El cuerpo es un aparato de medición, aunque no de medidas exactas, porque se deja vulnerar por el tiempo y las costumbres. Véase la infancia, por ejemplo: los niños no se quejan de temperaturas extremas; tan solo transpiran y siguen con sus juegos. Echo la mirada atrás y reviso las casas en las que he vivido: la primera, de altos tumbados y ventanas de chazas, ideal para mis corrinches primerizos; de la segunda recuerdo esos aparatos llamados ventiladores, que eran mínimos porque dirigían su frescura a una persona y se ponían sobre un mueble. Mis etapas escolares recibieron aire fresco de las ventanas con rejillas de ventilación.Como los cambios vienen sostenidos por ese concepto tan norteamericano de confort, los ventiladores se fueron sofisticando –con garruchas para rodar, colgados en el tumbado– hasta que llegamos al acondicionador de aire. El aumento de la temperatura en la Costa trajo esos aparatos que hacían ruido y exigían un hueco en la pared; las limitaciones económicas de la clase media lo ubicaban en la habitación de los padres y allí se agrupaban los hijos para aliviar las noches.El actual nivel de temperatura –evidencia indiscutible del calentamiento global, menos para Trump– hace que las familias hayan introducido los enfriadores como necesidad básica y los tengamos en los automóviles y en todo ambiente que frecuentemos. Recuerdo que en el plantel en que laboré solo los profesores podíamos encender los aparatos y, cuando un alumno lo hizo y fue amonestado, la madre lo justificó: “Pobrecito, si sentía mucho calor”. Todo esto viene a cuento de que estamos en el mes de julio y vivimos días de intenso calor y de que los presupuestos domésticos no pueden aliviarse.Los expertos tienen explicaciones para lo que ocurre aquí y el infierno en que se ha convertido Europa. Sus temperaturas que llegan a los 45 grados atormentan y matan. Hay ciudades, como París, donde no se pueden implementar acondicionadores porque dañan las fachadas de los antiguos y bellos edificios. Continente con cuatro estaciones, ha estado acostumbrado a tolerar los calores durante un verano de tres meses, solo con ventanas abiertas y ropa ligera.El mundo es otro, nos lo dicen muchas señales, pero para ver y sentir aquella de la que hablo basta el propio cuerpo. Y para enfrentar las diferencias elegimos gobernantes que no solo deben tener inteligencia para mirar el presente, sino adelantarse al futuro. Junto con el dato de la mayor venta de vehículos en el segundo trimestre del año deben venir los planes de mejoramiento del tránsito. Igual debe ocurrir con el clima. Que los termómetros que observamos en las calles prendan una luz en las mentes de quienes han adquirido el deber –por propia voluntad– de organizar ciudades y países. Prever es la muestra de la mayor lucidez humana. No olvido que también hay negacionistas –algunos intereses ocultan, me digo– que de cita mundial en cita se afanaron por desoír los avisos de científicos, o que simplemente dejan los problemas para los que vendrán. La naturaleza nos da suficientes signos para cuidar a la enorme población mundial. Ocuparse principalmente de las guerras es la mayor inmoralidad de nuestros días. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: Calores | Columnistas | Opinión
No olvido que también hay negacionistas que de cita mundial en cita se afanaron por desoír los avisos de científicos...











