Valle-Inclán ha renacido en escena con el estreno de Farsa y licencia de la Reina Castiza. Un Valle más Valle que nunca y nuevo a la vez. La culpable es Ana Zamora y su compañía Nao d’amores. El texto, nada menos que una de las obras donde el teatro del gallego comienza a mutar hacia el esperpento. Una época de su teatro oscura, por poco y mal representada, que Zamora consigue iluminar.
La obra transcurre a lo largo de un día en que la Isabelona, como buena borbona, sale de juerga a un baile de candil, que era cómo los jóvenes de la época se divertían por la noche. Sería, salvando las distancias, como hoy irse de rave. Era la manera que tenía la reina de poder pescar amantes tersos y de buen ver. La correrías de Isabel II fueron bien conocidas en esta reina que se movía entre el desenfreno y su confesor, el Padre Claret y Sor Patrocinio, aquella monja de las llagas que tan bien inmortalizó Valle.
Valle utiliza esta velada para mostrar la decadencia moral y política de la corte en todos sus estamentos. Convierte la corte en un gran guiñol, tan vivo como abyecto. Cada personaje, desde los criados hasta el rey consorte, está retratado en mueca, son fantoches con alma de títere. Esa visión satírica permite al autor el retrato de una época sin concesiones, un retrato lleno de libertad crítica donde no queda títere con cabeza.









