Imagino una sala en tonos neutros con un sofá blanco, una butaca crema, una mesita con una caja gigante de pañuelos y un rumor de agua fluyendo sobre cantos rodados de fondo. Imagino a dos hombres, padre e hijo, acudiendo a ese templo a confesarse con una desconocida con la esperanza de que les ayudara a salir del laberinto de gritos, o, peor, de silencios que se había instalado entre ellos y del que no hallaban la llave ni queriendo. Imagino todo eso y entiendo el poder que sobre hijo y padre pudo llegar a tener la persona que los escuchaba, basado en el miedo cerval de cada uno de ellos a perder al otro. Por eso, porque comprendo y conozco ese miedo, esa esperanza, y ese poder que se le otorga a quien creemos que puede inclinar la balanza, de todos los personajes que han desfilado por el juzgado que instruye el presunto homicidio de Isak Andic por parte de su hijo Jonathan, me quedo con uno. No es el presunto hijo parricida: tan atormentado, tan pobre niño rico, tan qué he hecho yo para merecer esto. Ni sus hermanas y coherederas: tan cabizbajas, tan dolientes, tan acabemos ya con esta pesadilla. Ni la mujer del difunto magnate: tan digna, tan elegante, tan señora bien de toda la vida teniendo que vérselas en estas. No. Quien más me inquieta es Julia Lüderwaldt, la terapeuta de la familia, la persona que escuchaba en esa sala. Ha trascendido que, además de los Andic, oía las penas de otros notables de la sociedad barcelonesa. No me extraña. El dinero, los celos, las expectativas, los anhelos: los elefantes en la habitación suelen ser los mismos en mansiones y en chabolas, como idénticos son los miedos y las esperanzas de quienes acuden a terapia intentando domarlos, lleguen en coche con escolta o tras tres trasbordos de metro. En la primera acepción, la RAE define “terapeuta” como una persona con los conocimientos y prácticas necesarios para el tratamiento de dolencias. Una labor que otorga tal poder que debería exigir, al menos, la misma responsabilidad a quien la ejerce. En la segunda acepción, la RAE recoge “terapeuta” como el seguidor de cierta secta. Lüderwaldt no está colegiada, pero influía, e influye, sobre vidas ajenas. ¿Le pesará la conciencia?
La terapeuta de los Andic
Los elefantes en la habitación suelen ser los mismos en mansiones y en chabolas, como idénticos son los miedos y las esperanzas de quienes acuden a terapia intentando domarlos







