Francia está ligada a Alemania por un tratado de amistad, como con Italia y Polonia. ¿Por qué no debería tener un acuerdo similar con su gran vecino del sur, España? Pero el PP ha decidido bloquear en el Senado la ratificación del tratado bilateral acordado en enero de 2023 por Pedro Sánchez y Emmanuel Macron en Barcelona. Y así, por frivolidad o por simple mala fe, ha supeditado los intereses nacionales de España y los de Francia al cortoplacismo y la pelea partidista interna. Es una falta política y una torpeza diplomática. Porque hipotecar la amistad hispano-francesa tal vez sirva para erosionar al actual Gobierno y su posición internacional, pero es un acto de filibusterismo parlamentario que causaría poca sorpresa si solo viniese de una formación como Vox, pero resulta impropio de un partido con tradición europeísta y que aspira a gobernar el país.En circunstancias normales el Tratado de Barcelona se habría aprobado sin el mínimo ruido, porque nada de lo que prevé, desde la cooperación entre ambos países hasta las consultas reforzadas en cuestiones estratégicas, es polémico ni se sale del consenso de los grandes partidos desde que en 1986 España entró en las Comunidades Europeas. Pero estas no son circunstancias normales en la política española, secuestrada por la polarización y la destrucción del contrario. Mientras la Asamblea Nacional francesa tramitaba casi de oficio la ratificación en 2025, en el Parlamento español se iniciaba una guerra de guerrillas que no ha terminado. El Congreso lo aprobó pese al rechazo del PP y Vox. Pero ahora el acuerdo ha llegado al Senado, donde el PP tiene mayoría y ha decidido frenarlo con la estratagema de plantear al Tribunal Constitucional que se pronuncie sobre la legalidad de uno de los puntos. El pleno de la Cámara alta tiene previsto dar este paso este jueves.Lo que está en cuestión es el cuarto párrafo del artículo segundo, que dice: “Un miembro del Gobierno de una de las Partes será invitado al Consejo de Ministros de la otra Parte, al menos una vez cada tres meses y por rotación”. El PP alega que la Constitución establece que “el Gobierno se compone del presidente, de los vicepresidentes, de los ministros y de los demás miembros que establezca la ley”. Es un pretexto poco creíble. Los Gobiernos español y francés ya han dejado claro en un documento conjunto que la incorporación de ministros del otro país ocurriría siempre “en los márgenes” del Consejo de Ministros, y no en la reunión formal. Y basta leer los tratados de Aquisgrán entre Francia y Alemania y el francoitaliano del Quirinal para comprobar que ambos contienen cláusulas idénticas sobre la participación de ministros de un país en los Consejos de Ministros del otro. Estos intercambios no son ninguna anomalía entre gobiernos amigos ni por supuesto dañan su soberanía. Al contrario, se trata de una medida lógica entre países embarcados en proyectos conjuntos y que comparten intereses vitales, y del todo coherente con la integración europea.Si España, ligada a Francia por profundos vínculos humanos, culturales y económicos, desechase este texto que consagra la amistad, la profundiza y nos equipara a Alemania e Italia como socios preferentes, cometería un acto de autosabotaje, comprensible en formaciones de la órbita euroescéptica y ultranacionalista. Pero no de una derecha que pretende ser europeísta y moderada. Quienes promueven esta política de tierra quemada diplomática tal vez ganen algún punto en la querella cotidiana, pero pierden la credibilidad. Es hora de aparcar el mezquino tacticismo partidista y ratificar de una vez el Tratado de Barcelona.
Hipotecar la amistad con Francia
El PP torpedea en el Senado el tratado bilateral acordado con Macron y pone en riesgo la posición diplomática de España













