OpiniónQuiere ejercer la “desobediencia civil”, pero sin perder los beneficios que le otorga una democracia que eligió un presidente al que no reconoce.PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL08.07.2026 22:01 Actualizado: 08.07.2026 22:01 “Se acata, pero no se obedece” fue la expresión recurrentemente utilizada por las autoridades virreinales en América para explicar su negativa a aplicar órdenes del rey, por considerar que eran contrarias a otras leyes, inconvenientes o perjudiciales a sus intereses o los de sus amigos. Con el “se acata” se ponían a salvo de reconocer la autoridad legítima del rey y la validez formal de la orden. Era su manera de hacer pública la manifestación de respeto y sumisión a la Corona. Nadie podía decir que cuestionaban el poder del rey o promovían rebelión alguna. Pero con el “no se obedece” la orden no se ejecutaba hasta que el rey no atendiera la solicitud de reconsiderar su cumplimiento. De esa forma ejercían el poder como querían, pero manteniendo siempre los privilegios que la Corona les proveía.Para muchos historiadores, esta fue la base sobre la que se desarrolló esa particular cultura del atajo (tan nuestra) con la que se elude el cumplimiento de las leyes, se ejerce el poder de manera sesgada o se exigen los derechos sin cumplir con los deberes.Es el mismo recurso con el que Iván Cepeda pretende, “a la torera”, no solo eludir la obligación de reconocer el resultado de las urnas sin que sea considerado un antidemócrata. También (peor aún) le permite apropiarse del principio de la “desobediencia civil” desarrollado por Thoreau (en su ensayo La resistencia al gobierno civil, 1842), en el que plantea que “cuando una ley es injusta, el ciudadano íntegro no tiene la obligación de obedecerla; tiene, más bien, la obligación de desobedecerla”. Evidentemente, Cepeda se autoproclama como ese ciudadano íntegro. Y para él, ese es el primer paso para desatar una serie de acciones (huelgas, boicots a las decisiones gubernamentales, marchas de protesta, negativas a pagar impuestos, ocupaciones pacíficas de espacios públicos o incluso las huelgas de hambre), como las que desarrolló Gandhi contra el poder colonial británico en su lucha, pero ahora como recurso de “acción colectiva” para pedir a Petro que no le entregue el poder a la derecha.Con la desobediencia civil lo que está diciendo, de manera solapada, es que no acata el resultado de las urnas, por lo que no reconoce la autoridad legítima de la elección.Cuando Cepeda afirma “no reconoceremos a Abelardo de la Espriella como presidente de la República”, no está anunciando que incumplirá selectivamente algunas decisiones del gobierno entrante en nombre de la conciencia moral superior que le confiere el principio de “desobediencia civil” de Thoreau. Lo que está diciendo, de manera solapada, es que no acata el resultado de las urnas, por lo que no reconoce la autoridad legítima de la elección ni la validez formal de la mayoría registrada en las elecciones.El único éxito que ha tenido ese llamado a la “desobediencia civil” es haber logrado que el gobierno entrante cometa el error de levantarse de las mesas de empalme, evitándole al saliente tener que explicar en vivo y en directo las razones de las decisiones y los contratos en estos cuatro años de gobierno Petro, como lo obliga la ley. Ahora lo que quieran saber lo pueden preguntar por “derecho de petición”, que no es lo mismo y le quita peso y altura al propósito de libro blanco con el que se quería hacer corte de cuentas con el gobierno anterior.Para la izquierda, el llamado a la desobediencia civil puede terminar convertido en una trampa. Iván Cepeda está mostrando un comportamiento errático y contradictorio. No solo porque se proclama como “líder de la oposición” a un gobierno al que no reconoce (¿a quién se estará oponiendo?), sino porque, en la práctica de su cultura del atajo, el no asumir de frente la decisión de no “acatar” los resultados electorales pone al Pacto Histórico ante una delicada situación. Lo pone a vivir en una delgada línea entre el ejercicio institucional como primera fuerza electoral de oposición política en el Congreso y la acción como fuerza urbana de choque que se hace sentir en la calle. Quiere ejercer la “desobediencia civil” frente al régimen presidencial, pero sin perder los beneficios de que le otorga una democracia que eligió un presidente al que no reconoce.* Profesor titular de la Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. 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