Para los que nacimos a finales de los ochenta y principios de los noventa, ser un buen millennial implica llevar grabado a fuego un recuerdo que huele a vacaciones: las mañanas de verano frente al Club Megatrix. Los nacidos entre 1981 y 1996 pertenecemos a la última generación que se sabía de memoria la hora exacta a la que empezaban sus series favoritas porque, si te las perdías, no había un botón de ‘ver desde el principio’.El verano no empezaba oficialmente cuando daban las notas en el colegio ni cuando hacíamos por fin la maleta para ir al pueblo o a la playa. El verano arrancaba la primera mañana que te levantabas sin la presión del despertador. La bendita época en la que madrugar en sábado no era un castigo porque te tirabas en el sofá del salón y sintonizabas Antena 3. Allí estaban ellos, unos presentadores como Natalia de OT, Jordi Cruz, Ingrid Asensio o Daniel Diges que sentíamos como hermanos mayores, dándonos la bienvenida a nuestro propio paraíso televisivo. El Club Megatrix no era solo un programa contenedor de series, era el ecosistema en el que habitábamos durante tres meses con total libertad absoluta en horario de 7.00 a 10.00 de la mañana de lunes a viernes y de 7.00h a 14.00 los sábados y los domingos. La nostalgia golpea con más fuerza cuando recordamos sus ediciones estivales en el parpadeo catódico de una televisión de tubo. El programa se trasladaba a un parque acuático y observábamos aquellas yincanas imposibles en las piscinas del Aquópolis. Toboganes gigantes en los que niñes competían llenos de espuma y agua. En el fondo, se sentía una profunda envidia, de esa, que solo se tiene a los diez años. A lo mejor, soñábamos con ser alguna vez uno de ellos empapados de agua que superaban pruebas bajo el sol mientras España entera te miraba desde sus casas. Un carnet que daba estatusPero si había algo que definía la experiencia, el verdadero símbolo de estatus de aquella época, era el carnet de socio del Club Megatrix. Hacerse socio no era un mero trámite, era un contrato de lealtad. Rellenar aquel cupón, enviarlo por correo ordinario y esperar semanas (que quizá en nuestra cabeza parecían décadas) hasta que el cartero dejaba en tu buzón ese codiciado trozo de plástico. Ese carnet —que te hacía más grande— te daba acceso a la revista y a sorteos, que casi nunca tocaban, aunque cabía la posibilidad de que el día de tu cumpleaños apareciera tu nombre escrito con letras de colores rodando por la parte inferior de la pantalla. Cuántas mañanas habremos pasado dejándonos los ojos clavados en ese rótulo luminoso, esperando ver nuestro nombre. Sentías que si salías ahí, ya habías triunfado en la vida. Entre juego y juego, llegaban las series que nos moldearon. A mí, en concreto, Punky Brewster, Dragon Ball, Power Rangers o el El Principe de Bel-Air. Conseguían que nos quedáramos tontos enganchados a la pantalla durante horas. Nos enseñaban cómo podría llegar a ser nuestra adolescencia, y algunas, hasta se convirtieron probablemente, en nuestra primera educación sentimental. Aquellas mañanas se estiraban como un chicle hasta que el calor apretaba y se acercaba la hora de comer. Recuerdo perfectamente cuando Megatrix terminaba y daban paso a Los Simpson. Sabíamos justo en ese momento que la mañana había llegado a su fin. Era la señal universal para ir a poner la mesa antes de que tu abuela te lo pidiera. El tiempo ha pasado demasiado rápido y atrapados entre las responsabilidades, los correos de trabajo y la velocidad despiadada de la vida adulta, cuando miro hacia atrás, y recuerdo el Club Megatrix, no voy a mentir, duele un poco. Supongo que echar de menos aquel programa no es solo extrañar unas series o un carnet de colores. Puede que sea llorar por un tiempo en el que los veranos parecían eternos y nuestra mayor urgencia era no perdernos el siguiente capítulo. En el que la felicidad pudiera consistir en tener la mañana libre, el pijama puesto y el mando a distancia en nuestras manos.