Como superviviente de alquiler en el epicentro de la gentrificación barcelonesa, he seguido con especial interés una de las últimas polémicas en redes. Hace unos días, Juan Manuel Freire escribió en El Periódico sobre el rodaje de La vida Barcelona, una serie de producción europea que vendría a ser la versión de Aliexpress de Emily in Paris. La trama es más de lo visto. O peor. Julia (Holly Mae Brood), hija de una poderosa creativa publicitaria, se infiltra, obligada por su controladora madre, como topo en una agencia barcelonesa, Fuego, para robar las ideas de un proyecto que se disputan. La cosa se tuerce cuando Julia descubre que su jefe le pone más que su aburrida vida en Ámsterdam y que el caloret mediterráneo es mucho más apetecible que ir en bici entre canales. En el reparto hay varios actores españoles (Greta Fernández, Martiño Rivas y Priscilla Delgado), intérpretes a los que deseo de corazón que hayan pagado muy bien para este refrito de clichés digno de ChatGPT. Aunque Variety cuenta que los productores buscan interancionalizarla, la serie, por ahora, solo se verá en una plataforma neerlandesa. ¿Otra expat subvencionada por mamá, viviendo su mejor vida en todos esos locales céntricos que venden autenticidad con precios inflados? Cuéntame algo que no haya visto de cerca. No lo sintió así mi burbuja y entorno más cercano, que durante horas me pasó el enlace al reportaje por WhatsApp pidiéndome explicaciones, como si yo, periodista cultural, fuese responsable de tal esperpento. Tampoco tuve la audacia de crear la cuenta de Instagram de boicot a la serie —con más de 4.000 seguidores— y que solo ha durado dos publicaciones: en la primera pedían sabotear el rodaje; en la segunda, entendiendo que la cosa ya está empaquetada porque ahora están en rodando las partes de Ámsterdam, piden no verla.Reconozco que solté una carcajada áspera y seca cuando leí esto a una de las responsables de este invento, Ayla Spaans, instalada en Barcelona desde hace dos años: “Ahora mismo todas las cafeterías son iguales: blancas, con plantas verdes y buen café. Queríamos mostrar otra Barcelona y recordar que los lugares con más personalidad deben seguir existiendo”, contaba en el reportaje, y se quedaba tan ancha, para después descubrir que la serie tiene localizaciones tan únicas como la piscina de Montjuïc —donde hasta Dua Lipa ha rodado un videoclip—, o el paseo del Born, ese sitio en el que ninguna de mis amigas pide quedar si no queremos agriarnos el espíritu por los precios derivados de la invasión turística.Entiendo la frustración y el resentimiento en comentarios incendiarios, pero para qué gastarlo con una serie gentrificadora cuando la realidad ya ha superado a la ficción. Llevo años viéndolo en Instagram y TikTok, donde ese trama se repite hasta la nausea bajo el hashtag #ADayInALife. Lo protagonizan chicas tan clónicas que podrían ser intercambiables y nadie lo notaría. Siempre relajadas, rubias y delgadas, casi todas se peinan con su moño tirante y los mismos pendientes virales. Alemanas, suizas, francesas, noruegas. Son tan finas que por la mañana estiran sus brazos en picardías de seda desde su terraza con arcos modernistas y vistas burguesas, piden cafés a cuatro euros en cafeterías sin mesas ni sillas, comen ensaladas al sol en exclusivos rooftops (nunca azoteas) y como las chicas de esas series trabajan en coworkings creativos.Hace unos días, en la cuenta de la Calva Tatuada presencié un giro narrativo en esta especie neocolonizadora: un expat israelí se preguntaba cómo vivimos los barceloneses si los salarios son tan bajos y por un piso piden 1.600 euros. Ante el lógico cabreo en comentarios, el israelí culpó a la regularización de migrantes del proceso de expulsión de vecinas del centro. Anda, será por eso que en mi barrio ya no pueden pagarse un alquiler casi ninguna de mis amigas. Ni en la realidad ni en la ficción; pocos contenedores arden en La vida Barcelona.
La rebelión fallida contra ‘La vida Barcelona’ por el alquiler
Para qué llorar por una serie gentrificadora cuando la realidad supera la ficción







