Hay pueblos que pueden escucharse y uno de ellos es Biscarrués. Y no por el gran espíritu luchador y social que tiene esta localidad de la Hoya de Huesca, sino porque cada cuarto de hora una campana rompe el silencio confirmando que el tiempo sigue su curso. Durante más de cincuenta años, cuando un reloj o una campana dejaba de dar la hora, la persona a la que recurrían era Tomás Borau, el relojero de Biscarrués.
Ahora, cuando los problemas de vista merman su capacidad de trabajo, es su propio pueblo quien le ha dedicado el Museo del Tiempo. Se trata de un espacio dedicado a descubrir cómo las personas han intentado medir el paso del tiempo a lo largo de la historia y, sobre todo, un homenaje a la vida de quien ha rescatado cientos de relojes monumentales.
A sus 90 años, Borau pasea entre las piezas expuestas en la antigua torre que hacia de transformador eléctrico, como quien mira un álbum familiar recordando buenos momentos. “Todos los relojes que hay son de mi colección. Podría haber alguno más, pero están hechos una chatarra”, explica el relojero alzando la mirada hacia los relojes de pared y destaca uno que pertenecía a la escuela, fabricado en 1925. El objetivo de este espacio no es enseñar cómo funciona un péndulo, sino en recordar que hubo personas capaces de aprender un oficio que hoy se ha perdido.








