El presidente chileno al menos construyó un argumento poético: el clamor del pueblo, la emoción de un Mundial en casa, la figura irreemplazable del jugador brasileño como patrimonio del fútbol mundial

Hay una verdad que el fútbol guardó en un cajón durante 64 años: 1962, Chile. Garrincha había sido expulsado en la semifinal contra la selección local, por propinarle un puntapié descalificador a Eladio Rojas. Cuando marchaba rumbo al vestuario, un proyectil lanzado desde la tribuna impactó en el jugador de piernas chuecas, el más elogiado de esa Copa del Mundo y figura clave en el Brasil que se consagraría bicampeón.

El Tribunal lo sancionó con suspensión automática para el siguiente partido. El presidente chileno, Jorge Alessandri intervino directamente ante Stanley Rous, titular de la FIFA, invocando a lo que se llamó un “clamor popular” para que el genio de la verde amarelha pudiera jugar la final contra Checoslovaquia. La FIFA cedió y Brasil ganó su segundo título mundial. El episodio quedó sepultado bajo la gloria del resultado, que es la manera más eficiente de olvidar una irregularidad.

Este domingo Donald Trump llamó a Gianni Infantino para pedirle que revisara la suspensión de Folarin Balogun, expulsado ante Bosnia y Herzegovina, y la FIFA cedió de nuevo. La primera vez desde 1962, un jugador expulsado puede jugar el partido siguiente en plena disputa de una Copa del Mundo no por razones de juicio deportivo sino de presión presidencial. El cajón se abrió solo.