ColumnaEste género es un fijo en la programación televisiva, pero me pregunto si sobrevivirán en antena cuando ya no estén esos abuelos ni esos padres que son sus principales espectadores y a ningún hijo le recuerden las tardes cálidas y despreocupadas en las que los compartían con ellosJohn Wayne, en 'El dorado'.Cuando adquirí cierta destreza lectora, mi padre me encomendó la tarea de cambiarle las novelas del Oeste en el quiosco. Una práctica que hace tiempo cayó en el olvido. Por un duro entregaba una leída y me llevaba otra. Parece un cometido sencillo; no lo era. Mi padre tenía preferencias claras: Marcial Lafuente Estefanía antes que Keith Luger y Silver Kane —españolísimos ambos a pesar de esos seudónimos que huelen a saloon y banda de cuatreros— y, sobre todo, nada de besos ni sensiblerías. Que no se colase ni un ápice de romance, solo tiros, una exigencia que me obligaba a ojearlas en vertical para asegurarme de que aquel duro se invertía en una novela de hombres recios que se centraban en las seis balas de su Colt y no en cabareteras de vida licenciosa o tímidas maestras de escuela que siempre llegaban de Boston en una diligencia destartalada. Podría haber recortado los que me encontrase y hacerme un Cinema Paradiso, pero el quiosquero tenía malas pulgas. No me compadezcan, mi educación sentimental no tuvo carencias. Los besos ficticios que mi padre me sustraía, los encontraba en las fotonovelas de Corín Tellado de mi madre. Rudos pistoleros y secretarias que suspiraban por directivos imperturbables eran las únicas lecturas que había en mi casa, aparte de la revista Pronto que cada semana acercaba la pescadera ambulante. En su furgoneta, la historia por capítulos de la repudiada princesa Soraya convivía con lenguados frescos y los cotilleos de la comarca; ríete tú de Glovo. El quiosco del pueblo cerró y las novelitas de a duro se esfumaron de nuestras vidas, pero los vaqueros taciturnos siguieron ahí vía wéstern televisivo, antes inamovibles en las sobremesas sabatinas de TVE, después desperdigados por los canales de la TDT y siempre fieles en las autonómicas, donde los programadores conocen bien a su target. Mi padre se hacía un ciclo cada día y, cuando le preguntaba qué estaba viendo, siempre me contestaba socarronamente: “Un estreno”, así fuese la vigésima vez que en la pantalla Dean Martin dormía la mona en Río Bravo. Los wésterns son atemporales, pero a mí me huelen a verano como la subida del Tourmalet y el eco de las tómbolas. Siguen emitiéndose porque tienen adeptos fieles y las cadenas lo saben, pero me pregunto si sobrevivirán en antena cuando ya no estén esos abuelos ni esos padres y a ningún hijo le recuerden las tardes cálidas y despreocupadas en las que compartían “un estreno” con ellos.Archivado EnTelevisiónCanales televisiónCineWesternTDTVeranoMarcial Lafuente EstefaníaKeith LugerSilver Kane