual le abrió las puertas a esa supuesta oportunidad de trabajo en Brasil. Según González, lo único que le pidieron fue eso, pues todos los trámites diplomáticos fueron cubiertos por lo que denomina una “banda de reclutadores”. Al final, le prometieron Brasil, lo pasaron por Emiratos Árabes Unidos y lo plantaron en Rusia, donde habría firmado un contrato con el ejercito de Vladimir Putin.El conflicto que pelean los colombianos reclutadosComo lo ha mapeado EL TIEMPO, con jugosas ofertas económicas, los reclutadores que operan dentro de Colombia buscan que exmilitares, policías y guardias de seguridad se sumen a este conflicto ajeno. La mayoría emprende el viaje motivada por la promesa de altos ingresos. Incluso, muchos no cuentan con pasaporte, por lo que los propios reclutadores asumen los costos del trámite y la alimentación. Los colombianos llegan a los controles migratorios, incluso, con cartas de invitación expedidas por autoridades de Ucrania o Rusia, y una vez llegan al destino terminan incomunicados de sus familias.La invasión rusa a Ucrania cumple un año.Foto:AFPDe acuerdo con datos oficiales de la Cancillería conocidos por este diario, con corte a mayo de este año, la guerra ha dejado al menos 670 colombianos desaparecidos y 173 fallecidos. Sin embargo, la entidad reconoce que la cifra real podría ser mayor, ya que muchos connacionales viajan a zonas de conflicto sin informar a las autoridades. La búsqueda de estabilidad económica ha llevado a cientos de militares retirados y miembros de la fuerza pública a cruzar fronteras para integrarse a un conflicto extranjero. La Cancillería ha identificado mecanismos de reclutamiento diferenciados según el bando.En el caso de Rusia, el esquema identificado consiste en que los connacionales son contactados inicialmente por individuos o empresas que los reclutan, y posteriormente son enviados a territorio ruso donde suscriben contratos directamente con el Ministerio de Defensa de la Federación de RusiaCancilleríaUn informe de la Federación Internacional por los Derechos Humanos (FIDH), publicado en abril de este año, ubica a Colombia, junto con Cuba, entre los principales países de origen de combatientes extranjeros en ambos bandos del conflicto. El documento señala que en Bogotá operan redes dedicadas al reclutamiento de exmilitares para el Ejército ruso. Según la investigación, algunos de los reclutados firman contratos directamente con la Federación de Rusia que incluyen cláusulas de lealtad y de prestación del servicio conforme a los reglamentos internos de sus Fuerzas Armadas, como sería el caso en cuestión.Escuela destruida como resultado de la guerra en la ciudad ucraniana de Kharkiv, a 50 km de la frontera entre Ucrania y Rusia.Foto:AFPEntre los mecanismos de captación más utilizados están el voz a voz y las redes sociales. Los reclutadores publican ofertas en grupos de empleo e incluso las presentan como vacantes para trabajos de construcción o limpieza. Una vez establecen contacto con los interesados, les ofrecen salarios mensuales de entre 2.200 y 2.500 euros, además de un pago inicial cercano a los 17.000 euros. El informe también estima que entre 2.000 y 3.000 colombianos se han incorporado al bando ucraniano como soldados bajo contrato. Es probable que haya colombianos matándose entre sí, defendiendo banderas opuestas.El llamado a la FiscalíaGonzález hace parte del grupo de colombianos que, el pasado miércoles 8 de julio, hicieron un plantón en la calle 26 con avenida 68 de Bogotá, buscando cerrar esta artería hacia el aeropuerto. Pasaron a las vías de hecho, porque, como lo intentaron mostrar en público, también se sienten bloqueados. “Hemos estado en la Embajada de Rusia en Colombia, hemos estado en la Cancillería. Hemos estado en la Fiscalía. Ya no sabemos qué hacer. Todas las instituciones se tiran la pelota entre ellas. Estamos exigiendo respuestas sobre el paradero de nuestros familiares. Y que se investigue y condene a los reclutadores. Eso es trata de personas. Y más cuando se los llevan engañados”, agrega.El pasado 8 de julio, la Embajada de Rusia en Colombia explicó que “no tiene ninguna relación con las organizaciones o métodos de eventual involucramiento de los ciudadanos colombianos a los combates de guerra bajo los pretextos falsos. Recomendamos a todos los colombianos evitar cualquier contacto con las entidades o personas inescrupulosas que supuestamente realicen la actividad ilegal mencionada”. Incluso, la embajada señaló que espera que “los ciudadanos de este país amigo (Colombia) se abstengan de involucramiento en conflictos ajenos en el exterior”.Foto:Laura Gabriela A. Paternina / EL TIEMPOContenidoEntre tanto, González padece su propia guerra por sobrevivir al día, pensando desde el primer minuto en que su hermano, ese joven campesino con el que creció, está en uno de los lugares más peligrosos que un ser humano puede pisar en el contexto actual. Con la angustia de no saber la manera en que Jefferson pueda volver con vida y, aparte, tener pocas manos para solucionar ello. De hecho, cree que la única manera de volverlo a ver es que lo hieran de muerte y que lo saquen de combate, como les ha pasado a otros colombianos. Y del otro lado del mundo, este colombiano reclutado, se espera, sigue participando de una invasión armada, arriesgando a fondo la vida en búsqueda de un pago que le permita sostener a futuro, aquí en Colombia, su vida.Jhoan Sebastian Cote Lozano - Natalia Peláez Sabogal