La masacre de Palomitas ocurrió el 6 de julio de 1976, cuando la dictadura sacó a once presos del penal de Villa Las Rosas bajo la excusa de un trasladoHabían pasado poco más de cien días del golpe cívico militar que derrocó a la presidenta constitucional María Estela Martínez de Perón y el plan sistemático de represión ilegal implementado por la dictadura marchaba a todo vapor cuando la mañana del 6 de julio de 1976 Braulio Pérez, director del penal de Villa Las Rosas, en la provincia de Salta, fue convocado al despacho del jefe de la guarnición militar, coronel Carlos Alberto Mulhall, para recibir una orden directa. El militar le dijo que esa tarde se realizaría un traslado de presos, sin aclararle la cantidad ni la identidad de los trasladados. Simplemente le ordenó que siguiera las instrucciones del oficial a cargo del operativo.Julio de 1976 fue un mes clave en la aceleración y la profundización de la escalada de exterminio de la disidencia política, social y gremial. Dos días antes de que el coronel Mulhall citara a Braulio Pérez, un grupo de tareas había irrumpido en la Iglesia de San Patricio, en el barrio porteño de Belgrano, y ejecutado a balazos a tres curas y dos seminaristas relacionados con el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Esa masacre, que en ese momento se intentó hacer pasar como una “operación perpetrada por elementos subversivos”, fue en realidad un pretendido acto de venganza por un atentado con explosivos realizado el 2 de julio en el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal, con un saldo de 23 muertos.PUBLICIDADPor entonces, el jefe de la Policía Federal, general Arturo Corbetta, se negaba a que la fuerza se sumara a la represión ilegal y pretendía que actuara “con el Código Penal en la mano”. Después de la masacre de los curas palotinos, no solo se mantuvo en esa postura, sino que desplazó a dos jefes policiales sospechados de haber liberado la zona para que el grupo de tareas pudiera actuar sin ser molestado. Luego de eso, Corbetta fue desplazado y reemplazado por el general Edmundo Ojeda, dispuesto a actuar sin poner ningún reparo. El “traslado” de presos del penal de Villa Las Rosas se produjo el mismo día de ese reemplazo y no demoró en ser leído como otra represalia por el atentado contra la Superintendencia de Seguridad Federal.El supuesto traslado de presos fue leído como una represalia por el atentado del 2 de julio en la Superintendencia de Seguridad Federal, que dejó 23 muertosEran las 19.45 del 6 de julio y hacía rato que había oscurecido cuando llegó al penal un grupo de militares al mando del capitán Hugo Espeche, que le entregó a Pérez una orden escrita y la lista de los detenidos que debía trasladar. Era evidente que los uniformados eran oficiales del Ejército, pero no llevaban insignias que permitieran determinar sus grados. En cuanto a quiénes eran, salvo en el caso de Espeche era imposible saberlo, porque se llamaban entre sí por apodos, una de las tantas medidas con las que intentaban mantener ocultas sus identidades los grupos de tareas encargados de la represión ilegal.PUBLICIDADPese a que no llevaba insignias en el uniforme, quedaba claro que Espeche era el encargado de dar las órdenes a todos, incluido el director de la cárcel. A Pérez le dijo que debía sacar de sus puestos a todos los penitenciarios encargados de controlar el acceso al penal, con la excepción de los guardias de los muros; también debía apagar todas las luces del lugar, salvo las del pabellón donde estaban los presos que iban a ser trasladados. Dicho esto le dio una lista con once nombres, los de los hombres y las mujeres que se llevaría: Celia Raquel Leonard de Ávila, Evangelina Botta de Nicolai, María Amaru Luque de Usinger, María del Carmen Alonso de Fernández, Georgina Graciela Droz, Benjamín Leonardo Ávila, Pablo Ouetes Saravia, José Ricardo Povolo, Roberto Luis Oglietti, Rodolfo Pedro Ussinger, y Alberto Simón Zavarnsky.PUBLICIDADMinutos después los sacaron de las celdas, uno detrás del otro, con solo la ropa que llevaban puesta. A Celia Leonard de Ávila le quitaron el hijo de meses que tenía en sus brazos y se lo entregaron a su hermana Nora, que también estaba presa en el penal. En medio de la oscuridad, los empujaron por los pasillos hasta el patio, donde los subieron a un camión que ya estaba con el motor en marcha. El camión cargado de presos salió del penal y se sumergió en las tinieblas rumbo al lugar elegido para terminar el operativo, que distaba de ser un simple traslado desde una cárcel a otra.El represor Hugo César Espeche falleció a los 75 años en abril de 2021. En diciembre de 2010 había sido condenado a reclusión perpetua por la Masacre de PalomitasAl mismo tiempo que el grupo al mando del capitán Espeche sacaba a los presos del penal de Villa Las Rosas, a pocos kilómetros de ahí un grupo de uniformados realizaba un control de vehículos en la ruta que une la localidad de Güemes con la capital provincial. En realidad, necesitaban robar autos para montar una escena que les permitiera encubrir un asesinato en masa a sangre fría.PUBLICIDADEligieron los autos casi al azar. Primero detuvieron un Torino conducido por Héctor Mendilaharzu y poco después a una camioneta Ford F-100 donde viajaban Martín Julio González y su hermano. En los dos casos los hicieron bajar y, apuntándoles con armas largas, les dijeron que eran un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y que necesitaban los vehículos para una operación de rescate. Los ataron, los amordazaron y los llevaron a un monte cercano, donde quedaron custodiados durante aproximadamente dos horas, hasta que los dejaron ir. Los tres liberados corrieron a campo traviesa, sin mirar atrás, aterrorizados. Poco después, el convoy que “trasladaba” a los detenidos y los dos vehículos supuestamente secuestrados por el ERP confluyeron en el paraje Palomitas, sobre la ruta 34, a unos 25 kilómetros de la ciudad de Güemes. Estaba todo listo para montar la escena: los fusilamientos a sangre fría de once personas disfrazados de muertes durante un enfrentamiento entre militares y “subversivos” que intentaban rescatar a los presos. PUBLICIDADLa mañana del 7 de julio, por aviso de alguien que pasaba por allí, el Torino y la F-100 fueron “encontrados” a la vera del camino. Había cápsulas servidas por doquier. Las carrocerías tenían muchos impactos de bala y manchas de sangre. En uno de los asientos de la F-100 se encontraron restos de masa encefálica y una falange. A primera hora de la tarde, un comunicado de la Guarnición Militar Salta informó sobre un “enfrentamiento con fuerzas subversivas” que habían intentado rescatar a los detenidos mientras los trasladaban. Era un discurso que se empezaba a repetir y que pronto se convertiría en una sangrienta caricatura: todos los “subversivos” morían en combate mientras que, llamativamente, nunca se contaban bajas entre las “fuerzas legales”. Era la manera de encubrir las ejecuciones haciéndolas pasar como enfrentamientos.PUBLICIDADEso fue la “masacre de Palomitas”, como se la llamó de inmediato. Las investigaciones posteriores dejaron en claro que ninguno de los militares que participaron del supuesto “enfrentamiento” había recibido heridas y que ninguno de los vehículos que formaban parte del convoy de “traslado” tenía impacto de balas. En cuanto a los supuestos integrantes del comando del ERP que secuestró las camionetas para rescatar a los presos, nunca más se supo de ellos. Los únicos cadáveres que se encontraron eran de los presos que supuestamente iban a ser trasladados.Los cuerpos de las víctimas fueron apareciendo poco a poco en diferentes lugares a raíz de denuncias de testigos que presenciaron extraños enterramientos de cuerpos humanos llevados en bolsas a cementerios de Salta, Jujuy y Tucumán. Las autopsias determinaron que, en todos los casos, las víctimas habían sido golpeadas salvajemente y ejecutadas con disparos realizados de arriba hacia abajo, es decir, cuando estaban arrodilladas. PUBLICIDADLos restos de dos de las cinco mujeres fusiladas siguen sin ser encontrados: son los de Georgina Graciela Droz y Evangelina Botta de Nicolai. La maniobra de ocultamiento se cerró con certificados de defunción firmados por un médico llamado Quintín Orué, un nombre que llamativamente no figuraba ni figura en los registros profesionales de la Argentina.Una postal del primer acto en conmemoración de las vícimas en el paraje de Palomitas, 6 de julio de 1984, al año siguiente del regreso a la democracia
A 50 años de la “masacre de Palomitas”: once detenidos sacados de la cárcel en la oscuridad y ejecutados en un falso enfrentamiento
El anochecer del 6 de julio de 1976, cinco mujeres y seis hombres fueron “trasladados” desde el penal de Villa Las Rosas, en Salta. Los llevaron en un camión del Ejército hasta un paraje desierto y los fusilaron para luego disfrazar sus muertes como el resultado de un tiroteo con integrantes del ERP durante un intento de fuga. La demoledora carta de una sobreviviente















