Madrid ha vibrado esta noche al ritmo de Jennie. La surcoreana se subió al escenario del Mad Cool con diez bailarines, una coreografía milimétrica y esa disciplina coreana que no falla, arrancando ovaciones incluso cuando soltó un "¡estoy muy feliz de estar aquí esta noche!" en un castellano que puso al público a chillar. Con las entradas de la segunda jornada del festival agotadas por primera vez en esta edición, su actuación se ha convertido en uno de los momentos más comentados del día.Y es que esta décima edición se está convirtiendo en la más ambiciosa de su historia si hablamos de moda. Zara Larsson, siempre entre las artistas más seguidas en cuestión de estilo con su estética frutiger aqua, convirtió su concierto en una declaración de intenciones, con seis bailarinas y una banda íntegramente femenina que dejó Symphony y Midnight sun grabadas en la memoria colectiva. Florence + The Machine, todo un icono estético con su estilo etéreo, bohemio y teatral que lleva años inspirando editoriales de moda, aportó esa épica y ese magnetismo casi litúrgico que solo ella sabe desplegar, presentando su último disco ante un público entregado.Y luego está Jennie, que no solo arrasa cuando canta: cada aparición suya se disecciona al detalle, se comenta y se convierte en referencia. Su estilo vive entre el street wear y el atrevimiento más calculado, con la seguridad de quien sabe que, se ponga lo que se ponga, todas las miradas van a seguirla.El look de Jennie que dejó a todos sin alientoY esto mismo fue lo que pasó anoche durante su actuación en el escenario principal del Mad Cool. La artista dejó a todo el mundo impresionado con su música, sus bailes y su energía, pero también hipnotizó a todos con su vestuario.El dorado, en Jennie, nunca es casualidad. Lo llevó ceñido a la cadera, en un micro pantalón metalizado que parecía fundido con la luz del escenario, sujeto por un cinturón de hebilla desmedida en negro lacado y ribetes dorados que evocaba más una armadura de western futurista que un simple accesorio. Encima, apenas un top de tirantes en rosa empolvado, bordado en pedrería fina, que dejaba el abdomen al desnudo y convertía cada giro de cadera en un destello.El top estaba pecedido una cola de gasa estampada en malva, coral y oro viejo, que ondeaba con el movimiento y se abría como una flor sobre las piernas. Un contrapunto romántico frente a la contundencia metálica del short. Botas altas de cuero oscuro, sin adornos, anclaban el look a la tierra.Y ahí reside su atrevimiento: pocas prendas exigen tanta actitud como un micro pantalón dorado. Es una pieza que no se esconde, que reclama todo el protagonismo en cualquier estilismo, mezclándose también con la tendencia no pants, que aunque nos está dejando, todavía sigue entre nosotros.