Jos� Mesa mira de vez en cuando el v�deo de su hija, L�a Valentina, de tres a�os. Se lo hicieron sus abuelos unos minutos antes del doble terremoto del D�a de San Juan, con toda la boca manchada de chocolate, tan feliz, rebosante de alegr�a. Despu�s el mundo se vino abajo. El edificio El Jurel, en Playa Grande, aguant� las embestidas brutales de la naturaleza pero lo hizo a duras penas, retorci�ndose de forma siniestra. Hoy parece como si un gigante se hubiera sentado encima de �l. Desde ese d�a su padre lucha contra el destino y lo hace con sus manos, con los arneses y las cuerdas que le han tra�do voluntarios y amigos. Su subida hasta el piso 11 donde est�n L�a y sus dos abuelos es mucho m�s que temeraria, se juega una y otra vez la vida. As� busca Jos� Mesa a su hija de tres a�os entre los escombros de Venezuela"Si lo conseguimos y est�n muertos, pues te resignas, pero es no somos Dios para saberlo. S� conseguimos con vida a la perrita que estaba m�s abajo. Hay apartamentos que tienen c�maras de aire, los llaman tri�ngulos de vida. Para m� L�a est� viva y voy a seguir luchando", asegura Mesa a EL MUNDO, con esa fe inquebrantable exclusiva de padres y madres. Eso s�, la lucha de este hombre y de tantos otros tambi�n lo es contra el desamparo, pese a que ya han pasado 10 d�as de la gran tragedia. "Nadie nos colabora para subir a la estructura, pero all� arriba hay muchas personas todav�a. Nos sentimos solos, con apenas nuestras manos, haciendo lo posible. S�lo voluntarios que han apoyado con herramientas y comida. De parte del Gobierno, nada, ni rescatistas. Necesitamos m�quinas, una gr�a telesc�pica. Se lo agradecemos, por favor", describe el padre h�roe, cuya voz pudiera parecer resignada ante el dolor, pero sus actos demuestran todo lo contrario.A lo largo y ancho de La Guaira, en la zona cero de una de las mayores tragedias naturales del continente, florecen miles de historias como la de Jos� y L�a. Equipos de rescate luchan todav�a en algunos lugares con sus milagros para un pa�s que los necesita m�s que nunca. Pero hay muchas zonas abandonadas a la mano del Dios que tantas veces citan los venezolanos. Hay gente que incluso contrata maquinaria pesada en otros puntos del pa�s ante la inasistencia del Estado. Daniel Fern�ndez busca a su hijo Emmanuel entre los escombros del edificio Luisa C�ceres de Arismendi, en Playa Grande.DANIEL LOZANOElide Castillo se acerca al reportero, tambi�n quiere que se conozca "mi triste historia". Cuando la mujer lleg� desde Valencia para asistir a su familia conoci� su destino gracias a vecinos como Jos�, quienes durante horas escucharon los gritos y lamentos de su yerno. "Permaneci� dos d�as y medio con vida, atrapado entre los escombros. La soluci�n era amputarle una pierna, pero lo dejaron morir", confirma la mujer. El relato es tan escabroso que el nudo de la garganta se vuelve insoportable. "A mi nieto de 18 a�os s� lo rescataron y lo llevaron al Hospital Naval y tambi�n lo dejaron morir. No hab�a ni suero, ni ox�geno. Falleci� a las 10 horas. Mi hija, mi yerno y mi otro nieto siguen ah� dentro, pero se les ve. S�lo me han entregado una mano de cada uno, se las amputaron como prueba para el CICPC (polic�a judicial)", explica con rabia. Los dos vecinos coinciden: "No queremos que haya m�s muertos (por lo peligroso del rescate), pero tienen que conseguir una forma de sacarles". La carrera contrarreloj no ha cesado, aunque se haya traspasado esa barrera famosa de las 100 horas. Tanto Elide como Jos� se rebelan al ver c�mo distintos cuerpos gubernamentales presencian sentados y en la distancia su lucha por la vida y la dignidad. "Que no pierdan la esperanza. Dios sigue regalando vida", apunta la m�dico Mariannys Ortiz, que han llegado desde Anzo�tegui (a cinco horas) con varios compa�eros para asistir in situ a sus hermanos venezolanos. Uno de los edificios destrozado por los terremotos.DANIEL LOZANOEs la misma esperanza que guardan en sus corazones Daniel Fern�ndez, padre de Emmanuel (10 a�os), y Norma Rojas, la madre de Diego Casella (20), ambos desaparecidos en las torres semidesplomadas del urbanismo Luisa C�ceres de Arismendi, en Catia La Mar. Emmanuel estaba jugando con sus cuatro amigos cuando estall� la tragedia. Algunos les vieron en la cancha de abajo, otros en la casa de uno de ellos. Su familia ha pegado carteles por toda la zona y ha acampado justo en frente del inmenso bloque, que exhibe en sus entradas destruidas la vida de todas esas familias. "Yo mismo ando buscando entre los escombros a mi chamo (chico). Y hemos sacado a bastantes, vivos y muertos", asegura Daniel a este peri�dico. Norma Rojas est� tan indignada que elige al reportero para que el mundo conozca sus distintas desgracias. Por fin ha logrado dormir en una colchoneta donada por la iglesia porque previamente le hab�an negado un colch�n por no ser del Gobierno. La mujer se encar� frente a un grupo de agentes gubernamentales, que se pasean con sus fusiles o permanecen sentados mirando sus tel�fonos, y les reconvino: "�Hagan algo! Parecen mu�ecas de porcelana". Una s�bana con un r�tulo pintado pidiendo ayuda.DANIEL LOZANO"Yo voy a sobrevivir para denunciar todo esto", sentencia Rojas con su c�ctel de emociones, tanta ira como dolor. Los �nimos en la playa de Puerto Viejo son muy parecidos, entre el desamparo gubernamental y la solidaridad humana. En el hotel de enfrente han porfiado varias veces porque un hombre se ha querido quitar la vida tras perder a su mujer y a todos sus hijos. Esa construcci�n est� marcada con los c�digos de colapso o destrucci�n, pero en las �ltimas horas han aparecido otros mensajes en forma de pintadas a lo largo de la misma calle: "Necesitamos agua y comida. Ayuda urgente". "Estamos abandonados por el Estado, pero ya hablan de que van a hacer un censo. No nos traen agua, no tenemos luz. S�lo la gente de nuestro pueblo y los de all� (se ven milicianos al fondo) simplemente est�n all�, sin hacer nada", remacha Andre�na, madre de dos adolescentes que, con heridas, huyeron de la segunda "broma" (el segundo terremoto). Esta familia vive sobre la arena de la playa de Puerto Viejo, que hasta hace 10 d�as era un lugar cotizado para ba�arse y comer algo en su chiringuito. La naturaleza ha dejado de exhibir all� sus bellezas para demostrar, otra vez, su furia.