Decía George Orwell que, por mucho que se niegue la verdad, la verdad sigue existiendo. El papel preponderante de la ideología dogmática en esta nuestra sociedad actual creo que debe ser motivo de preocupación. En los extremos, cada vez más abundantes y convergentes, el conocimiento especializado no existe. ¿Podríamos haber imaginado no hace tanto tiempo que, en los supuestos países más avanzados del mundo, se iban a nombrar secretarios de gobierno que son anticientíficos? Lo científico molesta porque confronta la verdad inventada, la ideológica, la de “es así porque yo lo digo”. ¿Cómo hubiera reaccionado el señor Orwell, o incluso el lector de este artículo, si hace 20 años le hubieran dicho que la mayor parte de las leyes se iban a aprobar sin informes técnicos o que la condición medicinal de una sustancia iba a ser una cuestión resuelta por políticos en una votación, como ha sucedido con el cannabis en Estados Unidos? Lo que yo pienso y quiero no necesita ser contrastado, ni discutido con los expertos; es así porque a mí me gusta que así sea. Buen momento para que el libro Los tónicos de la voluntad de Ramón y Cajal, un elogio del esfuerzo, el pensamiento crítico y el rigor científico como motores del progreso, sea lectura obligatoria en los institutos de enseñanza secundaria.Veamos algunas diferencias entre políticos y científicos; entre los que rigen el mundo y los que investigan para hacerlo mejor. La formación y competitividad de muchos políticos actuales comienza con adolescentes que sacrifican su formación por medrar en el partido político de turno. Su ascenso depende de la pleitesía y obediencia de partido, no de méritos objetivos evaluados por terceros sin conflictos de interés. Es la vida del blanco y negro, los míos son buenos hagan lo que hagan y los otros, todo lo contrario. No hay crítica, no hay reflexión, no hay búsqueda externa honesta de lo que realmente puede ser. Se juegan mucho porque, si pierden los suyos, tienen difícil acomodo, defenderán a ultranza incluso lo que saben falso, o llegarán a creérselo. Es la anticiencia.De Unamuno, tildado de africanista por Ortega y Gasset por su supuesta desviación anticientífica, se conoce sobre todo su manida y probablemente malinterpretada frase “que inventen ellos”. Sin embargo, fue el propio Unamuno el que afirmó de forma unívoca: “La ciencia nos enseña, en efecto, a someter nuestra razón a la verdad y a conocer y juzgar las cosas tal como son, es decir, como ellas mismas eligen ser y no como quisiéramos que fueran”. Difícilmente puede decirse con mayor claridad.Frente a la deriva actual de polarización, verdades absolutas interesadas y ausencia de la humildad de la duda, se mantiene, tristemente en retirada, una perspectiva cada vez más minoritaria, que es contraria y opuesta. La que aplica el método científico y acepta la verdad, guste o no guste, la que lucha contra la desinformación, los bulos y las mentiras. Contra todas ellas, no solo las que interesan con fines oportunistas. La que cambia de opinión, por muy fuerte que fuera la convicción que la sostenía, cuando la verdad se empecina en decir que es otra. La que lo hace de verdad, no de boquilla. La que tiene la humildad de cuestionarse en todo momento que lo verdadero no tiene por qué ser lo que uno cree como tal, si la evidencia demuestra lo contrario.Frente a la interesada subjetividad, como caldo de cultivo de la posverdad, resiste a duras penas la objetividad tenaz y reflexiva. La ciencia se rige por parámetros contrastables, que permiten, por ejemplo, valorar quién es un buen científico y quién no en base a datos objetivos de productividad que, con mayores o menores limitaciones, nada tienen que ver con la falta de competitividad en muchas áreas de la sociedad. En la ciencia prima la autoritas frente a la potestas. No hay pelotazos.Seguimos contando con españoles que dirigen su tiempo, energía y pasión profesional hacia el beneficio de todos. Muchos son los científicos, aún más en el área de la biomedicina, que podrían ganar en una tarde en la privada el salario entero que perciben en un mes. Naturalmente, no son solo los científicos los que de manera altruista se dedican al beneficio general. Se me ocurren, entre otros muchos, los voluntarios, los miembros de ONG, misioneros o activistas sociales. Una pléyade de personas que anteponen los intereses de otros a los suyos. Existen, sí. Frente a los que se lo llevan crudo. Sin esfuerzo previo conocido más que el medrar dentro de un partido. El sacrificio frente al atajo. La meritocracia frente al oportunismo. Por suerte, seguimos contando con muy buenos científicos españoles, muchos de ellos trabajando en el extranjero. Al menos, de momento, nos sigue quedando la ciencia.
Menos mal que nos queda la ciencia, de momento
Frente a la deriva de polarización y verdades absolutas interesadas, se mantiene una perspectiva cada vez más minoritaria: la que aplica el método científico y acepta la verdad, guste o no











