“Fuck”, se lamenta Gary Campbell, inglés de Blackpool, que no trepó en soledad a los últimos escalones del Azteca, aún más alto que los 2.400 metros sobre el nivel del mar de la Ciudad de México. Vestido con una camiseta de su selección modelo 1998 con el nombre de Michael Owen, Gary llegó desde su ciudad del noroeste de Inglaterra con un grupo de amigos con los que ya fueron a ocho Mundiales juntos y, un detalle no menor, con un bombo, un instrumento para el aliento que reconoce a las hinchadas convencidas de que los partidos se ganan dentro de la cancha y en las tribunas, también en los Mundiales.Aunque Gary lanza un insulto porque la megafonía del Azteca acaba de anunciar que el inicio del partido se retrasará una hora por la tormenta eléctrica que cada tarde se descarga sobre la capital mexicana, y de ahí su lamento, no deja de hacer sonar su bombo, el que guía los gritos de los 3.000 peregrinos ingleses que tienen una misión titánica: hacer silenciar a un México que tiene 77.000 hinchas aquí, un millón enfrente del Ángel de la Independencia y decenas de millones en el resto de la capital y del país.Los inventores del fútbol, que tienen cultura del fútbol, se ubican en la tribuna más lejana del arco en el que Diego Maradona hizo sus dos goles más famosos en el último partido de Inglaterra en el Azteca, hace 40 años. Uno de los hinchas que soportaron aquella derrota ante Argentina en 1986 también vuelve este domingo: se llama Darryl y llegó desde Jersey, una isla en el Canal de la Mancha. “Hace 40 años estaba acá atrás, muy cerca. Me fui llorando”, dice a sus 62 años y en su undécimo Mundial como hincha: el primero fue aquel de México 1986.Darryl tendría todo el derecho a recordar con amargura aquel 22 de junio de 1986 y, sin embargo, lo hace con orgullo, como si las derrotas fueran las arrugas de los hinchas que fueron fieles a su causa. “No, no vi la mano de Maradona acá, en el estadio. Recién cuando volví a un bar del centro de México entendí lo que había pasado. Estaba muy lejos, no había pantallas gigantes ni celulares. Antes en el Azteca entraban 115.000 personas, estábamos todos parados, y ahora 80.000. Pero sigue siendo mítico", agrega este hincha de Liverpool. “Tengo 62 años, así que es un regreso muy especial para mí. Entonces era un chico de 22, pasaron 40 y nunca dejé de ver a Inglaterra en los Mundiales”, dice, cuando arranca el partido y el bombo de Gary no deja de sonar para dirigir el “En-gland” que ruge acompañado por golpes de palma sobre la cabeza.Es un partido que los ingleses miran mordiéndose las uñas, o que a veces ni siquiera miran: mejor agacharse y ponerse de cuclillas en cada ataque de México, aunque muchos hayan pagado una pequeña fortuna. Atrás ya habían quedado las canciones que la organización había elegido para entretener al público, aunque la mayoría de los ingleses ya estaban entretenidos con la cerveza. Oasis, Queen y Depeche Mode para los visitantes, Juan Gabriel, Bobby Pulido y Maná para los locales. El “sabes cómo te deseo”, de Maná, aplica para la victoria de los dos equipos.Quien no la pasa tan bien, y también tiene relación con Maradona y México 86, es Attila Szalay-Berzeviczy, un húngaro al que lo moviliza un deseo extraño, entre lo ingenuo y lo sádico: ver todo el partido en medio de los ingleses con una camiseta argentina, y no cualquiera. Viste una albiceleste modelo 1986 y con el 10 en la espalda, o sea la del verdugo de hace 40 años de sus compañeros de tribuna. A Attila, cuyo país no clasificó al Mundial, pero su amor por el futbol igual lo trajo a México, lo invitan a irse. “Amo a Maradona, pero pensé que los ingleses eran más tolerantes”, se retira del sector inglés resignado en búsqueda de sentirse aceptado entre los mexicanos. Tras los goles en cadena de Jude Bellingham en el arco de las dos obras de Maradona, el partido en las tribunas solo parece empatado en el lanzamiento de vasos de cerveza de un lado a otro como agresión a distancia. Ya dejó de llover en México, pero los hinchas se mojan todavía más. El equipo del Vasco Aguirre, sin embargo, no se resigna, y también hay cataratas de goles allá abajo: Quiñoñes, Kane y Jiménez. México canta “¿y si sí?”.Darryl grita los goles ingleses y sufre los ajenos, como si fuera un exorcismo. Inglaterra, en cierta forma, necesita purificarse de tanto amague sin concreción en los Mundiales. Gary, que está en su octava Copa del Mundo seguida, no deja de hacer sonar su bombo. Sus amigos, entre los cuales hay uno que está por su décimo Mundial —siempre presente desde Italia 90—, lo siguen y no dejan de cantar el In Ger Land, la misa inglesa de cada Mundial. Todos ellos tienen una misión: que Inglaterra les haga ganar el primer Mundial de sus vidas y no están dispuestos a que ni México, ni la altitud ni el Azteca ni el recuerdo de Maradona ni la expulsión de Quansah ni el penal polémico a favor de los locales ni los 11 minutos de descuento (que fueron 13) lo impidan.Al final de la noche, y del Mundial en México —y de la selección de México—, ya no hay fucks en esta porción blanca del Azteca. “It’s coming home”, grita la hinchada, una canción que hace referencia al Mundial 66, el único ganado por Inglaterra, como si la segunda estrella estuviese en camino hacia el país que inventó el fútbol. Luego Kane invita a sus muchachos a que salten los carteles de publicidad e Inglaterra se convierte en un país apretado gritando Wonderwall, de Oasis, que a su modo le ganó el duelo de redes a Maná. Luego suena Hey Jude, mientras las pantallas muestran a Bellingham.En todo caso, el único hincha que empezó el partido en la tribuna inglesa y la tuvo que dejar con un lamento es Attila, el húngaro con la camiseta de Maradona. Darryl disfruta su revancha, 40 años después.