La fuga de ocho niños de la Casa Hogar María Campi Yoder, en Conocoto, el pasado sábado 27 de junio, enciende las alarmas y pone una voz de alerta sobre lo que está aconteciendo en nuestra sociedad. “Especialistas en las ramas de psicología infantil y trabajo social –refiere este Diario en publicación del 2 de julio– coincidieron en que este tipo de episodios suele responder a una combinación de factores emocionales, familiares y sociales: el trauma por experiencias de vulneración de derechos, la dificultad para adaptarse a un entorno desconocido y el profundo anhelo de volver a encontrar un vínculo familiar”. Y decimos que enciende las alarmas porque no solamente se trata de los menores que, por una u otra razón, se encuentran “institucionalizados”, sino por la cantidad acumulada de factores negativos que están incidiendo en su desarrollo de manera generalizada. Vivimos una sociedad hostil, violenta, insegura, carente de espiritualidad, solidaridad, afecto, comprensión y paz. Los hogares no existen más, salvo excepciones. Una casa no es un hogar. Es solo un continente. En el hogar debe haber un padre y una madre, con una buena relación entre ellos y con sus hijos, cuyas vidas deben transcurrir en familia, con amor y respeto entre todos. Lamentablemente, esto va quedando en el pasado. Hoy ambos progenitores suelen estar ausentes de la existencia de su prole y cada uno toma el camino que cree le conviene más. No hay brújula. Y los chicos quedan a la deriva. El hombre no nació para vivir en solitario y la carencia de amor y de guía hace que, a veces, busque compañía en cualquier persona y/o busque evasión en las drogas. La ausencia del respeto por la vida de los demás lleva a numerosos jóvenes a ser captados por las bandas y organizaciones criminales, las cuales los entrenan para narcotraficar y matar. El crimen que se dio el 17 de junio en el aeropuerto de Guayaquil fue ejecutado por dos adolescentes muy bien entrenados para cumplir su “misión”. ¿Y cuántos más seguirán por la misma ruta? Se sabe que niños y adolescentes son sometidos por los delincuentes desde los 8 años y que muchos de ellos son “vendidos” por sus propios padres, quienes reciben dinero a cambio de su destrucción. Y, “de pasar a realizar encomiendas o trasladar armas hacia el sitio donde se realizará un ataque y servir como campaneros para dar aviso del ingreso de las fuerzas del orden, ahora los menores tienen un mayor involucramiento en eventos violentos, incluso siendo responsables de secuestros y hasta asesinatos… En años recientes, la Policía y las Fuerzas Armadas han encontrado polígonos de tiro donde se dan prácticas informales de menores para involucrarlos en actos violentos. Así se ha evidenciado en Nueva Prosperina, en el noroeste de Guayaquil; Durán y Salitre, en Guayas…”, publicó este Diario en la mencionada edición.Y este fenómeno sigue creciendo como la mala hierba. ¿Qué hacen nuestras autoridades, cada una en su propio rol, para evitar que haya más víctimas de estos procederes delincuenciales? ¿Qué hacen los maestros en escuelas y colegios y qué hacemos nosotros como padres de familia? Su futuro y el de la sociedad son realmente inciertos… (O)