Noticia Basado en hechos observados y verificados directamente por nuestros periodistas o por fuentes informadas. 17 jun 2026 - 07:12La primera obra de Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867 - Menton, 1928) que cayó en sus manos fue precisamente La barraca, cuando había que sortear la censura franquista gracias a libreros que conseguían algunos títulos prohibidos. Magüi Mira (Valencia, 1944) conoce el mundo del campo donde transcurre la famosa novela, pero también los escombros de la posguerra, y ha plasmado sobre las tablas del Teatro Fernán Gómez el desarraigo y la violencia que describe el literato valenciano. Su versión teatral se aleja de tópicos y costumbrismo, insuflando poesía a un drama que resuena en la actualidad. Nos relata en esta deliciosa conversación sus recuerdos de infancia, la pesadilla de la riada de 1957, una vida licenciosa en Barcelona y el modo en que aterrizó en los escenarios que tanto ama.¿Tenía un interés especial por hincarle el diente a Blasco Ibáñez?Como todo en mi vida, son cosas que te las encuentras en el momento apropiado. Fíjate cómo fluye todo: hicimos La Barraca en el Teatro Olympia de Valencia, que antiguamente era el convento de San Gregorio. Aquello fue una cárcel para presos políticos y allí estuvo preso Blasco Ibáñez. Imagínate lo que fue para todos saber que estábamos diciendo las palabras que él escribió, encima de la celda donde él estuvo. Fue un momento muy emocionante. Lo expliqué a un grupo de gente y la temperatura de la emoción subió. Las vueltas que da la vida.Más que un intelectual fue un hombre de acción, ¿no es así?Diputado por Valencia en el Congreso. Con toda su sabiduría, que era enorme, y una energía brutal, fue un hombre muy comprometido con los problemas de la gente que trabajaba en el campo. Cuando llegó su ataúd a la Estación del Norte, en el año 33 -murió en el exilio-, los valencianos lo llevaron en hombros. Sentían fervor por él, pero luego, de repente, profanaron su tumba. Yo soy niña de posguerra. He nacido y estudiado en Valencia, y sus libros los teníamos que comprar a escondidas.Claro, porque Blasco Ibáñez estuvo censurado en la época franquista. Maite, que tenía una librería, nos iba avisando cuando recibía libros. Así cayó en mis manos precisamente La barraca. Además, soy niña de campo. Era la mayor de seis y pasaba muchas temporadas en la masía de mi abuela. Me he criado entre cabras y medieros, con el pan que hacía la tía Pepa Rosa, una vez a la semana. Teníamos que cerrar todas las ventanas, porque decían: ‘¡que arriba el llop!' (¡que viene el lobo!), pero yo soy fan de los lobos. Siempre me daba mucha pena el lobo cuando era pequeñita. Tendrá hambre, pensaba yo, y le tiraba cuatro cosas para él.'La barraca' nos habla del desarraigo y la falta de identidad, de alguien que llega a un lugar y no lo quieren porque es de fuera¿Qué problemas sociales refleja La barraca en el mundo rural de finales del XIX?Lo más importante es el desarraigo, la falta de identidad. Lo estamos viviendo ahora en tantos conflictos bélicos que desplazan a la gente y la sacan de su tierra, no solo de su casa. De la misma manera que un árbol tiene sus raíces que le sujetan y le dan una identidad, cada comunidad, por hablar de este país nuestro, quiere conservar su lengua, su tradición, porque eso alimenta la raíz, alimenta el ego. Un ego tan necesario para levantarte de la cama; te da la fuerza de existir, de saber que eres tú. La barraca habla de alguien que llega a un lugar y no lo quieren porque no es de ese lugar. Al final acaban luchando de una manera salvaje dos seres humanos, con su gente y su familia cada uno, pero ambos son hortelanos. Son iguales. No hay un poder político por encima. Se habla todo el tiempo de que la palabra no tiene valor. La falta que hace la instrucción, el conocimiento. Tener conocimiento para que la palabra tenga valor y las cosas no se resuelvan matando.La barraca es una novela con poco diálogo. ¿Cómo se ha trasladado a escena?No hay mucho diálogo y es muy físico. Hemos puesto en valor las situaciones. La idea de llevarla al teatro es de Marta Torres, porque no se había hecho nunca. Ella respetó el lenguaje de Blasco Ibáñez y yo me he alejado del costumbrismo. He hecho un vuelo conceptual y poético para contar esa salvajada. Si te das cuenta, hoy sigue siendo la misma, pero hemos cambiado la forma de matar. La palabra no existe, las ciencias políticas, ¿dónde están? Presas, encerradas, encapsuladas en las universidades, ¿las palabras sirven para algo? Mira lo que es el Congreso o lo que está pasando en Estados Unidos.¿Cómo se han plasmado algunas escenas violentas de la novela?Hay una escena muy violenta con una hoz, pero la hemos resuelto simbólicamente con esa tierra roja que es la sangre. También aparece la escopeta, que yo la tengo clavada porque mi padre tenía escopeta. Todo el mundo cazaba perdices y conejos para comer. Nací cinco años después de que se acabara la Guerra civil y recuerdo pasear entre escombros por Valencia. Te das cuenta que seguimos igual. Hemos cambiado la escopeta de doble cañón por armas completamente sofisticadas, pero seguimos igual. ¿Cómo solucionamos los grandes conflictos? Matando.En aquella época los hortelanos que trabajaban las tierras, sin ser dueños, tenían que pagar su arriendo aunque no produjeran nada. Es la situación que Blasco Ibáñez traslada a La Barraca.Claro. Esto me impactó mucho porque yo viví la riada del 57. El agua tiene memoria y dialoga muy bien con la tierra, pero cuando no la dejas circular por donde debe, el agua va a su lugar y se comporta de una manera salvaje, porque tiene un poder brutal. Esto ha pasado en la riada que acabamos de tener.En la riada de Valencia en 1957 estuvimos completamente aislados y mi padre volvía de achicar agua, lleno de barro y desencajado¿Tiene recuerdos claros de aquella riada del año 1957?Ten en cuenta que no había móviles. Estábamos completamente aislados y no sabíamos ni cuántos habían muerto. Sabías cuándo llegaba tu padre al oír el ruido de la puerta, con unos ojos de hambre brutales. La angustia de mi madre hasta que oía el ruido de la llave, y mi padre que venía lleno de barro, desencajado porque llevaba sin beber no sé cuántas horas. Sólo sabíamos que había que achicar el agua. Luego vino el tifus y no te quiero ni contar lo que fue aquello, porque no había hospital ni había nada. Recuerdo recoger a mis primos que vivían en Castellón, pero estaban estudiando en Valencia, y dormíamos cuatro en una cama, todos con cuarenta de fiebre, pero íbamos sacando la cabeza. Esa desolación me marcó muchísimo.El agua también condiciona mucho la acción de La barraca, por la limitación de riego que imponía el Tribunal de las Aguas, que todavía sigue existiendo en Valencia. Tenían unas reglas maravillosas, pero luego, lo de siempre, la corrupción. Aquí hablamos de corrupción a través de ese tribunal que estaba amañado. Yo he vivido rodeada de acequias con puertas de madera que, a la hora que te tocaba, abrías la compuerta y te regaba la huerta. Luego tenías que cerrarla, pero nadie venía a vigilarte. Todo el mundo sabía el tiempo que llevaba sin regar la tierra, solo con verla o pisarla.Esta función tiene la potencia de unos actores magníficos y, además, unas transiciones coreografiadas. Nunca sabes si te va a salir bien o mal, pero tengo un gran equipo técnico y artístico, empezando por Juan, el regidor, que tiene un rol no siempre valorado pero importantísimo; Curt (Allen) y Leticia (Gañán), con esta maravilla de espacio; las luces que ha puesto (José Manuel) Guerra. Lo que he propuesto a los actores ellos lo han hecho sin polemizar, pero mucho mejor que como yo lo podía imaginar. No sabes lo que han aportado.He cambiado el final de 'La barraca' por herencia de los griegos, cuyos héroes nunca se rendíanTodo tiene una especie de vuelo poético.Ese coro que hemos llamado Hambre, o el que titulamos Sangre y empieza a caer el saco de caucho que es la sangre. Eso es poética pura y es lo que me fascina del arte escénico. Creamos un nuevo presente entre los espectadores, donde cada segundo desplaza al siguiente. Todo es efímero, pero tan enraizado con lo que nos está pasando ahora que todo el mundo lo entiende. Eso sí, tengo que pedir perdón a Blasco Ibáñez porque he cambiado el final: en la novela ellos se van y aquí se quedan. Por herencia griega, porque los griegos trabajaban sobre héroes que nunca se rinden. Siguen y siguen, buscando lo que creen necesario.Siempre esa mirada a los griegos nos trae la realidad que todavía persiste. Tal cual. Quería sacarlo del costumbrismo, de lo local y hacerlo universal. ¿Cómo? Me fui a la tragedia griega. Esos coros son absolutamente griegos, que además se trasladaban haciendo extrañas posiciones o imitando animales: moscas, perros… Vivimos todavía de los griegos. Platón, que valoró el diálogo y lo elevó al máximo, es la base de la democracia, porque el monólogo es la autocracia, la dictadura. Yo digo y tú haces.¿El diálogo está perdiendo sus cualidades en la actualidad? Pienso que sí y hay que tener muchísimo cuidado con eso. Hacemos con mucho amor esta función porque creemos que el diálogo es lo que puede eliminar esta ola brutal de violencia que estamos viviendo en todos los órdenes. Desde la violencia machista, que cada mes asesinan a dos mujeres, hasta estas guerras tan absurdas. Estamos quitando el valor de hacer un pacto dándose la mano y en la función se habla de eso. El valor de la palabra tenemos que protegerlo.Enfermé física y mentalmente porque necesitaba algo más en la vida que llevar a mis hijas al cole y hacer patatas con costillasHace unos cuatro años volvió a interpretar Molly Bloom, el monólogo con el que comenzó su carrera. ¿Qué recuerdos guarda de aquel debut? Tuve el privilegio de ser una mujer mantenida por un hombre, Sanchis Sinisterra, que era catedrático de instituto con un sueldo muy justito. Yo tenía que cuidar a mis dos hijas y no era consciente de que estaba cediendo el paso a un hombre y, como mujer, asumiendo todo lo demás para que él trabajara y nos diera de comer. Es un planteamiento lógico, pero también brutal. Enfermé porque, mental y físicamente, necesitaba algo más que hacer patatas con costillas y llevar a mis hijas al cole. Por supuesto, amarlas, que eso va por encima de todo y las madres con hijos e hijas tenemos un vínculo especial que dura toda la vida.
Magüi Mira: "Soy niña de campo y me crie en la masía de mi abuela, entre cabras y acequias"
Conversamos con Magüi Mira en el escenario del Teatro Fernán Gómez, donde dirige una versión de La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez.








