Ya hay profesionales de vacaciones. Activan la respuesta automática del correo: “Estaré ausente desde el día tal hasta el día cual…”. Entregan el último informe. Cierran el portátil.Uno se tumba frente al mar o bajo la sombra de un árbol y descubre que quien no ha empezado las vacaciones es su cabeza. La mente continúa trabajando. Repasa conversaciones. Reconstruye reuniones. Anticipa decisiones. Imagina problemas que todavía no existen. Busca soluciones para asuntos que ya no pueden resolverse hasta el regreso. El cuerpo ha cambiado de lugar. La mente sigue en la oficina. A los profesionales liberales, esto les ocurre con especial intensidad. Un abogado, un médico, un arquitecto o un consultor viven de su capacidad para pensar. Durante once meses entrenan su cerebro para detectar riesgos, responder deprisa, enlazar ideas y resolver situaciones complejas. La mente adquiere velocidad. Y toda velocidad genera inercia.DesconexiónEl descanso no consiste en dejar la mente en blanco. Consiste en devolverle un ritmo humano a unos asuntos no profesionalesY la inercia, como en la física, nos dice que un objeto en movimiento no se detiene de forma instantánea. El pensamiento tampoco. Después de cientos de jornadas tomando decisiones, nadie debería sorprenderse de que el primer día de vacaciones la cabeza siga girando a la misma velocidad que el último día de trabajo. Pretender lo contrario equivale a pedirle al corazón que deje de latir durante unas horas porque ha empezado el verano.Muchas personas interpretan esa incapacidad de desconexión mental como un fracaso. Creen que no saben descansar. No hay que flagelarse. Simplemente estamos atravesando el tiempo que la mente necesita para desacelerar. Igual que el cuerpo requiere unos minutos para recuperar el pulso después de correr, el pensamiento necesita varios días para abandonar el ritmo con el que ha vivido durante meses. Existe, además, una paradoja. Cuanto más intenta uno obligarse a dejar la mente en blanco, más pensamientos aparecen. La atención se dirige precisamente hacia aquello que desea evitar. Por eso el descanso no suele llegar como consecuencia de una orden, sino de un cambio gradual de ritmo. La mente acepta mejor las transiciones que las imposiciones.¿Qué hay que hacer? Nada. Lo último es decirnos a nosotros mismos que no pensemos en el trabajo. Es peor. La mente no entiende el no. Se trata de poner la atención en otras cosas. En las conversaciones de verano, en una novela, en la historia del lugar que visitamos o en el bricolaje y jardín de la casa de veraneo. El descanso no consiste en dejar la mente en blanco. Consiste en devolverle un ritmo humano a unos asuntos no profesionales. Durante el año le pedimos velocidad. Y le exigimos resultados. El descanso estival es el tiempo necesario para que esa velocidad se disuelva y para poner el foco en otros temas. Lentitud y novedad. Esos son los dos secretos para parar la mente en verano. En tres o cuatro días se consigue. Suerte.