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Cualquier amante del vino ha soñado alguna vez en su vida con tener una bodega subterránea, o con una habitación oculta a la que se accede tirando de un libro determinado y llena de estantes repletos de botellas, e incluso con pasadizos secretos que albergan ... cientos de miles de tesoros vinícolas. Forma parte del imaginario colectivo que se ha formado durante décadas. Lo hemos visto en películas, series y leído en novelas; tener una bodega, acumular etiquetas pensando en su futuro disfrute o revalorización era aspiracional. Sin embargo, las nuevas generaciones no tienen ese sueño. Y es comprensible si tenemos en cuenta el contexto actual, con viviendas de precios desorbitados y escasos metros, carreras cambiantes y un mundo en constante cambio.

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