La Masacre de Ezeiza fue un primer ensayo del terrorismo de Estado que, menos de un año después, sectores del peronismo en el Gobierno –utilizando los recursos del Estado y en coordinación con las fuerzas de seguridad– desatarían a través de grupos parapoliciales como la Triple A y la Concentración Nacional Universitaria (CNU)Debía ser una fiesta popular, pero al final del día ya se había escrito con sangre que la jornada del 20 de junio de 1973, que se había imaginado gloriosa, quedaría en la historia como una de las más trágicas de la vida política del país. Era el tercer y definitivo retorno de Juan Domingo Perón a la Argentina después del frustrado regreso de 1964, cuando fue detenido en Brasil y obligado a volver a Madrid, y de la lluviosa vuelta del 17 de noviembre de 1972, cuando la dictadura que encabezaba Alejandro Agustín Lanusse había puesto todas las barreras posibles para que el líder justicialista tomara contacto directo con el pueblo. Seis meses después, Héctor J. Cámpora, el hombre que el propio Perón había elegido, ejercía la presidencia y nada podía impedir que millones de argentinos recibieran al General en una celebración histórica.Desde la noche anterior, centenares de miles de personas venían marchando hacia Ezeiza: amas de casa, obreros, empleados, estudiantes, ancianos, niños, inválidos, militantes, curiosos, todos para ser testigos del esperado retorno. Y el clima era de verdadera fiesta hasta que el alegre sonido de los cánticos y las consignas fue aplastado por el de las balas. Al final del día se contabilizaban decenas de muertos y cientos de heridos por los disparos de grupos de la ultraderecha política y sindical del peronismo que, sostenidos logísticamente y amparados por diversas reparticiones del propio Estado, atacaron a la multitud. Fue una emboscada tan brutal como sangrienta.PUBLICIDADLa masacre de Ezeiza fue, en ese sentido, un primer ensayo del terrorismo de Estado que, menos de un año después, sectores del peronismo en el gobierno —utilizando los recursos del Estado y en coordinación con las fuerzas de seguridad— desatarían a través de grupos parapoliciales como la Triple A y la Concentración Nacional Universitaria (CNU), entre otros. En los días subsiguientes —sobre todo después del discurso del 21 de junio pronunciado por Perón a través de la cadena nacional— también quedaría clara otra cosa: que el equilibrio político que Juan Domingo Perón había mantenido desde el exilio aglutinando dentro de la resistencia a sectores con proyectos políticos e ideológicos totalmente divergentes estaba roto para siempre.Desde la noche anterior, centenares de miles de personas marchaban hacia Ezeiza: amas de casa, obreros, empleados, estudiantes, ancianos, niños, inválidos, militantes, curiosos, todos para ser testigos del esperado retorno definitivo de PerónPoco más de tres meses antes, el 11 de marzo, un aluvión de votos había consagrado a la fórmula del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) y, el 25 de mayo, Héctor J. Cámpora asumió la presidencia en un clima de fiesta y expectativa popular. Recuperada la democracia, el país entero esperaba el regreso definitivo de Perón, programado para el 20 de junio, aniversario de la muerte del general Manuel Belgrano, el Día de la Bandera.PUBLICIDADEn la superficie todo era armonía, pero por debajo las pugnas entre los distintos sectores del peronismo se iban agudizando día tras día. Para organizar la fiesta del regreso se conformó una comisión cuya composición marcaba un desequilibrio evidente en la importancia de cada sector dentro del movimiento peronista. La convivencia festiva en el avión de Alitalia que había traído momentáneamente de regreso al general en el exilio en noviembre del año anterior era ahora una lucha tensa por acumular posiciones de poder.La derecha política y sindical ocupaba casi todos los puestos. Juan Manuel Abal Medina, Norma Kennedy, el coronel (RE) Jorge Osinde, José Rucci y Lorenzo Miguel, los integrantes de esa comisión, decidieron que el palco para recibir a Perón se emplazaría en el cruce de la Autopista Ricchieri y la ruta 205 para permitir el acceso y participación de los millones de argentinos que acudirían a ver a su líder en el regreso definitivo. PUBLICIDADEn cambio, las banderas y pancartas que enarbolaba la multitud que marchó el 20 de junio mostraban que, en la calle, las fábricas y los barrios, los peronistas de a pie se alineaban de otro modo. Hoy para muchos argentinos esas siglas parecen jeroglíficos tan grandes como indescifrables, pero por entonces todo el mundo las identificaba: JP, JRP, FAR, Montoneros, ERP 22 de agosto, ATE, Atsa, banderas sindicales, de agrupaciones, de la FUA, la Fulp, el Faep, el Furn y cientos más pintando un fresco de letras que ondeaban en el aire de un día frío pero apacible y soleado.Clarín anunciaba el retorno definitivo del líder justicialista luego de 18 años de exilioMientras tanto, en las sombras se preparaba la tragedia. El palco montado para proveer información por altoparlantes estaba cerca del Puente 12, Ciudad Evita, a poca distancia del aeropuerto donde debían llegar Perón, su esposa, el presidente Cámpora, el secretario privado López Rega y los sindicalistas José Rucci y Lorenzo Miguel, titulares de la CGT y las 62 Organizaciones Peronistas, respectivamente. La locución estaba a cargo nada menos que de Leonardo Favio, uno de los artistas emblemáticos del peronismo.PUBLICIDADEn los alrededores del palco los encargados de “seguridad” de la Comisión Organizadora, Norma Kennedy y el coronel Osinde, se paseaban impacientes, dando órdenes a sus “tropas”, integradas por cientos de matones sindicales, militantes del CdeO, de la Alianza Libertadora, militares y policías retirados y algunos mercenarios franceses contratados por Ciro Ahumada, un excapitán del Ejército que había participado de la resistencia peronista y en algún momento empezó a trabajar para los servicios de inteligencia del Estado. Estaban armados con fusiles Fal, subametralladoras Uzi, Ingram y Halcón. El operativo paramilitar contemplaba también una retaguardia: unos días antes habían ocupado el Hogar Escuela Santa Teresa, ubicado a unos 600 metros del palco y que tenía facilidades para albergar a cientos de chicos internados. Los pibes fueron testigos de cómo se instalaron las patotas en las dependencias destinadas a estudiar y dormir.PUBLICIDADEl jefe operativo de esa variopinta banda de facinerosos era Alberto Brito Lima, proveniente de la resistencia y de las primeras agrupaciones de la Juventud Peronista y decidido a barrer del mapa a la militancia de la izquierda peronista. El operativo estaba centralizado por el propio Osinde y por Norma Kennedy, instalados en el Hotel Internacional de Ezeiza, protegidos por una desmedida custodia que exhibía una verdadera colección de armas largas. Había también ambulancias preparadas, pero no para socorrer a posibles accidentados sino para guardar más armas.La foto que pasó a la historia como símbolo de la masacre de Ezeiza: un hombre flaco al que están izando, tirándole de los pelos, desde la parte superior del palco para matarlo ahí, mientras intenta resistir. Esta imagen traspasó fronteras y fue vista en todo el mundoCuando ya pasó más de medio siglo, sigue sin precisarse cuánta gente se juntó ese miércoles en los alrededores de Ezeiza. Los diarios del día siguiente hablarían de tres millones. Años después la cifra fue revisada a la baja, pero hasta los cálculos más conservadores siguieron hablando de un millón: fue, sin duda, la mayor reunión de la historia argentina.PUBLICIDADEl ala izquierda del peronismo estaba presente con sus máximos dirigentes. Habían instalado su puesto de comando, estaba en un ómnibus cubierto de banderas de FAR y Montoneros estacionado en las cercanías del Puente 12. Allí estaban Roberto Quieto y Marcos Osatinsky, máximos dirigentes de FAR, y también Mario Firmenich, número uno de Montoneros. Aunque había rumores de que la ultraderecha preparaba algo, las previsiones de seguridad del grupo eran mínimas: apenas una veintena de militantes con algunas armas para autodefensa, pero sin ninguna previsión del ataque que habían montado los grupos parapoliciales.PUBLICIDADMientras tanto, el avión que traía a Perón estaba en vuelo y el clima aún estaba calmo. Desde el escenario, Leonardo Favio decía: “¡Compañeros, vamos a ensayar el recibimiento que le vamos a dar al general Perón cuando llegue a este palco!”. El cantante y director de cine, peronista de pura cepa, había sido nombrado “encargado de Ornamentación” del acto y, a su lado, estaba el locutor Edgardo Suárez, otro reconocido militante justicialista.Juan Manuel Abal Medina, Norma Kennedy, el coronel Jorge Osinde, José Rucci y Lorenzo Miguel, los integrantes de la comisión encargada de organizar la bienvenida, decidieron que el palco para recibir a Perón se emplazaría en el cruce de la Autopista Ricchieri y la ruta 205 para permitir el acceso y participación de los millones de argentinos que acudirían a ver a su líder