Pensar en las gasolineras como un fin y no como un medio podría ser una analogía de la vida, pero para Txema Salvans (Barcelona, 55 años), que lleva años parando en ellas y fotografiando sus ecosistemas, las estaciones de servicio no tienen tanta poética ni belleza. “Me dan bajón”, dice. Igualmente, intentémoslo.Las gasolineras forman parte de esa vida que está fuera de lo que llamamos “vida”, pero que está fuertemente arraigada a nuestra cotidianidad. “Como las escaleras mecánicas o los ascensores”, dice Salvans en una nota de audio, “nos roban tiempo, pero también nos lo ahorran”. Facilitan las rutinas y, a su vez, nos obligan a entregarnos a su extraña lógica de la espera.El antropólogo francés Marc Augé definió estos espacios como “no-lugares”, escenarios fabricados donde nadie vive, donde no se fraguan identidades, ni cultura ni sentimientos de pertenencia, donde los humanos somos anónimos y hacemos uso de ellos para transitar de un territorio a otro. Sin embargo, Salvans retrata estos espacios como un centro narrativo, una aproximación cercana a la que plantea la escritora Brigitte Vasallo en La fosa abierta: anarchivo emocional de un milagro económico (Anagrama): “Que los aeropuertos son lugares para quien trabaja en ellos y para quien emigra, que claro que hay vínculos, que si viesen a la gente llorando o nos viesen a nosotras en las luchas sindicales —que yo no puedo porque estoy subcontratada pero que eso ya es otra historia—, que Marc Augé no lo sabe porque él es el cliente”.Como en aquellos anuncios de publicidad de Camilo José Cela, afirmemos la identidad de las gasolineras. Convirtámoslas, de pronto, en un sí-lugar.Audio (1 min 8 s). Jimena: Txema, me he dado cuenta de que nunca he ido a una gasolinera como destino, solo como parada técnica. Creo que no sé visitar una gasolinera como si fuera un monumento turístico. ¿Qué debería buscar?Audio (6 min 7 s). Txema: Buenos días, Jimena. Yo diferenciaría básicamente entre dos grupos: uno serían esas gasolineras tipo Campsa, Repsol, Moeve, que están en los alrededores de las autopistas y las carreteras, que tienen a los trabajadores muy uniformados y una arquitectura tan rígida que deja muy poco margen a encontrar cosas, así que son las gasolineras que menos me interesan. Y luego están las gasolineras que son más de pueblo, donde el dueño puede determinar un poco la estética y lo que vende. Son un reflejo del territorio y es aquí donde lo que sucede comienza a ampliarse.Las gasolineras se ramifican y crecen, y de sus surtidores brotan una hamburguesería, un parque infantil, un puesto ambulante de naranjas, unas lavadoras de carga superior, zonas habilitadas para perros, duchas, spas. Las estaciones se transforman en centros de reunión donde la gente se conoce, donde se para a repostar, pero también a comprar dulces locales, donde los desconocidos de un BlaBlaCar toman café, donde los camioneros coinciden con otros camioneros, donde los del pueblo van a por hielo, pan y cigarrillos. “Son lugares donde tomar el pulso al mundo en el que vivimos”, dice el fotógrafo en una de sus notas de audio.Txema Salvans lleva 10 años desarrollando este proyecto continuo y sin fin, ha parado en cientos de gasolineras, no conduce a más de 90 km/h y se ha gastado mucho mucho dinero en gasolina. “Estoy tan anonadado por la maldad del mundo y por todo el sufrimiento que la única manera que tengo para poder convivir con esta información es procesándola de una manera fotográfica y fijarme en esta cotidianidad muy desnatada, muy desnaturalizada, muy corrompida”.Para Salvans, las infraestructuras asociadas al automóvil condensan una de las grandes contradicciones de la sociedad contemporánea: el coche es un símbolo de libertad y autonomía, pero para posibilitar esta infinitud de movimientos han hecho falta kilómetros de carreteras y toneladas de asfalto y cemento. Sus imágenes no buscan denunciar ni explicar este fenómeno, sino constatarlo. “Una gasolinera no es bella, pero en cambio en la fotografía sí que hay una belleza, porque lo que hace la fotografía es ordenarla y nuestro cerebro, al ver esa imagen ordenada, la sitúa en un espacio bello y cómodo porque la puede entender”, explica.Las protagonistas de 2026. Mientras Salvans fotografía a un hombre con su caballo, el precio que aparece en los monolitos de las estaciones sigue dependiendo de conflictos que ocurren a miles de kilómetros. La incertidumbre energética a raíz de la crisis en torno al estrecho de Ormuz —uno de los principales corredores energéticos del planeta, por donde transita alrededor de una cuarta parte del comercio mundial de petróleo por vía marítima— ha puesto de manifiesto hasta qué punto nos importa más el precio del combustible que las guerras y los muertos que pueda haber detrás de ello. Los bloqueos parciales, los peajes impuestos por Irán y los retrasos han reducido la cantidad de petróleo y gas que llega al mercado mundial provocando así la mayor interrupción del suministro energético global desde la crisis del petróleo de los años setenta.Sus efectos retumban en el bolsillo de millones de personas, en los kilómetros que algunos están dispuestos a recorrer para encontrar combustible más barato y en las dificultades de suministro que se extienden por distintos países. En Francia, una de cada cinco gasolineras ha sufrido escasez de algún tipo de carburante y miles de conductores están cruzando la frontera para repostar en España debido a la diferencia de precios.A principios de marzo, la gasolina llegó a una media de 1,709 euros por litro y el diésel a 1,837 euros por litro, según el Boletín Petrolero de la Unión Europea. Después los precios se han relajado respecto a los máximos de la crisis, aunque siguen condicionados por la situación geopolítica.Esta dependencia del petróleo convive, sin embargo, con una profunda transformación del sector. En España hay actualmente unas 12.685 estaciones de servicio que a su vez se han visto obligadas a reinventarse debido a la electrificación del parque automovilístico. El país supera los 50.000 puntos públicos de recarga para vehículos eléctricos, y las antiguas paradas de poner gasolina, ir al baño, comprar agua y salir se han alargado y, con ellas, la oportunidad de negocio.“En una de las fotos, por ejemplo, hay una gasolinera con tres máquinas para lavar la ropa. O sea que te puedes encontrar elementos que, a priori, no son necesarios para ti, pero seguro que si están ahí es porque se ha detectado una necesidad para cubrir”, señala Salvans. Porque las gasolineras, en realidad, nunca han sido únicamente establecimientos para repostar. La primera estación de servicio inaugurada en 1924 en Barcelona ya imitaba el modelo estadounidense, donde, además de poner gasolina, había una pequeña tienda de accesorios para el coche y un taller de reparaciones.Según el Estudio de evolución y tendencias del sector de estaciones de servicio, elaborado por la consultora PwC para Fundae en 2025, el ramo está ampliando su oferta incorporando productos de alimentación, ocio y también servicios logísticos, como puntos de recogida y entrega de paquetes. Las principales petroleras tienen acuerdos con empresas de otros sectores como El Corte Inglés, BlaBlaCar, Amazon o Correos. Y en una ensoñación distópica, es posible que Amancio Ortega acabe abriendo un Zara en medio de la A-6 o que podamos asistir a un club de lectura mientras esperamos a que el coche termine de cargarse.La mecánica de la espera. Audio (1 min 1 s). Jimena: Txema, sigo parando en cada gasolinera que me encuentro y quería preguntarte, ¿cuánto tiempo sueles parar en cada una? No sé cuánto tiempo debería esperar a que pasen cosas.Audio (2 min 38 s). Txema: Claro, aquí hay dos alternativas: una es estar mucho tiempo en una gasolinera y la otra es visitar todas las gasolineras. Yo soy como un ninja [ríe], lo que hago es circular todo el día e ir parando en todas las gasolineras que me cruzo. Entro, le doy la vuelta con el coche y, si veo algo que pueda llegar a pasar, ahí es cuando paro a cierta distancia…Txema vuelve una y otra vez a los mismos lugares. Algunas gasolineras de la AP-7 las ha fotografiado en numerosas ocasiones, convencido de que siempre podrá brotar una imagen mejor que la anterior. Su trabajo consiste en acumular imágenes y procesar una cantidad ingente de gasolineras hasta que aparece la fotografía que busca: una venta ambulante de naranjas, un hombre tomando el sol.Audio (1 min 8 s) Jimena: Tú que has trabajado tanto el concepto de la espera en tu serie de fotolibros The waiting game, ¿en qué crees que se diferencia la espera de la gasolinera a otros tipos de espera?Audio (5 min 13 s) Txema: La espera de la gasolinera es una espera para proveer, no es una espera donde tú te pierdes contigo mismo. Son esperas muy funcionales u obligatorias, como las que tienen que hacer los camioneros. Y luego, la espera de poner gasolina la podemos dividir en otras esperas: la espera de esperar a que el de delante acabe de poner gasolina y saque su coche y lo pongas tú; la de que te activen la manguera mientras esperas a que te vea el tipo que está dentro; la de ir a pagar a la caja y esperar la cola; la de darle tus datos y esperar a que te haga la factura… O sea que, en realidad, estas esperas se podrían dividir en otras pequeñas esperas y, a lo mejor, estas pequeñas esperas, en otras pequeñas esperas. No sé si llegaríamos al átomo, a la unidad fundamental de la espera.Es difícil seguir llamando no-lugar a un espacio donde confluyen el petróleo y la geopolítica mundial, la ansiedad de llegar a tiempo y necesidades tan elementales como comer, dormir o hacer pis. Donde algunos ven un espacio de paso, otros trabajan, esperan, desayunan, discuten, cargan el coche, sacan a pasear al perro o compran litros y litros de aceite. No está mal para un lugar que no existe.
Cómo las gasolineras se han convertido en los lugares que mejor explican el mundo
El fotógrafo Txema Salvans lleva años recorriendo España y retratando estos espacios de espera, consumo y soledad y todas las cosas que en ellos suceden







