El martes, ante el Círculo de Empresarios Vascos, Núñez Feijóo calificó el absentismo laboral –que mezcló, además, con las bajas médicas– de “cáncer que no podemos pagar”. Y remató con una propuesta: que quien esté de baja cobre menos. Esto de por sí es grave, pero voy a quedarme solo con su manera de expresarlo. Ocho meses antes, el Congreso aprobó, con los votos a favor del Grupo Popular, una proposición no de ley para promover un lenguaje responsable en torno a esta enfermedad, “sobre todo desde los ámbitos públicos e institucionales”. La exposición de motivos enumeraba las metáforas que conviene excluir y ponía como ejemplo de las estigmatizantes la expresión “esto es un cáncer para la sociedad”. Lo que dijo Feijóo en Bilbao es, casi letra por letra, el ejemplo que su propio grupo votó desterrar.Núñez Feijóo visitó la sede bilbaína de Petronor Diego Puerta / EFEAhora que llegan las vacaciones –tiempo propicio para lecturas pendientes– alguien debería hacerle llegar al líder del PP La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag. Allí encontraría razones para ver por qué esa figura retórica es inapropiada. Primero, es una trampa intelectual que denota cierta pereza. Reduce problemas complejos a una invasión de “células malignas”. Llamar cáncer al absentismo es declarar el asunto cerrado antes de examinarlo, porque dispensa del análisis y prescribe, de entrada, su erradicación violenta, sin más.Quien usa el cáncer como símbolo del desastre convoca un miedo de otra épocaSegundo, es una deuda moral: cada vez que el cáncer sirve para designar lo detestable, quienes lo padecen ven su diagnóstico convertido en insulto. Ese mal uso lo pagan los enfermos en ansiedad y desamparo. Desde hace décadas, suprimir esa metáfora del discurso público es una exigencia ética que comparten pensadores y lingüistas, pero también pacientes.La metáfora se apoya, además, en una idea obsoleta de la enfermedad, la que la volvía sinónimo de sentencia catastrófica. Más de la mitad de quienes hoy reciben ese diagnóstico en España siguen vivos cinco años después; en varios tumores malignos, cuatro de cada cinco. Quien la usa como símbolo del desastre convoca, pues, un miedo de otra época. Y alguien que aspira a ser inquilino de la Moncloa debería ser consciente de este anacronismo.Para Sontag, la mejor manera de tratar con la enfermedad consistía en resistirse al pensamiento metafórico. Es decir, en despojar al cáncer de los significados morales que toda una cultura le ha endilgado.