La líder ultraderechista ha preferido exponerse a otra posible sentencia negativa y a la imposición de una tobillera electrónica en pleno proceso electoral antes que ceder el testigo a su delfín, Jordan Bardella

Marine Le Pen y Jordan Bardella se saludan y se encierran en un despacho de la nueva sede del Reagrupamiento Nacional (RN), en la rue Cortambert, en el acomodado y burgués distrito XVI de París. La conversación, completamente hermética, analiza la sentencia del tribunal y busca una decisión. Bardella, vistas las promesas de Le Pen en los últimos meses, espera salir por la puerta como candidato oficial del RN a las elecciones de 2027. Más tarde entran sus asesores y, poco después, sus colaboradores políticos más cercanos. Unas 15 personas. Todos recuerdan las declaraciones de su líder sobre la posibilidad de llevar una tobillera electrónica si se confirmaba su condena de primera instancia por malversación de fondo europeos. También la promesa de no esperar un posible recurso al Tribunal Supremo para ceder el testigo a su delfín. Pero la decisión está ya tomada.

La historia del lepenismo es demasiado larga, compleja y trágica como para que alguien pensara que un tribunal iba a cambiar su destino a un año para las elecciones presidenciales, cuando más cerca está uno de los miembros del clan de alcanzar el viejo sueño presidencial. Marine, hija pequeña del fundador del partido, Jean-Marie Le Pen, pisó el acelerador este martes y decidió incumplir todas sus promesas tras escuchar la sentencia del tribunal que la condenaba a un año de arresto domiciliario con brazalete electrónico. Dio igual si dijo que no esperaría a un recurso en el Supremo o que cedería el testigo a Jordan Bardella. “Los franceses serán los jueces”, proclamó en su primer baño de masas este miércoles en La Flèche (Loira). “No estoy ganando tiempo. Recurro para demostrar mi inocencia”, insistió abriéndose paso entre la gente.