No sé si también es culpa de Trump que, como es bien sabido, es responsable de casi todos los malos contemporáneos, pero hace tiempo que he detectado un fenómeno inquietante: los vehículos modernos que circulan por nuestras calles no llevan intermitentes. Es un drama de la civilización. El conductor, buena fe personificada, quiere avisar el resto de la comunidad de lo que está a punto de hacer: “giraré”, “cambiaré de carril”. Lo intenta.Pero el coche, criatura del siglo XXI con personalidad propia y un poco de IA maleducada, se planta: ni luz, ni parpadeo. El volante gira, sí. De señal, ni rastro. Y así la carretera se convierte en una historia de misterio: nadie sabe qué pasará a continuación.TecnologíaEstamos con un problema de diseño: hemos permitido que la IA tome decisiones contrarias a las del conductorPero la cosa no acaba aquí. Estos mismos vehículos vienen configurados de fábrica con una preferencia ideológica muy clara: circular por la autopista por el carril del medio. Es su hábitat natural, su zona de confort. La autovía puede tener tres carriles, siete o diecisiete: ellos, en el medio. Si el conductor les sugiere con educación que, cuando no avanzan, quizá tendrían que ir por la derecha... nada. Se niegan con una tozudez admirable. El vehículo se mantiene imperturbable, sin ninguna señal de contrición. Ni un “perdón”, ni un intermitente tardío. Ninguna señal de que se dan por aludidos de que no lo están haciendo del todo bien. Y, cuando la vía es de dos carriles, entonces deciden que su lugar en el mundo es la izquierda. He comprobado que esta configuración afecta a marcas europeas, americanas e incluso chinas, que lo copian absolutamente todo... incluso las malas ideas.David ZorrakinoEuropa PressY no nos engañemos: la rebeldía también ha infectado otro “vehículo” aparentemente sencillo: la bicicleta. Los sufridos contribuyentes hemos financiado una magnífica red de carriles bici que ha redibujado nuestras ciudades. Pues bien: hay algunas bicicletas que, imagino dirigidas por algún tipo de IA, se niegan a circular. Prefieren el asfalto compartido con autobuses, motos y coches sin intermitentes. Dicho sea de paso: también hay coches que, para girar o aparcar, invaden el carril bici sin mirar y sin ningún remordimiento. Y, si se quedan parados, ponen las cuatro luces, como si la emergencia fuera el haber aparcado mal. Aquí la tecnología juega en contra de todo el mundo.Por suerte, hay una tecnología que sí que funciona como un reloj suizo: los radares. Proliferan como setas, siempre por nuestro bien y nuestra seguridad. En ciudad, en muchas ocasiones a 30 km/h; en una autovía de dos carriles, a menudo en 80 km/h. Y, gracias a esta maravilla tecnológica, los conductores poco civilizados reciben la multa adecuada y merecida. Alguien dirá que es falta de empatía social. Yo lo niego categóricamente. Es un problema de diseño y de contexto: hemos permitido que la IA tome decisiones contrarias a las del conductor. Ya lo avisó Stanley Kubrick en 2001: A Space Odyssey con el ordenador HAL: es la rebelión de las máquinas, pero por el carril del medio y sin intermitentes.