El siglo XXI tambi�n estar� marcado por la capacidad de las econom�as para seguir creciendo cuando llega el calor extremo. Las altas temperaturas pueden ser en un poderoso acelerador de la automatizaci�n.Durante d�cadas, cuando la econom�a perd�a impulso, los economistas mir�bamos siempre en la misma direcci�n: al petr�leo, a los bancos centrales, a las crisis financieras o a las tensiones comerciales. Hoy esa lista empieza a quedarse incompleta. Cada verano aparece un nuevo factor que hasta hace poco apenas figuraba en los an�lisis econ�micos: se trata del calor extremo.Puede parecer una exageraci�n, pero no lo es. El term�metro ha dejado de ser �nicamente un indicador meteorol�gico. Tambi�n empieza a medir la productividad, la competitividad y, en �ltimo t�rmino, el crecimiento econ�mico. Igual que una subida del precio de la energ�a encarece la actividad de las empresas, las altas temperaturas reducen la capacidad de producci�n.Espa�a constituye uno de los mejores laboratorios para comprobarlo. Las olas de calor son m�s frecuentes, duran m�s y alcanzan temperaturas cada vez m�s elevadas. Para un pa�s en el que el turismo, la construcci�n, la agricultura y la log�stica tienen un peso decisivo, esta realidad ya no representa solo un reto clim�tico. Es tambi�n un desaf�o econ�mico.La explicaci�n es sencilla. A partir de determinadas temperaturas el cuerpo humano rinde menos. Disminuye la resistencia f�sica, pero tambi�n la capacidad de concentraci�n. Se cometen m�s errores, aumentan los accidentes laborales y las bajas m�dicas se multiplican, precisamente en una �poca del a�o en la que el sistema sanitario suele operar con menos recursos debido a las vacaciones estivales. El resultado acaba siendo siempre el mismo: con el mismo n�mero de trabajadores se producen menos bienes y servicios.No hace falta acudir a modelos econ�micos sofisticados para entenderlo. Basta con observar una obra en pleno mes de julio. Levantar un edificio o reparar una carretera a cuarenta grados obliga a adelantar la jornada, detener la actividad durante las horas centrales del d�a, y aplazar determinadas tareas por razones de seguridad. Cada ola de calor reduce las horas efectivas de trabajo y eleva los costes de producci�n.Algo similar ocurre en el campo. El calor no significa necesariamente que todas las cosechas sean peores, pero s� obliga a reorganizar el trabajo. Muchas labores agr�colas se desplazan al amanecer o al atardecer, algunos calendarios de recolecci�n cambian y la planificaci�n se vuelve m�s compleja. La agricultura termina adapt�ndose, aunque hacerlo tiene un coste mayor.La log�stica tampoco escapa a esta realidad. Repartidores, transportistas y mensajeros desarrollan su actividad en condiciones mucho m�s exigentes. Los veh�culos consumen m�s combustible para mantener la climatizaci�n y los tiempos de reparto se alargan. Son peque�os sobrecostes considerados de forma aislada, pero muy relevantes cuando se multiplican por millones de desplazamientos.Parad�jicamente, el calor tambi�n puede generar oportunidades. Espa�a seguir� siendo una potencia tur�stica porque su atractivo descansa sobre mucho m�s que el sol: seguridad, patrimonio, infraestructuras, gastronom�a y calidad de vida. Lo que probablemente cambie no ser� el n�mero de visitantes extranjeros, sino la forma de viajar. Una temporada m�s larga, con mayor actividad en primavera y oto�o, permitir�a reducir la fuerte concentraci�n del verano y aprovechar mejor hoteles, restaurantes, aeropuertos e infraestructuras que hoy trabajan al l�mite durante pocas semanas y permanecen infrautilizados el resto del a�o.El aumento de la robotizaci�nSin embargo, quiz� el efecto m�s profundo del calor nos pase desapercibido. Las altas temperaturas pueden convertirse en un poderoso acelerador de la automatizaci�n.La historia econ�mica demuestra que las grandes innovaciones rara vez aparecen por casualidad. Nacen porque existe un problema que resolver. La m�quina de vapor sustituy� parte del trabajo humano porque era m�s eficiente. La robotizaci�n transform� la industria porque permit�a producir m�s y mejor. Ahora el calor extremo puede impulsar una nueva oleada de inversi�n tecnol�gica.Cuando una tarea resulta demasiado dura, demasiado cara o demasiado peligrosa para una persona, aumenta el incentivo para que la realice una m�quina. Robots en la construcci�n, tractores aut�nomos, almacenes automatizados o sistemas inteligentes de reparto dejar�n de responder �nicamente a criterios de eficiencia. El calor puede convertirse en otro motor de innovaci�n.La factura de la electricidadEl impacto tambi�n se deja sentir en el sistema energ�tico. Cada ola de calor dispara el uso del aire acondicionado en hogares, oficinas, comercios, hospitales e industrias. La demanda el�ctrica alcanza m�ximos precisamente cuando el pa�s m�s necesita mantener su actividad.Aqu� conviene, sin embargo, desmontar una idea muy extendida. M�s consumo el�ctrico no significa necesariamente electricidad m�s cara. Espa�a disfruta de una ventaja que muchos pa�ses europeos envidian: durante las horas centrales del verano produce enormes cantidades de energ�a solar a un coste pr�cticamente nulo. Gracias a ello, el precio mayorista puede mantenerse muy bajo e incluso acercarse a cero.El aut�ntico cuello de botella aparece al anochecer. La producci�n fotovoltaica desaparece justo cuando millones de hogares siguen utilizando el aire acondicionado. Contin�an funcionando la energ�a nuclear, la hidr�ulica y, cuando hay viento, la e�lica. Pero si esa generaci�n resulta insuficiente, entran en funcionamiento las centrales de gas, mucho m�s caras, que terminan fijando el precio de la electricidad. Por eso el gran reto energ�tico de Espa�a ya no consiste �nicamente en instalar m�s placas solares. El desaf�o es almacenar la enorme cantidad de electricidad que producimos durante el d�a para utilizarla cuando cae el sol. Bater�as de gran capacidad, centrales hidroel�ctricas de bombeo y nuevas tecnolog�as de almacenamiento pueden resultar mucho m�s decisivas para la competitividad de la econom�a espa�ola que muchos debates pol�ticos aparentemente m�s trascendentes.En ese contexto tambi�n cobra sentido la discusi�n sobre el futuro de la energ�a nuclear. Mientras el almacenamiento masivo no alcance la escala necesaria, prescindir de una fuente que proporciona electricidad estable las veinticuatro horas del d�a obligar�a a depender m�s del gas en numerosos momentos. El verdadero debate no enfrenta renovables contra nuclear. La cuesti�n es c�mo garantizar un suministro abundante, competitivo y con bajas emisiones durante la transici�n energ�tica.Las empresas ya han comprendido que adaptarse al calor no ser� una opci�n, sino una necesidad. Invertir�n m�s en aislamiento, climatizaci�n eficiente, digitalizaci�n, automatizaci�n y nuevas formas de organizar el trabajo. Son inversiones costosas, pero tambi�n imprescindibles para seguir siendo competitivas en un mundo m�s c�lido.Durante d�cadas hemos pensado que el cambio clim�tico era, sobre todo, un desaf�o medioambiental. Empieza a ser mucho m�s que eso: est� modificando las formas de producir, de invertir y de competir. En otras palabras, est� alterando las reglas del juego econ�mico.El siglo XXI no solo estar� marcado por la inteligencia artificial, por la transici�n energ�tica o por el envejecimiento de la poblaci�n. Tambi�n lo estar� por la capacidad de las econom�as para seguir creciendo cuando el mercurio supera los cuarenta grados.Los pa�ses que antes adapten sus empresas, sus infraestructuras y su sistema energ�tico convertir�n ese desaf�o en una ventaja competitiva. Los que lleguen tarde descubrir�n que el calor no solo vac�a los embalses. Tambi�n puede erosionar, lentamente y casi sin hacer ruido, su capacidad para generar prosperidad.Rafael Pampill�n Olmedo, Profesor de la Universidad CEU- San Pablo y en IE Business School
La econom�a de los 40 grados
Durante d�cadas, cuando la econom�a perd�a impulso, los economistas mir�bamos siempre en la misma direcci�n: al petr�leo, a los bancos centrales, a las crisis financieras o a...










