Antes de salir de casa, Carlos le dijo medio en broma a su hija mayor: “Si hay un terremoto, te colocas junto a la columna cerca del balcón”. Fue una de esas exageraciones cariñosas para que una niña de 13 años entendiera que tenía que cuidar de su hermana de siete, porque donde vive la familia Rondón no están acostumbrados a los terremotos. En La Guaira siempre le han tenido más miedo al cielo que a la tierra. Sobre todo desde las lluvias torrenciales de 1999, que arrasaron gran parte de esta ciudad costera. El cielo estaba limpio y azul la tarde del miércoles pasado. Por eso, Carlos y su esposa Asia salieron tranquilos a hacer unas compras al supermercado. Eran pasadas las 18.00 cuando sintieron que el suelo debajo del carrito empezaba a temblar. El peor sismo en más de un siglo en Venezuela sucedió precisamente ese miércoles festivo, el día de San Juan. La familia Rondón se había despertado tarde. Carlos no tenía que trabajar en su negocio de venta de bañadores y por la tarde fue con su esposa a comprar algo especial para la cena. El supermercado estaba apenas a 10 minutos en coche, pero tras las dos sacudidas consecutivas todo quedó paralizado. Carlos y Asia arrancaron a pie el camino a casa en medio de gente aterrorizada, gritando, corriendo por el asfalto, lo más lejos posible de las casas que habían volcado sobre la acera. A pesar de todo el caos, ninguno de los dos estaba demasiado preocupado por las niñas. Casi nadie había tomado todavía la dimensión de la magnitud del desastre. Pero algo parecido a la fe les decía por dentro que el destino había sido piadoso con ellos. Además, el edificio donde vivían, un luminoso complejo de departamentos con 11 pisos acristalados mirando al mar, piscina y zona de barbacoa, había resistido ya muchos golpes. Era de la década de los ochenta, pero tenía integrado un sistema antisísmico. Aguantó el deslave del 99, incluso habían sido alojados allí varios damnificados de aquella tragedia. Tras media vida de trotamundos por su trabajo de comerciante, incluida una estancia de tres años en Chile, Carlos y su familia habían encontrado en ese departamento playero su pequeño paraíso. Los restos de mamón Cuando los padres cerraron la puerta del departamento, las niñas se fueron cada una a un cuarto. Livana, la mayor, se puso a mirar el celular tumbada sobre el colchón que sus padres tenían colocado en el salón para que durmieran las niñas. Era un departamento pequeño, con una sala-cocina que daba al balcón acristalado con vistas a la zona de barbacoa y un dormitorio con baño. A la pequeña Hana le dio hambre. Fue primero a la cocina, se sirvió un poco de fruta en el plato que su madre le había dejado en la encimera y se sentó a merendar a los pies de la cama de sus padres. Unos segundos antes del temblor comenzó a sonar la alarma sísmica en el teléfono de Livana. La niña pensó que era otra broma que le estaba gastando papá. Cuando todo el departamento se empezó a mover como un flan, ya no dudó y fue a buscar a su hermana: “Hana ven, vamos detrás de la columna”. La pequeña obedeció asustada a la primera, tan rápido que dejó sin terminar la merienda. Sobre el plato quedaron un par de piezas de mamón, una fruta tropical verde, y restos de las pepitas de los que ya se había comido. “Siento que las niñas están bien”Durante el camino de regreso a casa, Carlos y Asia vieron algunos edificios ya en ruinas, pero seguían confiando en la resistencia de su casa. Por el camino, se cruzaron con un vecino que venía en sentido contrario y les dio malas noticias. Su edificio también había caído. A pesar de todo, Asia seguía repitiendo en alto: “Siento que ellas están bien”. Cuando por fin llegaron era ya de noche. El edificio de espejo con forma de escalera, que había ganado premios de arquitectura, se había convertido en una masa amorfa de cristal, metal y concreto. De inmediato comenzaron a abrirse paso entre los escombros mientras gritaban el nombre de sus hijas: ¡Hana!, ¡Livana!La inquietud, ahora sí, iba creciendo. Lograron identificar su departamento. Era un tercer piso, pero había quedado tumbado casi al nivel del suelo. Entraron alumbrando ansiosos con las linternas de los teléfonos. Desearon que el peor escenario fuese encontrar a sus hijas desmayadas por algún golpe leve en la cabeza. El panorama dentro de la casa era diferente según donde miraran. La columna del salón había resistido, protegiendo el colchón donde solían dormir las niñas. Sin embargo, el techo del dormitorio estaba a menos de un metro del suelo. Asia podía escuchar las voces de otros vecinos atrapados pidiendo ayuda. Pero bajó la mirada al pie de la cama destrozada. Ahí estaban los dos mamones sin terminar y las pepitas sobre el plato. En ese momento, rompió a llorar. El primo EnriqueA más de 40 kilómetros de La Guaira, en el barrio caraqueño de Boleíta, también se sintió el temblor. Enrique estaba con su esposa y sus dos hijas en su departamento cuando toda la familia notó los crujidos. No era muy alto, un segundo piso. Estuvieron a punto de bajar corriendo, pero Enrique recordó lo que alguna vez le había recomendado su primo Carlos, que había vivido más de un sismo durante los años que pasó por trabajo en Chile: buscar las columnas y las vigas fuertes de la casa y resguardarse debajo. Cuando la tierra dejó de moverse, lo primero que hizo fue llamar a Carlos para ver cómo estaba. Tienen hijas casi de la misma edad. Le intentó varias veces, pero al otro lado ni siquiera entraba la llamada. La Guaira había colapsado. Era una zona de desastre.Llamó a su otro primo, Jean, el hermano de Carlos, que también vivía en Caracas. Esta vez sí hubo respuesta. Jean le contó que le había escrito una señora que decía que las niñas, Livana y Hana, estaban resguardadas en su casa, en el barrio de Macuto, a unos minutos en coche de su casa derrumbada. Eran poco más de las 7, y Enrique le dijo a su primo que pasaba a recogerle con el coche para subir juntos a por sus sobrinas. La esposa de Enrique no estaba muy convencida: “Pero cómo tú te vas a subir ahora pa’lla”. Aunque su esposa se puso brava, Enrique salió corriendo. Le esperaba todavía un camino de más de tres horas. En el patio de Don Rafael Asia había recuperado algo de calma al salir del departamento derruido. Antes de abandonar la urbanización, entre cascotes y cristales rotos, tomaron unas sillas de plástico de la zona de la piscina y se juntaron en el patio de la casa de Don Rafael, de las pocas que no había caído en el barrio. Eran como las 11 y al patio iban llegando más vecinos, para comer una arepa y consolarse. Asia volvía a sentir una corazonada sentada a oscuras en frente de su casa hecha añicos: “Las niñas no están ahí”. Don Rafael, que ya había sobrevivido al deslave del 99, preparaba café en silencio, su hija era una de las decenas de personas desaparecidas en el edificio. Desde el patio escucharon un coche aparcando en la calle. No veían más que sombras y la voz agitada de un hombre acercándose: —¡Juan Carlos! —¿Quién es?—Soy tu primo Enrique, ¡tengo a las niñas en el carro!El salto Abrazada a su hermana, pero sin soltar nunca el teléfono, Livana esperó a que su casa dejara de tambalearse. Habían hecho caso a su padre y la columna pegada al balcón les había protegido. El edificio había volcado hacia el lado de la zona de la barbacoa, justo a donde daba el balcón. Entre los cristales rotos, Livana asomó la cabeza por la terraza y vio que había quedado a poco más de un metro del suelo. Escuchaban voces pidiendo ayuda entre una nube de polvo que las hacía toser. Le dijo a su hermana que iba a saltar ella primero y luego le ayudaría a bajar a ella. Le dio el teléfono a Hana y saltó. Desde abajo volvió a guardar el celular y extendió los brazos para recoger a su hermanita. Ya en tierra, el suelo volvió a temblar. Se abrazaron pegadas a la parrilla negra de metal. Cuando acabó, una señora que también había logrado escapar les indicó por dónde salir. Avanzaron por la zona de la barbacoa hasta la parte de la piscina, en la parte trasera del edificio pegada a la carretera de la playa. La señora le dijo que le acompañaran hasta su casa para estar más seguras. Caminaron más de dos kilómetros, descalzas y asustadas, hasta la casa de la señora en Macuto. “Somos ángeles y podemos volar”Hana ya estaba dormida cuando Enrique llegó a Macuto. La mayor no podía relajarse por culpa de los nervios. Había cargado el teléfono en casa de la señora y había intentado llamar a su papá. Como no respondía, buscaron a su tío Jean. Cuando al fin llegó Enrique, se abrazaron y lloraron juntos en una mezcla todavía rara de miedo y alegría. Ninguno de los dos sabía si Carlos y Asía estaban vivos o muertos. Se subieron todos al coche y arrancaron en dirección de regreso al edificio del que las niñas habían logrado escapar hace apenas unas horas. Al acercarse, Enrique escuchó que había gente en la casa de Don Rafael. Por precaución, sin saber todavía qué iba a encontrarse allí, les pidió a las niñas que se quedaran en el coche. Livana y Hana miraban por los cristales, sin ver más que sombras lejanas. Cuando identificaron a Carlos y Asia corriendo hacia el coche, volvieron a llorar. Pero esta vez, la alegría era completa y perfecta. Una semana después del final feliz para la familia Rondón, todos están reunidos en el salón de la casa del primo Enrique, que les está dando cobijo tras la tragedia. Carlos y Asia no son especialmente religiosos, no siguen a ninguna iglesia, pero están convencidos de que Dios sostuvo con sus manos el techo de la casa para que no cayera sobre sus hijas. Livana, con unos hermosos tirabuzones castaños que le caen sobre la frente, muestra los únicos restos de la hazaña. Tiene un tobillo un poco raspado. Hana también enseña orgullosa una costra chiquita en el antebrazo derecho. La pequeña ha estado jugando con la perrita negra de su tío mientras los mayores le contaban al periodista, durante más de dos horas, los detalles del milagro. Casi al final de la conversación, Hana se acerca y dice que lo que pasó tiene una explicación muy sencilla: “Somos ángeles y podemos volar”.
El consejo que salvó a las hermanas Hana y Livana del derrumbe de su edificio en Venezuela
Las niñas Rondón, de 12 y 7 años, sobreviven al terremoto en La Guaira tras una serie de circunstancias extraordinarias









