La inteligencia artificial (IA) apenas ha comenzado a caminar, pero los economistas empiezan a sacar conclusiones, algunas de ellas preocupantes. Es lo que hace el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) en su último informe anual, donde alerta sobre el riesgo de que la IA restrinja la producción y, en último extremo, la demanda interna, que es la clave de bóveda del sistema económico. El BIS —una especie de banco central de los bancos centrales— reconoce los avances en términos de productividad que incorpora la IA, pero dicho esto advierte que el progreso de la inteligencia artificial en tareas automatizadas puede no traducirse en un crecimiento agregado más rápido “si las tareas esenciales realizadas por humanos frenan la producción”. Lo razona de la siguiente manera. A medida que la IA avanza, la automatización desvía cada vez más los ingresos de los consumidores, que en lugar de adquirir bienes y servicios se ven inmersos en operaciones relacionadas con la inteligencia artificial. O expresado de otra forma, “la base de consumidores podría reducirse a medida que se expande la capacidad productiva”. El consumo privado, hay que recordar, supone más del 50% del PIB en los países avanzados. Esto es así porque las empresas, conscientes de la contracción del mercado futuro de bienes y servicios producidos por IA, “podrían considerar poco rentable invertir en la innovación y en la automatización de la siguiente tarea”. En ese contexto, la productividad se estancaría, aunque no por limitaciones tecnológicas, sino por la falta de demanda (menor inversión) que justifique una mayor expansión de la capacidad. Su conclusión es que “el cuello de botella de la demanda se convierte en la principal limitación” para el crecimiento. Tendencias históricas En este escenario de cuello de botella, el crecimiento de la producción aumenta antes de caer por debajo de su tendencia histórica a largo plazo (alrededor del 2% anual), a medida que la automatización se estanca. Es más, dado que cada trabajador desplazado es también un consumidor perdido, “el gasto que recompensa la innovación finalmente se reduce, lo que lleva a una desaceleración”. Según sus estimaciones, en el escenario de IA transformadora, donde la inteligencia artificial se convierta en un motor de crecimiento, la producción se expandiría exponencialmente, pero la participación de la mano de obra tendería a reducirse “hasta casi cero”, lo que explica la caída de la demanda interna (consumo público y privado e inversiones). TE PUEDE INTERESAR Esto es lo que le lleva a decir a los economistas del BIS que “la transición hacia una economía más productiva impulsada por la IA conlleva riesgos”. En concreto, y a medida que las herramientas de la inteligencia artificial más capaces se aplican a más tareas y ocupaciones, el desplazamiento laboral “podría intensificarse”. El informe admite que aún no se sabe con certeza si los avances en IA crearán nuevos empleos —o aumentarán la demanda de los existentes— lo suficiente como para compensar dichos desplazamientos. Esto es así porque, frente a lo que sucedió con las tecnologías del pasado durante anteriores revoluciones, la IA compite directamente con las capacidades cognitivas humanas, lo que podría limitar las oportunidades de los trabajadores para ascender en la cadena de valor o encontrar nuevas tareas que no se vean afectadas. Hasta la fecha, continúa el documento, estos desplazamientos laborales disruptivos aún no se han producido a gran escala. Sin embargo, hay indicios de posibles ajustes futuros. Ahora mismo, cada vez más empresas reconocen las posibles ganancias de productividad derivadas de la IA, lo que indica su intención de automatizar una proporción cada vez mayor de los procesos de producción y participar en la sustitución de mano de obra. En consonancia con ello, en EEUU, aunque el análisis vale para cualquier país, los sectores con mayor exposición a la IA también han experimentado mayores ganancias de productividad, en parte a costa de un menor crecimiento del empleo en comparación con otros sectores. Efecto expulsión Hay otro efecto no menos preocupante, y que tiene que ver con el llamado crowding out, tradicionalmente aplicado al sector público. Es decir, cuando el gasto público expulsa al sector privado de la financiación al elevar los tipos de interés. Según el BIS, a corto plazo, el auge de la inversión en IA plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de la actual expansión económica. Pone un ejemplo. Los cinco mayores proveedores de servicios en la nube a gran escala invertirán más de un billón de dólares en gastos de capital relacionados con la IA entre 2025 y 2026. Estos compromisos superan los beneficios y el flujo de caja libre de estas empresas, lo que lleva a algunas a emitir deuda para obtener financiación adicional. La consecuencia es que solo un pequeño número de empresas con tecnología superior dominará finalmente las cuotas de mercado. Es más, sostiene, la intensa competencia entre ellas aumenta el riesgo de que las empresas “sobrecarguen sus recursos con proyectos de inversión cuyos rendimientos aún son inciertos, lo que las deja vulnerables a decepciones en los beneficios de la IA”. O dicho de otro modo: a medida que la presión competitiva impulsa el gasto de capital, el superávit económico neto —el beneficio total menos los costes de inversión— disminuye para el sector en su conjunto y podría volverse negativo en escenarios adversos. TE PUEDE INTERESAR Hay más. Otro riesgo es que el auge de la IA se encuentre con obstáculos en la cadena de suministro. Lo que se sabe es que la inteligencia artificial se ha enfrentado recientemente a crecientes cuellos de botella en el suministro eléctrico, los semiconductores avanzados y los equipos de red. De hecho, la creciente demanda de capacidad de procesamiento —principalmente a través de los centros de datos— ya está presionando los precios de la electricidad y los costos de los insumos, con posibles repercusiones en la inflación. De cara al futuro, advierte el BIS, estas carencias temporales también podrían intensificar la sobreinversión, ya que las empresas intentarán asegurar su capacidad futura mediante contratos a largo plazo que las expondrán aún más a cualquier decepción en la demanda. El BIS tira de historia y recuerda que los episodios de auge de la inversión ofrecen paralelismos a tener en cuenta. La fiebre de los canales en la década de 1830, la fiebre ferroviaria británica en la década de 1840, la euforia por la electrificación de finales de la década de 1920 (los locos años veinte) y el auge de las puntocom a finales de los 90 compartieron una característica común: un auténtico avance tecnológico que atrajo capital en exceso de lo que la rentabilidad comercial podía justificar. Estos episodios culminaron con una eventual reversión de la inversión, lo que provocó recesiones en toda la economía. La magnitud y el ritmo del actual auge de la inversión en IA, junto con las expectativas de grandes beneficios en productividad, finaliza el BIS, “asemejan a estos precedentes, lo que pone de relieve los posibles riesgos a la baja a corto plazo". La inteligencia artificial (IA) apenas ha comenzado a caminar, pero los economistas empiezan a sacar conclusiones, algunas de ellas preocupantes. Es lo que hace el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) en su último informe anual, donde alerta sobre el riesgo de que la IA restrinja la producción y, en último extremo, la demanda interna, que es la clave de bóveda del sistema económico.