IMAGEN ES PERCEPCIÓNEl tráfico de la Ciudad de Guatemala no es la enfermedad. Es el síntoma más evidente de una ciudad que dejó de planificar su crecimiento.

Hay una cifra que retrata mejor que ninguna otra, la vida en el área metropolitana de Guatemala. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, cada persona pierde alrededor de mil 300 horas al año en el tráfico. Son 54 días. Casi dos meses de vida, cada año, sentados frente a un volante o apretados en un bus.

Los números explican cómo llegamos aquí. El parque vehicular superó ya los 6.7 millones de unidades registradas, el doble que hace una década, y más de la mitad son motocicletas. En la capital circulan a diario más de 1.2 millones de vehículos, según la comuna, y unos 700 mil entran y salen cada día desde los municipios vecinos. Ninguna red vial resiste ese crecimiento cuando la infraestructura y el transporte público están detenidos en el tiempo.

Pero el tráfico no es la enfermedad; es el síntoma de una ciudad construida al revés. El área metropolitana suma ya alrededor de tres millones y medio de habitantes repartidos en una docena de municipios que funcionan como una sola ciudad, aunque se administran como si fueran 12. La capital concentra los empleos, mientras la vivienda fue expulsada hacia la periferia. Municipios enteros se convirtieron en dormitorios de personas que trabajan en otro lado. Recorrer los 21 kilómetros que separan Villa Nueva del centro puede tomar dos horas y media. Sumemos a los estudiantes la carga pesada que atraviesa la ciudad, porque no existe un anillo que la rodee, y el resultado es el colapso que todos conocemos.