EDITORIALEsta forma de festejo debe generar identidad positiva y orgullo por la cultura pecuaria, no zozobra.
Los desfiles hípicos constituyen una práctica, usualmente asociada con fiestas patronales en la provincia, que integra tradición de crianza de ganado equino, destreza ecuestre y algarabía comunitaria. Su espíritu debe ser esencialmente estético, comunitario y productivo, pues data de épocas en las cuales el caballo era la fuerza primordial de locomoción y transporte de carga, algo que fue quedando como un recuerdo pintoresco, aunque todavía visible en zonas rurales.
Cuando ejemplares de fina estampa desfilan con jinetes que exhiben armas chapeadas en oro, de grueso calibre e incluso con cargadores extendidos y vallas de escoltas a pie portando fusiles de asalto, el mensaje deja de ser armonioso y se convierte en una exhibición de poder o bien de miedo a ser blanco de ataques; también denota irrespeto a la ley —que prohíbe taxativamente la portación ostentosa de armas— y una actitud prepotente hacia los espectadores. No es paranoia ni prejuicio: dadas las notorias y violentas disputas entre grupos criminales por el dominio de corredores de paso de trasiegos, los boatos belicistas proyectan una imagen de fuerza e impunidad que apunta a la intimidación, no solo para el vecino de a pie, sino también para las autoridades locales, incluyendo a la Policía.












