Durante años, el dinero digital ha sido coto de un ecosistema cripto fuera de los márgenes del sector financiero convencional y, por lo tanto, sinónimo de volatilidad y alto riesgo. La realidad es hoy diferente. Las finanzas digitales avanzan hacia una nueva frontera: la tokenización de activos, es decir, la posibilidad de representar depósitos, valores o dinero de bancos centrales sobre infraestructuras de registro distribuido (DLT). No se trata de un producto exótico, sino de un rediseño completo de procesos centrales del sistema financiero (pagos, custodia, colateral, liquidación y postcontratación) que dará lugar a una nueva generación de infraestructuras tecnológicas. Europa debe plantearse ya el lugar que quiere y debe ocupar en esta nueva economía tokenizada. La urgencia no es retórica. El mercado global de stablecoins supera ya los 315.000 millones de dólares y está abrumadoramente denominado en la divisa norteamericana, mientras que las basadas en euros siguen teniendo una escala marginal. La Administración Trump ha redoblado su apuesta por estos activos: la conocida como Genius Act reconoce abiertamente que las stablecoins pueden ampliar el uso internacional del dólar y orientar los flujos financieros hacia la deuda pública estadounidense. El riesgo a este lado del Atlántico es nítido: si Europa no ofrece un euro creíble y utilizable sobre infraestructuras DLT, la economía tokenizada nacerá con un sesgo estructural a favor del dólar. Otra batalla perdida para la UE. Ante este escenario, la peor respuesta sería caer en un falso dilema: si el futuro pertenece a las stablecoins o a los depósitos tokenizados. La pregunta correcta no es qué instrumento elegir, sino qué arquitectura construir. Y en un sistema monetario como el europeo, esa arquitectura se compone necesariamente de tres piezas que se complementan. En primer lugar, los depósitos tokenizados. Conviene subrayar, como ya ha hecho la Autoridad Bancaria Europea, que no se trata de un producto financiero nuevo, sino de una nueva forma tecnológica de representar un depósito bancario ya regulado. El pasivo permanece en el balance del banco, sin debilitar el depósito como base de financiación. A cambio, gana programabilidad: pagos con lógica condicional integrados en contratos y procesos empresariales, especialmente útiles en tesorería corporativa, gestión de liquidez, colaterales o esquemas de entrega contra pago. TE PUEDE INTERESAR Opinión La banca internacional ve en este instrumento su vía natural hacia las redes digitales. De hecho, en Estados Unidos, un grupo de entidades acaba de lanzar una iniciativa conjunta para compensar y liquidar depósitos tokenizados entre bancos y conectarlos con los sistemas de pago tradicionales. Para una economía como la europea, donde la financiación bancaria sigue siendo central, esa continuidad es una ventaja, no una limitación. La segunda pieza, y el ancla de todo el sistema, es el dinero de banco central. El dinero bancario puede innovar y volverse programable, pero la liquidación final debe seguir anclada en dinero público. Esta es, de hecho, la arquitectura objetivo planteada por el propio Eurosistema en su estrategia integral de pagos. Para ello, el BCE trabaja ya en iniciativas a corto y largo plazo que permitirán liquidar en dinero de banco central operaciones realizadas en redes DLT, conectándolas con las infraestructuras actuales de pago del Eurosistema. TE PUEDE INTERESAR Opinión Por último, debemos desarrollar una estrategia de stablecoins en euros, bajo un marco normativo sólido (que parta del ya existente, conocido como MiCA) y, preferentemente, emitidas por bancos y respaldadas por depósitos y activos líquidos de alta calidad. Cuando el emisor es la propia banca, la innovación se produce dentro del perímetro bancario y no a su costa. No estamos, por tanto, ante un sustituto del depósito, sino ante un instrumento que el propio sector bancario europeo ya está desarrollando. La cuestión para Europa no es si las stablecoins van a reemplazar a los depósitos, sino si podemos permitirnos no contar con un euro competitivo en estas redes cuando el mercado ya lo demanda. La estrategia europea no debería consistir en negar esa realidad, sino en gobernarla y, mejor aún, en liderarla. La fragmentación ha sido tradicionalmente uno de los límites estructurales de la Unión de Mercados de Capitales y la tokenización ofrece una vía para reducir fricciones e integrar emisión, negociación, liquidación y custodia en un mismo entorno. Por eso la agenda europea en este ámbito no debería diseñarse en clave defensiva, sino como una palanca de competitividad e integración. La implantación de una economía tokenizada es una cuestión de infraestructura, de innovación y de posición estratégica. Europa debe acelerar la liquidación en dinero de banco central, dar claridad jurídica a los depósitos tokenizados y acompañar el desarrollo de stablecoins en euros reguladas y emitidas desde el sistema bancario. La elección no es entre dinero público y dinero privado, sino entre construir los raíles del futuro sistema financiero o dejar que otros los construyan por defecto. Y la opción por defecto, hoy, habla inglés y se denomina en dólares. *Antonio Romero, Director General de CECA. Durante años, el dinero digital ha sido coto de un ecosistema cripto fuera de los márgenes del sector financiero convencional y, por lo tanto, sinónimo de volatilidad y alto riesgo. La realidad es hoy diferente. Las finanzas digitales avanzan hacia una nueva frontera: la tokenización de activos, es decir, la posibilidad de representar depósitos, valores o dinero de bancos centrales sobre infraestructuras de registro distribuido (DLT). No se trata de un producto exótico, sino de un rediseño completo de procesos centrales del sistema financiero (pagos, custodia, colateral, liquidación y postcontratación) que dará lugar a una nueva generación de infraestructuras tecnológicas. Europa debe plantearse ya el lugar que quiere y debe ocupar en esta nueva economía tokenizada.