No hay nada que le guste más a los medios de Hollywood que un buen fracaso. Solo hay que ver la ristra de publicaciones en torno a la taquilla de Supergirl y los líos de producción que ahora salen a la luz al rebufo del fiasco de la nueva aventura de DC. Si el batacazo, además, se lo pega una figura consagrada, el morbo es doble. Por eso, a Francis Ford Coppola se le esperó con los cuchillos afilados cuando presentó su proyecto más ambicioso y soñado, Megalópolis en el Festival de Cannes de 2024. La película había sido su obcecación desde hacía décadas. Se había intentado levantar una y otra vez, hasta que Coppola, pasados los 80 años, tuvo claro que quería materializar su sueño.
Vendió parte de sus cosechas de vinos e invirtió 120 millones de dólares de su propio dinero. Pero la preproducción fue solo el primero de los problemas de Megalópolis. Mal rollo con algunos de los intérpretes, un equipo de efectos especiales abandonando a mitad de rodaje… así hasta que se vio el resultado, una obra tan impredecible, indescriptible y loca que nadie supo bien cómo articular lo que había visto. Megalópolis era un caos, pero uno tan libre que también había que rendirse a un cineasta que, con todo ganado, se atrevía a arriesgarse por algo que le salía de las entrañas y en donde revisaba los clásicos griegos para ofrecer un mensaje político de optimismo utópico en tiempos oscuros.








